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viernes, 5 de noviembre de 2010

Euskadi en el recuerdo



Los recuerdos son potros desbocados que no puedes dominar, son lenguas de fuegos de un incendio que te coge de improviso y del que no puedes huir, son precipicios donde caes, súbitamente, sin poderlo remediar. Entran a través de la ventana, toman posesión de tu entorno, hasta que lo invaden todo con su presencia, o al observar cualquier fotografía, cualquier pequeño detalle que compraste para adorno, incluso alguna botella vacía, pero a veces, basta oír el timbre de una voz a través del teléfono para que se ponga en marcha el disco duro de la mente donde están archivado los fotogramas del pasado.
Esto es lo que ha ocurrido en esta ocasión; un amigo, de los pocos que quedan de la niñez, de los del partido de fútbol en el recreo y la competitividad académica en el cole, de los que, por separado, buscamos nuestro destino en la mocedad y luego nos reencontramos en la actividad política, primero, y más tarde en la adversidad de la vida, hace un par de semanas ha llamado a casa interesándose por nosotros y lo ha inundado todo de partículas vascas.

Mi amigo y su mujer, mi amiga y su marido, son parte del cordón umbilical que me une a Euskadi y que me hace amar a esta tierra. Fueron ellos los que me enseñaron a mirarla sin la venda tópica con la que imaginamos lugares que desconocemos, escudriñarla con pasión, juzgarla, apreciarla y, sobre todo, a quererla. Sólo conociéndolo se es capaz de amar un lugar o a una persona.
De golpe, el lugar donde pasamos ratos nobles, ratos de dicha y también, por qué no decirlo, ratos de incertidumbre, se agolparon en mi memoria. El barrio chiquito (ocho o nueve caseríos) de un pueblo también pequeño de la provincia de Vizcaya, perdido en la espesura del monte, rodeado de cerros y pinares, de caminos sombreados y espesos helechales, donde las ardillas revoloteaban por el suelo sin temer la presencia humana, hacen que las imágenes asalten y trasciendan mi tranquilidad de hombre sedentario.
Viene a mi recuerdo la pequeña ermita cercana al barrio, con su pequeño atrio, respetada, limpia, acogedora, al final de un camino, con algunos nogales a los lados, que conducía al río donde se divisaba la serrería del pueblo. El lugar no podía ser más evocador y sublime; el tiempo podía transcurrir, sentado en uno de sus bancos, sin que detectaras el paso de éste sobre la vida ni los relojes.
Recordar los paseos que realizamos por los montes, en especial guardo grato recuerdo de la subida al Gorbea, en un día de verano donde sus lomas estaban cubiertas de una alfombra verde y se percibía una luz con mágicos resplandores. Cuando se sube a una cumbre sagrada como ésta, uno se asombra de lo engreído que somos, cuando, al lado de esta grandeza, no somos más que un grano de arena. También –es inevitable- en la cortedad de la vida: cuando aún no hemos terminado de aprender y asimilar nuestro escaso conocimiento, viene ha descabalgarnos la dama de la guadaña.
Me asaltan recuerdos de nuestras correrías, degustando las sabrosas rabas con una cerveza fría en Bilbao, junto a la ría, la mariscada en el embalse de Undurraga (si mal no recuerdo) que, por aquel año estaba casi seca, debido a la escasez de lluvias del invierno pasado, y donde la hija de éstos amigos se achicharró una mano al caérseme parte del contenido de un plato, o bien, la búsqueda, a altas horas de la tarde, de un pueblecito en la costa donde comer caracolillos adobados con agua de mar. Visitábamos los lugares más emblemáticos, más recónditos, los más bellos, como el cabo de Machichaco, donde las puestas de sol sobre el Cantábrico producían ensoñaciones alucinógenas, sin necesidad de estimulantes ni narcóticos. Aún retengo en mis retinas la imagen del pequeño pueblo marinero de Elanchove, en la ladera este del cabo Ogoño.

Se arremolinan, formando ovillos de hermosuras, los recuerdos de la escapada a Isturizt, Zuberoa (País Vasco Francés), donde otros buenos amigos nos acogieron con la complacencia y la dignidad con que los vascos acogen a los amigos. Una vez allí visitamos las grutas de Kakoeta, algo maravilloso y deslumbrante para la retina, con sus profundidades y el derroche de agua que fluye por el arroyo que excava su valle. También -¡cómo dejar de visitarla!- la localidad de Garazi, coqueta, pequeñita, medieval y navarra por los cuatro costados, con sus casas de piedra y las vistosas contraventanas pintadas de celeste y rojo.
Es lo bueno que tiene el recuerdo: selecciona, pule y abrillanta las imágenes que nos complace y elimina o mitiga las que, inconscientemente, no queremos. Los recuerdos, como los huracanes, invaden, de improviso, nuestro territorio. Bastó la llamada telefónica de un amigo para que todo el mecanismo archivado se pusiera en movimiento.

Ermita de San Andrés, al final del camino


Monte Gorbea, doblemente mágico


Garazi: bella y soñadora



Grutas de Kakoeta


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