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lunes, 8 de agosto de 2011

Reconsiderando nuestra persona... Con permiso de la ética

En una conversación mantenida con un viejo amigo –también bloguero-, me comentó:

-“Manuel, a veces me cuestiono si no existe una peligrosa contradicción entre el individuo que veo en mi blog y el que pisa la calle. Son la misma persona, pero, en cambio, tienen comportamientos dispares, en algunos casos, incluso, opuestos”.
La duda que plantea mi amigo, no es de extrañar. Más de uno la hemos padecido en algún momento de nuestra vida, y es que, el homo sapiens, siempre ha tenido que cargar sobre su conciencia, esta doble dualidad que le ha llevado a tener que soportar tantos quebraderos de cabeza: la del desdoblamiento del ser. Uno se viste la ropa de trabajo, la coraza guerrera, y se muestra, dentro de una admisible tolerancia, como la sociedad espera que sea: amable, social, asimilable, etc., en una palabra, un ser domesticado, todo, por temor a “decepcionarles” y –quizás sea esta la cuestión determinante-, por evitar el evidente conflicto armado que supondría atreverse a presentarte ante ellos tal como eres, mientras que el otro, el que anda con su desnudez por la casa, una vez a solas y sin obstáculos, se muestra como es –tal vez sería más correcto decir, como nos gustaría ser?-: distendidos, exigentes, reflexivos y, si me apuran, arrojados subversivos. Sería este último el que nos gustaría pasear por la calle, sin complejos, sin temor, sin importarnos las desconsideraciones que provoquemos al exhibirlo. Pero éste es un ser molesto, incómodo y, como animales que somos -aunque haya quienes insistan, que con un alto grado de racionalidad-, nos infiltramos y adaptamos a la comodidad que proporciona pertenecer a esa sociedad que tanto odiamos, todo ello con el meditado objetivo de hacer más sostenible, si cabe, nuestra convivencia entre ellos, eso sí, algunos privilegiados morales, sin tener que renunciar del todo a ese ser conflictivo.

Creo recordar que sólo acerté a responderle: “Paco, el hombre, mientras está con la manada, es un lobo, y no le queda más remedio que ser uno de ellos. Luego, a solas, con la protección que le permiten las cuatro paredes, reaparece la parte humana y reflexiva que por nacimiento lleva”.
Yo creo que en verdad somos, el que vive a solas, el que piensa, el que escribe, el que compone una música, el que sueña ser habitante de un extraño planeta; el otro, el de la calle, no es más que un triste actor que nos representa para salir del paso, para cumplir con las formas.
Reconozco que el segundo es más atractivo, más seductor, más cercano al idílico protagonista de cine, pero no debemos obviar que el primero nos llena el estómago de alimentos, paga nuestros antojos, nuestras deudas. Con su “prostitución” logra que nuestras miserias diarias sean menos gravosas, para que luego, en la plenitud de nuestra conciencia, seamos el individuo perfecto que en realidad anhelamos. Sin el denostado primer ser, al segundo le sería difícil existir.
Ninguno es peor que el otro, y, por supuesto, ninguno superior a su contrario, es más, forman el complemento necesario par que exista la persona equilibrada, son el yin y el yang, la similitud y lo opuesto, el frío y el fuego. Analizados escrupulosamente, los dos tienen su parte positiva y negativa, aunque, claro está, nosotros nos encontremos más identificados y satisfechos con el segundo: con el ser desnudo.

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