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jueves, 24 de febrero de 2011

"Mariposas en el estómago"


Hay cosas que no se pueden decir –perdón, rectifico (no sea que me llamen, también, fascista), no debieran decirse- por la gravedad que conllevan tales declaraciones. Ya sé que en “petit comité” son muchas las barbaridades que decimos y hacemos, pero de ahí a emitirlas en público y en el mismísimo congreso, supuesta casa del pueblo, y por una diputada elegida por él, va un largo trecho. El Parlamento no se puede convertir en un corrillo de cafetería donde todo “quisqui” deja caer sus estupideces ante un grupo de amiguetes que, animados por las copas de coñac y aguardiente, se les calienta la boca y comentan sus últimas conquistas del fin de semana, o las experiencias que descubrió en ese pequeño viaje que realizó a tierras de nadie. Si de algo esencial no debe carecer un político, eso es sensibilidad, sin ésta es imposible que puedan captar las necesidades vitales de la población a las que dicen representar.
Hay cosas, que sólo con pensarlas, ya son graves, pero jamás deben desbordar nuestros labios, por crueles, injustas y dañinas. Son como agujas minúsculas que introducimos en los sentimientos del contrario, puñales de plata que clavamos alrededor de su corazón, culebras voraces que recorren sus arterias. Muchas veces las decimos sin la menor intención, pero producen el mismo efecto.
No hay nada más cruel en la vida que mofarnos del físico que, al poco agraciado, le cayó en suerte, cuanto más, de las deficiencias de su cerebro. Uno no es culpable de los defectos con los que viene al mundo, por lo tanto no puede ser objeto del comportamiento irracional con el que obramos.

Francamente me ha sorprendido que tamaña ofensa haya venido de Celia Villalobos. La verdad, no me lo podía esperar. Son de las personas del PP que menos mal me caen, y que en más de una ocasión he defendido cuando la prensa “apesebrada”, y los derechones del PSOE, la han atacado, más que por la inconsistencia de sus palabras, por la comunidad de procedencia de ésta. Siempre me pareció –dentro de la diferencia ideológica que nos separa- una persona seria, comprometida y responsable, alguien se contagió algo de los valores de la izquierda que conoció, cuando aún era joven y coqueteaba –como la mayoría de “niños de papá”- con los rojos de la época.
Quiero creer que hoy estará arrepentida por el desatino de sus palabras. No hiere el que quiere, si no el que puede, y Celia –insisto en creerlo- pienso que no lo ha intentado, pero el caso es que lo ha dicho, además, en un lugar donde las palabras retumban como en una cueva. Luego, en lugar de enmendarlo y pedir disculpas, acaba arreglándolo, llamando fascista al presidente de las cortes, en un acto soberbio de fuga (¿cuando se darán cuenta nuestros políticos de que no se debe hablar mal de las personas cuando éstas no están presente, y mucho menos, cuando penden de ellos la amenaza de un micrófono?).
Por una vez saldré en defensa de Bono. Mire Doña Celia: mandarla a callar ante el insulto que usted profirió contra unas personas que no le hacen daño, no es una actitud fascista, no es más que la acción que cualquier ciudadano que se precie está obligado a realizar como mínimo, la otra me la callo. La soberbia, señora mía, hace que nos caigamos más de una vez del caballo. Algunos nos levantamos, nos sacudimos las ropas y tenemos más cuidado en la próxima ocasión; usted, no sólo se cae de bruces sino que además derriba –por enojo- al cuadrúpedo. Mírese al espejo detenidamente. ¿Cree usted que se encuentra con razones suficientes para ir insultando?

Lo he dicho y lo vuelvo a repetir: todos nos equivocamos en nuestra vida, pero no es de buena persona insistir en nuestros errores y mucho menos enrocarnos. Usted, entre otras cosas es católica y debería saber que cosas como estas le impedirán subir al cielo. Aunque ustedes -todo son ventajas para cierta gente- lo tienen solucionado con el último acto en vida de la extremaunción, procedimiento al que no tenemos acceso el resto de los mortales.

Adelanto parte de un reportaje enternecedor, aparecido ayer miércoles, en las páginas del diario Público.es :

“Tomás y Magdalena, discapacitados, el mejor ejemplo de “pareja normal”

“La primera vez que la vi me gustó su simpatía y su saber estar. Luego empezamos a echarnos miraditas y la gente se dio cuenta antes que nosotros de que estábamos enamorados". Así relata Tomás Lorenzo cómo fue el inicio de su relación con Magdalena Mora. Ella, por su parte, recuerda "las mariposas en el estómago". "Cuando hacíamos cosas juntos: íbamos a pasear, a merendar, salíamos de compras...", añade”.
Me quedo con la bella frase de Magdalena para definir sus sentimientos: “...mariposas en el estómago”. ¿Seríamos nosotros capaces de encontrar una mejor definición para describir un sentimiento?
Ayer no fue su día, Señora Villalobos.


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