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viernes, 12 de noviembre de 2010

"La poesía es un arma cargada de fututo"


No tiene futuro la poesía, como jamás lo tuvo lo emocional, ni la dulzura, ni la belleza, ni la filosofía, ni siquiera el sorprendente volar de una mariposa o el coreográfico balanceo de unos árboles en otoño; todo está finiquitado, mal subastado y en ruinas. Vivimos tiempos de practicidad, evaluables, de producción material, y se nos está amustiando el alma. Con tanto asfalto en las calles, abrigándonos, tan sólo, con hormigón armado cuando sentimos frío, envenenándonos con grandes dosis de antibióticos y agradables pesticidas que ingerimos mientras degustamos sabrosas ensaladas, el hombre, su sombra, su reflejo, o lo que queda de él, no encuentra el camino adecuado –ni el tiempo- para visitarse de cuando en cuando y cada vez le cuesta más reencontrarse.
- “¿Para qué le sirve a una sociedad hambrienta una poesía?”, podría esgrimir cualquier pragmático que quisiera refutar el valor de unos versos.
A lo que yo respondería:
- “Es cierto; no satisface el apetito. Pero en cambio, es evidente que aquieta el alma”.
Es como si le preguntásemos a un jardinero, para qué sirve una flor, a un soñador, qué valor tiene una puesta de sol, o la rápida visión de un arco iris, o a un noctámbulo, en cuántos millones de euros calcula que repercutirá en la economía nacional, el paso de una estrella fugaz por el firmamento.
-“Una flor –responderá el jardinero-, por sí sola, no es nada; su vulnerabilidad, y el valor inmaterial que posee, es lo que la hace valiosa. El recuerdo de su color, de su perfume, de su delicadeza, no tiene precio”.
Y el soñador añadiría:
-“En la perfección de su mecanismo diario y la asombrosa explosión de colores, es donde se encuentra su grandeza”.
Y el noctámbulo argumentará:
-“En su recorrido efímero radica su valor”
Y es que hay cosas que no tienen valores materiales, rendimientos comerciales, posibilidad de encajarlos y convertir en lingotes auríferos, pero que son necesarios para que continuemos inmunes en esta vida desasosegada, en esta carrera dolorosa por terminar nuestros días lo menos dañado posible, sin graves rasguños interiores y rebosantes de experiencias inmateriales, ricos, sí, asquerosamente ricos, pero de riquezas sensoriales.
Lo otro, lo del valor mercantil, el éxito productivo, el tesoro acumulado en una cuenta corriente, al final, sólo nos valdrá para adquirir un ridículo ataúd, un horrible mausoleo en el centro del campo santo y la garantía de que te entierren, los tuyos, boca abajo, por si acaso te despiertas y le fastidias la herencia.




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