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lunes, 26 de septiembre de 2011

La sombra del Tío Sam es alargada



Da igual, gobierne quien gobierne, sea cual sea el color de la piel, el sexo de su presidente, es la sombra del Tío Sam la que ejecuta la política americana, muchas veces, condicionada por el lobby judío. Donde más se nota esta coincidencia es en la política exterior, nada hay en sus determinaciones que los pueda diferenciar. Tal vez sea más moderado, menos agresivo, el lenguaje que manejan los llamados demócratas, pero al final, los dos confluyen en las mismas decisiones: meter las narices en los asuntos de todos los países soberanos, crear conflictos armados que hagan productivas sus fábricas de armamentos, quitar y poner mandatarios a su antojo, e imponer sus razones “democráticas” en todos los organismos internacionales por la claridad de sus argumentos, o sea, por el poder que le confiere su poderío armamentístico.

A estas alturas del partido, el que quiera seguir viendo en el monstruo americano el ejemplo democrático a seguir, anda ciego o va mal encaminado. Habría que detenerse algún día en estudiar qué tipo de régimen político es el que funciona en ese país (semi dictatorial, feudal, surrealista monárquico, pasota o canallesco), lo cierto es que no cuela que sea democrático, si por ello entendemos “el gobierno del pueblo”, porque miren, el hecho de que en un país, sus ciudadanos, voten cada vez que lo invitan a hacerlo, no demuestra que lo sea, máxime cuando todos conocemos la incultura política que poseen los habitantes de esta nación, el abandono ético personal para justificar sus reprobables actitudes, el chovinismo patriótico para superar el complejo de no poseer identidad histórica, etc., si además añadimos la brutal manipulación mediática a la que es sometida su población, el resultado es que en la “ejemplarizante y democrática” USA, la mayoría de sus ciudadanos van a votar con la orejera y el antifaz puesto, cuando no inducidos por el becerro de oro.


Una sociedad que sigue ejecutando a sus ciudadanos (unas veces, culpables, otras muchas, no tan claro), y en la que, por el mero hecho de ser latino, o negro, tienes un plus añadido, una sociedad que aún no ha sido capaz de hacer autocrítica del genocidio que cometieron contra la población indígena, una sociedad que es capaz de matar a sus presidentes –democráticamente elegidos- cuando éstos les salen “ranas”, una sociedad que no se detiene en sacrificar a sus compatriotas en inútiles guerras y simulados atentados terroristas, una sociedad que persigue en su país a los que no comulgan con esta política oficialista, una sociedad que no permite ninguna otra ideología más que la del dólar, una sociedad así, digo, no puede ser calificada como democrática, a no ser que aceptemos la confusión del término, algo que ya está sucediendo, incluso, en algunos países europeos.


El triste espectáculo lo estamos presenciando esta semana en ese organismo estúpido y obsoleto que es la ONU, un tinglado que sólo sirve para legalizar los atropellos que las superpotencias cometen contra los pueblos más débiles, bendiciendo las ansias invasoras y aniquiladoras que estas superpotencias desarrollan por el planeta. Donde hay paz, desestabilizan; donde reina el caos, la masacre, el hambre y la injusticia, lo ignoran. Gadafi ya les molestaba: en un mes solucionado. Mubarak, había caducado: en menos de un mes solucionado. Había que acabar con el único resto de socialismo que quedaba en Europa (son tan incultos que pensaban que lo de Serbia y Milosevic era comunismo), en pocos días solucionado, y de paso, mataban dos pájaros de un tiro: mostrar un gesto amable a los musulmanes del mundo, para hacerles olvidar las masacres contra sus hermanos, en otras partes del globo.


Pues bien, el solucionador de injusticias, el deshacedor de entuertos, el caballero andante americano, el gran farsante democrático, el mesías negro que todos esperábamos, igual que hicieron sus predecesores –republicanos, demócratas, blancos y bien blancos-, vetará el derecho a que Palestina se convierta en una nación autónoma e independiente, un Estado con plenos derechos, libre de la represión y el secuestro a que la somete la barbarie sionista.

Una vez más el gobierno imperialista norteamericano está, no con la razón ni la justicia, sino con la estrategia política y las exigencias del lobby judío, que como todos sabemos, en el país del Tío Sam, es bastante influyente.

Es curioso cómo la historia de estos dos pueblos coincide una vez más en el tiempo. Los dos son el producto de oleadas de inmigrantes que llegan a un territorio que no es el suyo, y los dos comienzan una política de ocupación –al principio-, y más tarde de consolidación y exterminio de los antiguos habitantes de esos territorios para que, poco a poco, sean los únicos propietarios. Estos últimos, los judíos, poseen el 78% de Palestina, mientras los dueños, los palestinos, sólo tienen el 22%, parte de ellos “hipotecados”.

La historia del pueblo de Palestina ha sido, casi siempre, de dominación y éxodo. Su territorio comprendía, allá por el III milenio a.C. las tierras del “Creciente fértil” , tierras situadas en la franja comprendida entre el Mediterráneo y el Jordán (actual estado de Israel, Franja de Gaza y Cisjordania, zona occidental de Jordania y algunos territorios de Siria y Líbano), conocida con el nombre de Cannaán, hasta que los romanos, después de invadirla, cambiaron su nombre antiguo por el que actualmente posee, Palestina. En ella convivieron diferentes pueblos (fenicios, filisteos, arameos, hicsos, amorreos), hasta que en 1.400 a. C. comenzaron a penetrar bandadas de hebreos, en un proceso de asentamiento lento que duró varias décadas tras la cual, los pueblos cananeos fueron al final expulsados o bien se fundieron con las tribus israelitas.

Desde entonces, Palestina ha venido sufriendo una continua serie de ocupaciones: después de los judíos, persas, romanos, otomanos, británicos y, por último, nuevamente los judíos, se han adueñado de una tierra que no les pertenecía. Así -repitiendo la táctica invasora de 1.400-, los judíos de la diáspora, auspiciados por el sionismo de Theodor Herzl, y la complacencia mundial -debido a los remordimientos que les producía su tardía intervención contra el genocidio de la Alemania nazi-, volvieron a ocupar las tierras de Palestina, y ya en 1947, una vez vencida la colonización inglesa, lograron la partición de su territorio ( 57% del mismo para Israel, con una población mínima; 42% para Palestina, con población mayoritaria; Jerusalén seguiría siendo internacional) y el reconocimiento del estado judío en 1948.
63 años después Palestina sigue ocupada, sus tierras asaltadas, sus olivos arrancados, su gente (mujeres, niños, mayores) masacrada, su población dividida y controlada, sin acceso a las aguas del Jordán, rodeados por un muro de vergüenza, por un ejército de rabinos que perpetran las mayores vejaciones sobre una población que carece de armamento para su defensa y la inacción de unas Naciones Unidas que ve cómo el estado Judío incumple una y otra vez sus resoluciones, con el amparo del Tío Sam, que es quien reparte los títulos de quien es y no es demócrata.
De momento, el pueblo palestino ha dado un gran paso a nivel institucional porque, a nivel de la calle, entre la mayoría de los ciudadanos del mundo, Palestina es reconocida y aceptada, como una nación libre e independiente.


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