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viernes, 24 de mayo de 2013

Rafel Lozano: "Palabras como pájaros"













Las palabras son como pájaros: en cuanto abres las ventanas salen volando. El problema surge después, cuando las necesitas, pues sin ellas, uno es incapaz de articular nada que sea entendible para los demás, y, a veces, corremos el riesgo de ahogarnos. Cuando las palabras faltan, sentimos un gran vacío en nuestro entorno, y, aunque para estar en silencio, para los grandes solitarios, en ocasiones resultan harto incómodas por su negativa a quedarse quietas, las palabras, las malditas y adorables palabras, son insustituibles por nada.
A cierta edad es tanta la acumulación de ausencias que una más, se hace insoportable. Cuando ves que te faltan, que te esquivan, que juguetonas, trastabillan por el corredor o bajan las escaleras a la pata coja, uno no puede evitar sentirse aprensivo ante su distanciamiento. Luego, por las noches, cuando crees firmemente que las sorprenderás dormida junto a la biblioteca, descubres con error que no han venido a dormir y, muerto de celos, la imaginas coquetas en los labios de otro o al borde de la estilográfica de un joven gramático.
Entonces, te derrumbas, estrujas tu espalda contra el viejo respaldo de la butaca, buscando en un vaso de güisqui el consuelo que necesita el alma. Te cuesta aceptar que todo haya acabado, que a partir de hoy el silencio sustituya el retumbar de sus carambolas acrobáticas, y vuelves a rebuscar en los armarios, en las estanterías, pero lo que ves te aterra mucho más que la marcha del día: los libros, los folios antes emborronados, los tarros de cristal, las cajitas de galletas, todo, todo está vacío, ni un garabato siquiera como despedida.
Y el pobre derrotado, el hombre maduro al que todos y todo abandonan, abre la puerta de la casa, respira el frío helado de enero que pasa por delante de su casa y, en un gesto desesperado, mira al cielo raso lleno de estrellas, anhelando que llegue pronto su serpiente y lo lleve a los confines de los planetas, allí -le han dicho- el mundo está lleno de palabras fieles y armoniosas, llenas de luz y coloridos, dispuestas a todas horas -no importa la estación ni el estado de ánimo- a prestarse para lo que uno disponga.
La palabra es un sortilegio, un continuado deseo, un tesoro esquivo, un ardiente amor, un insufrido anhelo, que una vez que ha conseguido penetrar en tu cuerpo, te domina, te amolda, te perfila, haciéndote su más servil esclavo.
Ya no puedes vivir sin palabras, el mundo, sin ellas, resulta confundido y silencioso; sin ellas, ni vivimos ni existimos: ¡estamos tan hechos a ellas!         






jueves, 23 de mayo de 2013

Rafel Lozano: "Haciéndo méritos"









Para cuando muera, elegiré el infierno como última morada, estoy convencido de que será el lugar del hiperespacio donde menos incómodo me encuentre. Creo que será un sitio atractivo y divertido para pasar el resto de los años: confortable, bien acondicionado, con todos los adelantos terrenales de los que hacen soportable este vivo mundo, ya que al haber tanta gente destinada a esa penitenciaría, cualquier inversión ejecutada en ella se rentabiliza con facilidad.

El caso es que me motiva la elección del averno como final a mi trayectoria terrícola. Desde que conocí quiénes eran los recomendados para la gloria decidí de inmediato una huída hacia atrás en mi camino de persona buena y sensata, y me entregué con desenfreno al culto de la maldad, ayudando a cruzar las calles a invidentes que, más tarde, abandono en medio de la calle; robo las pensiones de primero de mes, a todas las ajadas viudas que van a cobrarlas a las Cajas de Ahorros; doy caramelos, refregados en achicharrantes guindillas, a todos los niños imbéciles que obedecen las advertencias de sus padres, etc.
Lo cierto y definitivo es que, sabiendo quienes suben al paraíso, prefiero arriesgarme a bajar a los infiernos. En el Cielo –me han dicho, de buena tinta-  la temperatura es bastante similar a la de mi ciudad: inviernos húmedos y fríos y veranos tórridos y secos. El personal que lo frecuenta es de lo más soso: mujeres viejas y enlutadas, siempre con una Biblia y el rosario en la mano, murmurando letanías en agradecimiento por el bien concedido; franquistas recomendados por el cura de su parroquia; explotadores arrepentidos diez minutos después de muertos; banqueros engominados que tuvieron la precaución de hacerse un seguro multicielo, etc. No hay música (me refiero a rock, blues, jazz, folk, etc.), tampoco tienen calefacción ni aire acondicionado, porque, argumentan los mandamases, “que para los pocos que son, no merece la pena gastarse los pocos eurocielos que poseen”.
En el Infierno, todo son ventajas. Como está a rebosar, calorcito en invierno, refrigeración en verano, altavoces musicales por todos los túneles, cerveza a raudales, malas mujeres por doquier (amantísimas madres que dedicaron su vida a la cría de sus retoños y no sacaron un rato para ir a la iglesia), aborrecibles hombres (a todas horas trabajando, intentando llevar a casa la mayor cantidad de dineros, cuando no, metido en huelgas y pegando pasquines, o al frente de una irreverente manifestación), gente que no sabe decir siquiera “un padre nuestro”, y que no tuvieron tiempo, al morirse, de arrepentirse, tratando de ajustar –egoístamente- el futuro de sus seres queridos.

En este lugar –cuentan los que han estado allí- todo es juerga, diversión y alguna que otra vez movida. Porque aquello, dicen, está todo lleno de comunistas, anarquistas, ateos, agnósticos, libre pensadores, que se niegan a seguir los ritmos de trabajos que imponen los adjuntos del diablo, por ello, semana sí -y la siguiente también-, es un continuo circular de huelgas de brazos caídos que amenaza con convertir la caldera infernal, en un simple hornillo para tener a punto el ponche.

Por tal motivo, estoy haciendo méritos para ganarme un  puesto en esa residencia infinita. Desde que actúo de la nueva manera, el mundo me sonríe diferente. La depresión ha desaparecido de mi mente, soy más optimista y sonriente, la primitiva me suele tocar de vez en cuando, y es que la vida que llevaba antes, no merecía la pena. Me entristecía viendo a un negro en un semáforo; me rompía el alma el naufragio de una patera y las consecuentes muertes de subsaharianos; cualquier atentado terrorista me llenaba de congoja, cuando no, las incomprensibles guerras entre hermanos que provocaban los países democráticos.
Aquello no era vida, os lo garantizo, y cuando me enteré de la recompensa que se obtenía, lo tuve perfectamente claro: Yo, desde ahora mismito, hago votos para ganarme el infierno. Confío en que me lo adjudiquen y no me jodan mandándome al cielo.    







miércoles, 22 de mayo de 2013

Manifiesto en contra del euro








Empieza a cristalizar una oposición a que España continúe formando parte del euro y por el momento han lanzado un Manifiesto suscrito en un principio por más de 1.000 profesionales, en el que se exige la salida de la moneda única. Entre los firmantes de este Manifiesto se encuentran Julio Anguita y Manuel Moreneo, políticos; Juan Francisco Martín Seco, Pedro Montes, Manuel Muela y Antonio Gallafa, economistas; Agustín Moreno, exsindicalista, entre otros. 
Ya era hora que surgiera un bloque que recogiese el malestar y el rechazo que el euro y, por añadidura, esta ficticia Unión Europea, provoca en un mayoría de ciudadanos, que sólo está beneficiando a unos pocos y en la que estamos sometidos a los mandatos que desde Alemania nos dictan. 
Si estás en contra del euro. Si estás en contra de esta Unión Europea mercantilista, lee y, si lo crees conveniente, firma el Manifiesto.


Por la recuperación de la soberanía económica, monetaria y ciudadana.




La dramática situación social y económica en la que está hundida nuestra sociedad exige una política capaz de crear las condiciones para salir de la crisis. Es una necesidad urgente. El tiempo se ha convertido en un dato primordial por los riesgos de agravamiento y degradación que existen, por el enorme sufrimiento social que provoca la persistencia de las políticas de ajuste, austeridad y privatización de lo público.
La red en la que estamos atrapados  está conformada por un nivel de paro catastrófico, por un endeudamiento del país frente al exterior imposible de afrontar y por una evolución de las cuentas públicas que conducen a la quiebra económica del Estado. Más de 6 millones de parados, más de 2,3 billones de euros de pasivos brutos frente al exterior, y una deuda pública de casi un billón de euros, creciente y próxima al 100% del PIB,  son datos que definen un desastre inmanejable, ponen en peligro la convivencia y derruyen derechos sociales fundamentales.
Una crisis de esta envergadura tiene causas complejas y múltiples, desde la crisis  general del capitalismo financiero hasta el despilfarro y la corrupción propios, pasando por un sistema fiscal tan regresivo como injustamente aplicado, pero aun a  riesgo de simplificar el análisis para desentrañar  las soluciones, hay que atribuir a la incorporación de nuestro país a la moneda única la principal razón de esta desoladora situación.
Como ahora se reconoce, no había condiciones  para implantar una moneda única  entre países tan desiguales económicamente sin ir acompañada de una fiscalidad común. Su creación implicaba, por otra parte,  un marco propicio para implantar políticas regresivas y antisociales de todo tipo según la doctrina neoliberal, que ha tenido en  la construcción de la Europa de Maastricht su máxima expresión.  Como se calibró en su momento, el Estado del bienestar no es compatible con la Europa de  Maastricht.






 
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