La Torre Pelli, en enero lleva construidas 14 plantas
Sevilla tiene un grave problema para integrarse en el espacio que la contemporaneidad exige. Lleva siglos viviendo a espaldas del tiempo que le corresponde, anclada en el pasado, al margen de los adelantos que la actualidad impone, paralizada, pueblerina, sin visos de solución.
Cada vez que surge un proyecto que pretende modernizar a la ciudad, sale a la palestra un sector de la población -no muy grande, pero altamente influyente-, defensores del descarrilamiento histórico, que pretende convertir Sevilla en un gran parque temático de rancio costumbrismo, rebosante de tópicos y espúreo sevillanismo.
Este grupo, cuyas raices proceden de la época de Leovigildo, Recaredo, Chindasvinto, etc., se caracteriza por pertenecer al “impío” mundo de los “capillitas”, perfecto entramado social donde desarrollan sus exigencias redentoras, a la vez que pergueñan sus transacciones comerciales. Son católicos por accidente, igual que podrían ser luteranos si hubiesen nacido en Alemania, budistas en China y Japón o musulmanes en Arabia.
Leen el ABC, igual que hacía sus padres y abuelos, (aunque este, últimamente, les resulta insustancial), La Razón y La Gaceta.
Escuchan la COPE, Onda Cero y Es Radio.
Ven la 13, Intereconomía, Tele Sevilla, Metropolitan Andalucía y 20TV, todas las demás les resultan subversivas.
En pintura no van más allá del Murillo de las vírgenes (el social, casi lo ignoran), Valdés Leal, Herrera el Viejo, Zurbarán, y Gonzalo Bilbao, Rico Cejudo y García Ramos, no por la modernidad que estos últimos incorporan a su técnica pictórica, sino por el costumbrismo que retratan en sus cuadros.
Los únicos escultores que reconocen son Martínez Montañes, Juan de Mesa, Pedro Roldán y a su hija “La Roldana”. Los demás, o bien no existen, o están fuera de tono. Su concepto de arquitectura está estancado en el barroco. De ahí no salen –bueno, rectifico, también les atrae el neobarroco-.
Son poco dados a la lectura, aunque, de vez en cuando, leen a Agustín de Foxa, José María Pemán, Menéndez Pelayo, Juan Valera, y de los actuales, al sevillanito (y mal escritor) Antonio Burgos y al evangelista César Vidal.
Van poco al teatro –son amantes de las revistas, sobre todo, de las “jamonas”-, aunque de vez en cuando se cultivan viendo entremeses reaccionarios de los hermanos Álvarez Quintero, humoradas de Miguel Miura y cositas fáciles entretenidas de Alfonso Paso.
No leen poesía -para ellos, hacerlo es una mariconada-, ni son amantes de la música, a no ser el anual "Miserere" de Hilarión Eslava, porque les suena a preámbulo cofradiero, y algunas sevillanas del nostágico Francisco Palacios "El Pali", que Dios lo tenga en su gloria.
Definen la estética del ballet como “un baile raro que se ejecuta de puntillas, para no despertar a los sufridos noctámbulos que han ido al teatro a “sobar” la siesta”.
Son amantes de la caza, sobre todo de la ajena. No son escrupulosos, menos las suyas, todas las presas les gustan. No temen pecar, para eso inventaron sus antepasados, hace cientos de siglos, la extremaunción: no hay detergente actual que produzca mejores resultados. Por ese motivo, jamás tienen mala conciencia, ni temen perder el cielo, saben que dios les perdona y comprende, si no, no tendría razón ser penitente encapuchado, ni sufrido rociero.
Esta es la radiografía de nuestros ínclitos ciudadanos.
Afortunadamente, cada vez van teniendo menos poder –o al menos, no todo el que poseían y quisieran-, aunque siguen influyendo sobre gran parte de la ciudadanía. Por desgracia, entre el pueblo llano, hay una mayoría que comulga con las ideas de sevillanismo que estos rancios propugnan.
Insisten en apearnos del siglo en que vivimos. Cualquier proyecto social, artístico o urbano que se diseñe, cuenta con su rechazo y la complicidad de los medios de “incomunicación” que ellos controlan.
Criticaron el diseño del edificio de la Previsión Española. Hoy lo reconocen como suyo.
Protestan por los diseños de las farolas y asientos que se colocan en diferentes plazas de la ciudad porque “no se parecen a las de los años de María Castaña”. Pero los privilegiados que los usan y disfrutan son ellos.
Rechazaron la peatonalización de un sector de la ciudad que, de no hacerse, ponía en peligro la integridad de los monumentos que se veían afectados por la contaminación que producían los miles de automóviles que por allí transitaban (entonces no se pronunciaban por el daño que realmente se les hacía). Hoy se pasean, encantados, por la avenida de la Constitución que, ellos, los rancios, siguen llamando de José Antonio.
Se opusieron a la construcción del Metropol Parasol, de todas las maneras posibles que este sector de ciudadanos, votantes del PP, saben hacer. Al fin, este proyecto faraónico está terminado. Ha costado más de lo que debiera, es cierto –máxime, cuando la sociedad se encontraba inmersa en esta virulenta crisis económica-, pero este es otro debate, el terrible debate de la insensibilidad política para captar la realidad cotidiana, pero la obra arquitectónica de la plaza de la Encarnación enseñorea la ciudad y –a pesar de ellos-, ha pasado a formar parte importante de ésta.
Pero no satisfechos con las piedras que ponen en las ruedas de la evolución social, ahora la emprenden con el novedoso proyecto de edificación que el arquitecto argentino, César Pelli, tiene encargado levantar, un rascacielos de 42 plantas, la última dedicada a un privilegiado mirador, y 178 metros de altura, una obra consecuente con los tiempos que transcurren y respetuoso con el patrimonio histórico de la ciudad, ya que se levanta a más de 1.700 metros de distancia de los edificios que están declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (Catedral, Archivo de Indias y Alcázar), y que su organismo asesor en estos asuntos patrimoniales, erróneamente ha situado a 600 metros de éstos.
A esta distancia, la citada Torre Pelli jamás puede afectar, visualemnte, al conjunto arquitectónico que falsamente quieren defender, es más, serviría –como ocurre con el mirador de las llamadas, popularmente, “Setas”-, para tener una maravillosa y nueva visión de la ciudad y de los monumentos más sobresalientes de ella.
Es inaceptable que aduzcan como pretexto para su paralización, el riesgo de que la UNESCO nos retire la citada calificación por dos motivos:
- el primero, y más importante, porque a este grupo de sevillanos rancios nunca les ha importado la estética de la ciudad, si no, a los años cincuenta y setenta me remito, época en la que se han cometido los mayores atentados urbanísticos contra ésta.
- y segundo, porque sería discriminatorio, ya que ha permitido la construcción de un rascacielos de 300 metros de altura –The Shard de Londres-, a tan sólo cuatro calles distancia de la torre de Londres, y otra torre cercana a la catedral de Berlín, y si no, el hotel que han construido en pleno centro de Cáceres, con solarium incluido en la última planta, justo al ladito de los monumentos más emblemáticos de la ciudad.
No es que amen más que nadie a su tierra. Es que su incapacidad intelectual les hace que no sepan diferenciar entre el bien y el mal, lo adecuado o inadecuado. Antes, en la época de la que proceden, estos casos de deficiencia mental pasaban desapercibidos, pero ahora, perdónenme señores arcaicos, vuestra pataleta no cuela.







Eres el Mesias, ya ha llegado.
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