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miércoles, 10 de marzo de 2010

El Principito de Saint-Exupéry: Un libro de cabecera



















El primer contacto que tuve con El Principito -del francés Antoine de Saint-Exupéry-, sería a finales de los 60 o principio de los 70, cuando mi actividad lectora estuvo más desarrollada. 
Estas dos décadas fueron de un alto consumo de libros, aunque no muy recomendables para la lírica ni la narrativa, ya que las circunstancias sociales y el ambiente donde me movía imponían otras lecturas "más apropiadas" para el instante que se vivía, con lo cual, todo lo que no fueran materias económicas, filosóficas y políticas, casi estaban proscritas, aunque algunos -a riesgo de ser etiquetados de "burgueses y sospechosos"-, nos permitíamos de vez en cuando saltarnos las normas y cometer el "sacrilegio" de leer a Hölderlin, Aleixander, Cavafis, Ferlosio, Celine, y también El Principito de Exupéry.
La verdad es que fue un libro que no me produjo ninguna sensación, probablemente debido al escrúpulo pueril que mantenemos muchas veces cuando tenemos ante nosotros algo que, aparentemente, creemos que es para niños, y ni siquiera la advertencia que incluía el autor al principio del mismo, me hizo rebuscar entre su lectura el mensaje oculto que poseía.

“A LEON WERTH

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consi
guiente, mi dedicatoria:
"A LEÓN WERTH cuando era niño”
 
¡Cómo se puede estar tan ciego y en qué lugar suprairreal del universo andaba perdido! 

El caso es que nunca fue un libro descartado, pero que, para mi desgracia, seguía catalogando como de niños, por esa razón, llegado el momento que creí conveniente para su lectura, se lo regalé a mi hija para que engrosara la que era ya su notable biblioteca, y de paso, volví a darle una nueva lectura que me dejó aún más frío que en la primera. Se palpaba de manera notoria los efectos “antisensibleros” que producían en mi formación personal la abultada lectura de “materialismo dialéctico” que por aquellas fechas consumía, si no, no se entiende el despiste.

Pero como algunos opinan, las sendas del destino ya están trazadas, y mi vida y el libro volverían a cruzarse una vez más. Ocurrió a principios de los 90. No pasaba yo por mi mejor época emocional, aunque la emotividad sí hacía algunos años que había retornado al lugar de donde no tendría que haberse movido. Fue una amiga -que tampoco pasaba por buenos momentos-, la que me puso de nuevo en contacto con el citado personaje de Exupéry a través de una tarjeta postal que me enviara –desgraciadamente, es otra de las bellezas que hemos eliminado de nuestras aburridas vidas-, con la que trataba de darme ánimos y, a su vez, descargar de paso su congoja, en la que en el envés de una maravillosa puesta de sol escribía:
“-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Un poco más tarde añadías:
-Sabes..cuando uno
se encuentra tan triste, gustan las puestas de sol...
-¿Tan triste estabas el día de las cuarenta y tres veces?
Pero el Principito no respondió.” (
capítulo VI)



Está vez sí me impactó ya que una fuerte descarga eléctrica recorrió mi columna vertebral hasta perderse en lo más profundo de mis cavidades. Quedé anonadado. ¿Aquel opúsculo filosófico estaba encerrado en este libro y yo no lo había descubierto hasta ahora?

Fue entonces cuando lo retomé y me enfrasqué en su deliciosa lectura, y descubrí, por fortuna, los secretos y los mensajes criptados (poner atención en la utilización que hace del número 6) que contienen sus hermosos y cortos capítulos, sobre todo, es recomnedable detenerse en el XX y XXI: para mí toda una perfecta lección de filosófía. 

Más tarde fue objeto de estudio en un grupo de trabajo que componíamos varios amigos interesados en la difícil tarea de exprimir, hasta el último jugo, determinados propósitos literarios, y coincidimos en el alto componente autobiográfico, psicológico y filosófico que encierra este libro, y desde entonces ha pasado a formar parte de mi equipaje vital. (Para completar más afondo el conocimiento de esta lectura, recomiendo que lean también "Lo esencial es invisible. El Principito de Saint-Exupéry: una interpretación psicoanalítica" de Eugen Drewermann.)

Descubrir El Principito fue para mí uno de los mayores hallazgos que realicé en mi vida de lector, por tal motivo aún lo sigo reivindicando como libro de cabecera para estos días de tanta superficialidad materialista. 
Que no os pase como a mí que perdí tanto tiempo en descifrarlo. Os animo a su lectura. Que lo disfrutéis.


P.D.

"Mirad atentamente este paisaje para que estéis seguro de reconocerlo, si algún día hacéis un viaje a Africa, al desierto. Y, si llegáis a pasar por allí, no tengáis prisa, os lo suplico, ¡esperad un poco exáctamente de bajo de la estrella! Si entonces un niño viene hacia vosotros, se ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le pregunta, adivinaréis al momento quién es. ¡Entonces sed buenos conmigo! No me dejéis tan triste: escribidme en seguida que él ha vuelto..." A. S. de Exupéry









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