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jueves, 4 de noviembre de 2010

Sin la participación de la cosntrucción será difícil salir de esta crisis


A ningún gobierno responsable y con dos dedos de frente se le ocurriría desacreditar y poner en riesgo la industria de su país, máxime, como ocurre en España, cuando el país cuenta con un tejido industrial bien escaso. No nos imaginamos a Japón y Alemania, pongamos por caso, desmantelando las fábricas de automóviles, con el argumento de que producen agentes contaminantes, ni a Suiza, cerrando todas las granjas vacunas porque éstas son grandes productoras de metano, ni sus bancos, porque son refugio de todos los desalmados del mundo. No sólo no tienen intención de cerrarlas si no, como ha ocurrido hace unos meses con la de automóviles, se las apoya con ayudas oficiales, estimulando económicamente al comprador para que la demanda de estos productos no se estanque.

Aquí hacemos todo lo contrario. Lo lamentable de ser supermodernos, superpijos, supersnob, es que no tienen idea de nada, y si, por desgracia, han de gobernar, lo hacen por impulsos y a martillazos. Es lo que está ocurriendo con el gobierno de Zapatero, un gabinete compuesto de la gente más cool del país, individuos, hay que decirlo, que viven en la estratosfera, que están de paso por la tierra, por lo tanto, tienen un abismal desconocimiento de lo que se cuece en las profundidades de la sociedad. Son arrogantes, entienden y ven a la clase trabajadora como mera anécdota, como a quien le llama la atención una simple especie en peligro de extinción, como algo pintoresco y enternecedor que justifica el espontáneo interés que despierta en los burgueses progresistas la imagen idílica del trabajador.
Si no, no se explica el ataque contra la única “industria” que es capaz de tirar de la economía de este país, y que puede absorber a los casi cinco millones de parados que tenemos. No olvidemos que detrás del denostado ladrillo hay un sinfín de industrias que dependen de él. Cementeras, ladrilleras, ventanas, puertas, componentes eléctricos, fontanería, aires acondicionados, muebles, electrodomésticos, pinturas, tapicerías, etc..., sería interminable seguir mencionando todas las industrias que están ligadas a la construcción.

El problema en España no lo generaba la construcción, si no el afán enriquecedor de muchos empresarios sin escrúpulos, de bancos que se lucraron con el invento y de muchos políticos que entienden la política, no como un servicio al ciudadano, si no, más bien, el medio más seguro y rápido de hacerse millonario. Sólo ellos son responsables del desmadre constructivo en el país –a todos los niveles: local, autonómico y estatal; todos cerraron los ojos y volvieron la cara para no ver el despropósito que se producía-, porque no es lógico que pueblos con 500 habitantes construyeran viviendas para 5.000, ni recalificar cualquier terreno no urbanizable, ni autorizar edificar en zonas sensibles para la naturaleza. De todo esto no tiene la culpa el ladrillo; el mal tiene nombre y apellidos y no es más que la avaricia del hombre por hacerse rico sin tener que trabajar y lo más pronto posible. Saquemos a la construcción de la mala prensa que los socialistas les han colgado, quitémosle el estigma con que éstos la han marcado. Siempre -en todos los siglos y en cualquier época- ocurrió la edificación de nuevas viviendas para acoger a los nuevos demandantes. Otra cosa bien distinta es el descontrol superlativo que ha habido en estos años anteriores y la utilización de éstas para el blanqueo del dinero negro del narcotráfico. Lo que hay que controlar es que el crecimiento de viviendas en una localidad vaya seguido del aumento de la población, como siempre ha sido, y vigilar para que ésta no sirva para fomentar la especulación ni para el enriquecimiento de determinados funcionarios públicos y políticos. La construcción es necesaria en este país donde la otra industria potente es el sector servicio –ligada a éste también-; lo que tenemos que hacer es legislar adecuadamente, controlando todo el espacio que se recalifica y todos los proyectos a ejecutar. Y si alguien se pasa y transgrede la ley, que ésta caiga sobre ellos sin ningún miramiento, que entiendan los “enteradillos avaros”, las mafias blanqueadoras y los políticos de tres al cuarto, que el que la infrinja tiene una enérgica y adecuada respuesta.

Sí, a la construcción responsable; no, a la especulación ni al pelotazo fácil. España, sin la construcción, no saldrá del hoyo en que ha entrado, y cuidado que avisan: cuando aún está lejana la salida a la crisis que padecemos, hay quienes nos vaticinan que por el camino se aproxima una nueva. ¡Que dios nos coja confesados!


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