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martes, 6 de septiembre de 2011

¡Indignaos!, de Stéphane Hessel









“¡Indignaos! Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes. ¡Indignaos! Sin violencia. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Actuad. Para empezar, ¡Indignaos!”

José Luis Sampedro



Hasta hace unos días no he leído la publicación –por respeto a los que sí lo son, no puedo llamarlo libro-, “¡Indignaos!”, de Stéphane Hessel, del que sólo se salva el magnífico prólogo que, José Luis Sanpedro, ha escrito para su lanzamiento en nuestro país. Las cuarenta y tantas páginas que componen esta obra mediocre, donde el autor se repite hasta la saciedad -en cada uno de los esforzados mini capítulos de que consta-, con las “gloriosas hazañas” realizadas hace más de setenta años, tocando, sólo muy de paso, las razones evidentes por las que cientos de miles de personas están indignadas en el mundo.

Para mí –siento discrepar con el 99% de lectores que la suben a los altares-, no es más que una obra menor, el típico librito de andar por casa y prestar a los amiguetes, donde se relatan las batallitas que los abuelos suelen contar a los nietos, para que éstos se queden quietecitos y no alboroten. No consigo entender qué tiene que ver la Resistencia francesa contra los nazis -unos acontecimientos evidentes y palpables-, con la situación social actual, donde la ocultación y los oscuros mensajes subliminales están al orden del día. Leído objetivamente, lo que escribe, no resiste un análisis histórico comparativo, y mucho menos, uno sociológico, con lo que me sorprende que dicho escrito sea capaz de indignar a alguien, a no ser que de antemano ya estuviesen bastante cabreados.

Pero hay algo que me choca aún más, y es la insistencia que hace de la “no violencia”, del pacifismo -cuestión esencial que no discuto y defiendo-, consejo que habría que dirigir, concretamente, hacia los poderes gobernantes, también a sus elementos represores –ejército y policía-, que son, al final, los que hacen uso de ella. Tenemos cercanos los ejemplos de Siria, Libia, Palestina, El Sahara, y, por qué no citarlo, el caso de España, donde la policía ha cargado de manera ilógica contra grupos de personas que ejercían su derecho a manifestarse. Pero habría que preguntarle también al Sr. Hessel ¿qué hubiera sido de la Francia ocupada de no haberse empleado las mismas armas que el invasor, y por qué motivo se decidió el enfrentamiento armado en lugar del diálogo y el pacifismo? Lo mismo ocurrió en Vietnam, hace poco, en Irak, y de aquí a nada, en Afganistán. ¿Cree el Sr. Hessel, que con pacifismo, amor y mucho dialogar, los enemigos de la paz, los liquidadores del pensamiento y la palabra, hubiesen desistido de sus deseos invasores? Pocos movimientos sociales conozco –por no decir ninguno- que no se caractericen por proponer sus ideas pacíficamente. Son los gobiernos, y determinados agentes desestabilizadores en sus cuerpos militares y policiales, los que desconocen qué es ese invento de la no violencia, si no, échese una mirada en este país al sector policial afiliado a la “Unión Federal de Policías”, oír sus declaraciones en las emisoras afines al franquismo, y verlos actuar contras los pacíficos manifestantes del 15-M, dan –por qué no reconocerlo-, escalofríos. Además de todas estas razones por las que no me convence esta publicación, está la de que su autor es un declarado admirador de Rodríguez Zapatero, algo que lo deslegitima, y es que hay amores que matan.


Resumiendo: He tardado un poco en leer el mensaje de Stéphane Hessel, y en verdad, debo reconocer que no me he perdido gran cosa, a riesgo de ser sacrílego. ¡Rectifico! Algo grande se encuentra entre sus páginas, al principio: el maravilloso y juvenil prólogo de José Luis Sanpedro (dos páginas y media). ¡Soberbio! Ese si que es un mensaje, dinamizador y didáctico, que llega a las conciencias de quien los lee, esencial para transmitir inquietud entre las personas indolentes que aún no están indignadas. Por su valor movilizador humano, debería estar clavado con una chincheta, en el cabecero de nuestra cama. Yo, por si alguien lo quiere leer, lo reproduzco aquí en mi Rincón diario.




Prólogo


"Yo también nací en 1917. Yo también estoy indignado. También viví una guerra. También soporté una dictadura. Al igual que a Stéphane Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak. Podría aportar más detalles, pero la edad y la época bastan para mostrar que nuestras vivencias han sucedido en el mismo mundo. Hablamos en la misma onda. Comparto sus ideas y me hace feliz poder presentar en España el llamamiento de este brillante héroe de la Resistencia francesa, posteriormente diplomático en activo en muchas misiones de interés, siempre a favor de la paz y la justicia.

¡INDIGNAOS! Un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza. Como la sirena que anunciaba la cercanía de aquellos bombarderos: una alerta para no bajar la guardia.

Al principio sorprende. ¿Qué pasa? ¿De qué nos alertan? El mundo gira como cada día. Vivimos en democracia, en el estado de bienestar de nuestra maravillosa civilización occidental. Aquí no hay guerra, no hay ocupación. Esto es Europa, cuna de culturas. Sí, ése es el escenario y su decorado. Pero ¿de verdad estamos en una democracia? ¿De verdad bajo ese nombre gobiernan los pueblos de muchos países? ¿O hace tiempo que se ha evolucionado de otro modo?

Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos. El autor de este libro recuerda cómo los primeros programas económicos de Francia después de la segunda guerra mundial incluían la nacionalización de la banca, aunque después, en épocas de bonanza, se fue rectificando. En cambio ahora, la culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis no sólo no ha conducido a ello; ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo. No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema. Los financieros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros. Es decir, el dinero y sus dueños tienen más poder que los gobiernos. Como dice Hessel, “el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos, y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general”

¡INDIGNAOS!, les dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas. Hessel reconoce que para un joven de su época indignarse y resistirse fue más claro, aunque no más fácil, porque la invasión del país por tropas fascistas es más evidente que la dictadura del entramado financiero internacional. El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido. Ni en aspectos tan burdos como los campos de concentración (Guantánamo, Abu Gharaib), muros, vallas, ataques preventivos y “lucha contra el terrorismo” en lugares geoestratégicos, ni en otros mucho más sofisticados y tecnificados como la mal llamada globalización financiera.


¡INDIGNAOS!, repite Hessel a los jóvenes. Les recuerda los logros de la segunda mitad del siglo XX en el terreno de los derechos humanos, la implantación de la Seguridad Social, los avances del estado de bienestar, al tiempo que les señala los actuales retrocesos. Los brutales atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas acciones emprendidas por Estados Unidos como respuesta a los mismos, están marcando el camino inverso. Un camino que en la primera década de este siglo XXI se está recorriendo a una velocidad alarmante. De ahí la alerta de Hessel a los jóvenes. Con su grito les está diciendo: “Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten”.

¡INDIGNAOS! Luchad, para salvar los logros democráticos basados en valores éticos, de justicia y libertad prometidos tras la dolorosa lección de la segunda guerra mundial. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico. “Los medios de comunicación están en manos de la gente pudiente”, señala Hessel. Y yo añado: ¿quién es la gente pudiente? Los que se han apoderado de lo que es de todos. Y como es de todos, es nuestro derecho y nuestro deber recuperarlo al servicio de nuestra libertad.

No siempre es fácil saber quién manda en realidad, ni cómo defendernos del atropello. Ahora no se trata de empuñar las armas contra el invasor ni de hacer descarrilar un tren. El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual, más sofisticado que el de los bombarderos nazis. Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del “siempre más”, del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes.

¡INDIGNAOS!, sin violencia. Hessel nos incita a la insurrección pacífica evocando figuras como Mandela o Martin Luther King. Yo añadiría el ejemplo de Gandhi, asesinado precisamente en 1948, año de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de cuya redacción fue partícipe el propio Hessel. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Negaos. Actuad. Para empezar, ¡INDIGNAOS! "

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