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jueves, 1 de septiembre de 2011

Se hunde "El Vaporcito" en el puerto de Cádiz


Es lo que queda del barco después del hundimiento



El pasado martes, sobre las 18´15 de la tarde, el Vaporcito del Puerto de Santa María se ha hundido, al sufrir una colisión con uno de los espigones centrales del puerto de Cádiz.
El Adriano III (que así se llamaba la entrañable embarcación) es la tercera nave que hacía este recorrido, la cual prestaba sus servicios desde 1982.

La historia del Vaporcito se remonta al año 1929 cuando, después de estar prestando sus servicios en la ría del Ferrol, Sevilla le ofreció a su propietario, Antonio Frenández Fernández –con motivo de la Exposición Iberoamericana-, que se trasladara desde la Coruña al Guadalquivir, para realizar el transporte de pasajeros entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla, ofrecimiento que aceptó, haciéndolo con una embarcación a vapor, la "Adriano I". Una vez finalizada esta función, el Vaporcito pasó al Puerto de Santa María, cruzando la bahía con los pasajeros que se trasladaban a Cádiz, y viceversa, así, hasta 1932 en el que una explosión en la caldera de éste, hizo que tuviera que sustituirlo el "AdrianoII", éste ya con motor de explosión, que se mantuvo en funcionamiento hasta el 1982, año en que fue sustituido por el útimo de la saga, el "Adriano III", que la fatídica tarde del martes finalizara su travesía de una manera tan infortunada. En 1999 fue declarado, por la Junta de Andalucía, como Bien Material de Interés Cultural.

Con le hundimiento del Vaporcito, no sólo se pierde un símbolo emblemático de la Bahía de Cádiz, se ha ido al fondo de las aguas, una parte de la historia de Andalucía y los recuerdos de miles de ciudadanos. Afortunadamente, el pasado mes de octubre –no hace todavía un año- tuve la suerte –después de 47 desde la última vez que lo utilicé- de repetir tan delicioso paseo, el primero, cunado tenía sólo 10 años, en el "Adriano II", y el segundo, en septiembre de 2010, en el que se ha hundido. En esta ocasión he de agradecer a los dioses que me incitaran a realizar este viaje en el tiempo.

Alguien debe reponer esta pérdida. El Vaporcito pertenecía a toda la colectividad, aunque tuviese un propietario, por tal motivo, o se recupera y se repara la que está hundida, o se la sustituye por otra nave de parecidas características en el menor tiempo posible para que los ciudadanos puedan disfrutar de tan apetecible y ameno paseo por la encantadora bahía de Cádiz
.
Confiemos en la agilidad de nuestros mandatarios.











jueves, 28 de octubre de 2010

"El Vaporcito del Puerto de Santa María": 47 años después






Después de 47 años, repito la grata experiencia de viajar en “el vaporcito” que hace la travesía Cádiz-Puerto de Santa María –y viceversa-. En esta ocasión, el recorrido lo realizamos partiendo de la “Tacita de Plata”, finalizando en el Puerto, a la inversa que la primera vez.
Mis recuerdos se remontan al verano de 1963, (las personas, cuando tenemos el primer atisbo de razón, luchamos lo insufrible por querer ser mayores, luego, cuando llegamos a los 20 0 30 años, todo es una frustrante carrera por retornar, y recordar, aquellos primeros tiempos de nuestra vida) donde “disfrazados” de exploradores, un puñado de chavales, pertenecientes a la 7ª Legión, llamada “Los Leones”, de los Boys Scouts Católicos. Este era un movimiento que acababa casi de empezar en Sevilla, y lo hacía, próximo a la iglesia; más tarde, cuando llegó a generalizarse, vendrían los Scouts España, más modernos y desligados de las peligrosas sotanas.
Por la edad, pertenecíamos casi todos a la sección denominada “de los cachorros”, por lo tanto sólo teníamos derecho a vestir el pantalón corto, la camisa y, por la estrechez económica que nos impedía adquirir un bonito sombrero, la boina: para nosotros aún estaba lejano cubrir nuestro cuello con la pañoleta, máxima aspiración de todo seguidor de Baden Powell.





Teníamos instalado el campamento en el antiguo bosque de pinos de Valdelagrana, -aproximadamente por donde hoy está el campo de fútbol-, próximo a un camino que nos conducía a la ilusionante playa del mismo nombre. Por aquel entonces el paraje estaba semidesierto: sólo recuerdo el restaurante “El Caballo Blanco”, junto a la carretera que llevaba hasta Cádiz, el hotel cercano a la playa, y unos cuantos chalets perdidos en la espesura boscosa, entre el citado restaurante y la costa.
El ejército se ocupaba de facilitarnos las tiendas de campaña y demás útiles de cocina, mientras tanto, Cáritas nos proporcionaba todo lo necesario para el sustento y la higiene. Llevábamos una cocinera que rápidamente congenió con los cafres que les había tocado en suerte lidiar; he de decir que la recuerdo a la perfección: era una señora entrada en años, con un hablar suave y un trato enternecedor: jamás fuimos capaces de faltarle el respeto y en nuestros despliegues de golferío, ella siempre se quedó al margen, nunca fue objetivo de nuestra guerra contra el grupo de adultos.





Una mañana nos dirigimos en formación hasta el lugar de embarque en el Puerto de Santa María (el trayecto hasta allí, como es de esperar en unos buenos exploradores, lo hicimos andando, dada la naturaleza del grupo al que pertenecíamos y a la ausencia, en aquella época, de transporte público que comunicara el lugar donde acampábamos con el puerto). La mayor parte de niños no habíamos montado jamás en un barco –incluidos los que, como yo, procedíamos del barrio de Triana, el barrio marinero de Sevilla-, pero ninguno presentaba algún temor ante la nueva experiencia, ya que la que encarábamos ese día era una más, dentro de nuestra procelosa actividad mundana.
Recuerdo a la perfección, que era una mañana espantosa de levante (los que conocen este fenómeno atmosférico, saben de qué les hablo), con lo cual, la travesía de la bahía hasta Cádiz se hizo vomitona e interminable. Luego –una vez en tierra y repuesto de la contrariedad marinera- recorrimos las calles de esta bella ciudad -que dicho sea de paso, cada día está más exultante y hermosa-, conocimos sus principales monumentos, paseamos por la playa y, cercano el medio día, vuelta al lugar de origen en aquel pequeño barco que más que barco parecía una bañera.
De regreso al campamento, la cocinera se había esmerado en un suculento almuerzo (sobra decir que, a esa edad, y en aquellos tiempos, cualquier comida nos parecía un delicioso manjar), y, aunque algunos padecíamos aún las consecuencias de la travesía, dimos buena cuenta de él.





Afortunadamente, en el viaje de esta semana el tiempo acompañó. El otoño nos está regalando una segunda primavera, donde el sol brilla para animarnos y el viento sólo es una fresca brisa que abanica nuestros rostros. Ha sido una grata experiencia volver a repetir el citado viaje y recordar un trozo de nuestros viejos tiempos. Lo más triste es contemplar en qué se ha convertido el bosque de pinos que nos cobijaba, donde tantos camaleones logramos atrapar y tantas travesuras inventábamos. Los caños y las marismas de entonces, donde solíamos coger cangrejos, han desaparecido: todo es hormigón y ladrillo, destrucción y despropósito.
¿Tan difícil sería, en el futuro, un uso más ordenado, respetuoso y consecuente de los espacios naturales, sin que los degrademos y convirtamos en una colmena residencial para disfrutar sólo durante pocos días al año?






 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Feliz encuentro con el pasado










Como adelantaba en mi anterior entrada, este pasado fin de semana fue dilatado y bien sustancioso. No sólo por los dos canastos de setas que logramos llenar, ni por la buena tarde que pasamos en la finca “El Decepo”, fue la culminación de la jornada la que dio la categoría de final espléndido a ese maravilloso día anunciado.

Ocurrió que, no contentos con lo que el día nos había deparado  –los dos nos reconocemos como unos insufribles transgresores de las “normas” cuando la cosa marcha bien-, quisimos alargar un poco más esta agradable jornada y nos dirigimos al pueblo a probar algún mosto más de los que elaboran en la localidad, y la verdad es que se cumpliría en todos los aspectos las previsiones que la mañana auguraba. En uno de estos "Mostos" que ya conocíamos de anteriores años, en una ráfaga de claridad que sólo unas veces nos ofrece la mente, reconocí a una persona de mi infancia que dejó una agradable huella en mi niñez, al cual hacía más de cincuenta años que le había perdido la pista: Manuel Rodríguez Carrillo, Jefe del grupo de Scout al que pertenecí cuando tenía diez u once años.

En Corteconcepción lo conocen como el “Bombero”, apodo nada original, ya que esta fue su actividad profesional hasta jubilarse. En este pueblo, Manuel es propietario de una casa y una viña con uvas de la variedad Bobal, de la que todos los años extrae un delicioso mosto que, por esta fecha, pone a la venta, hasta que los fieles consumidores de este producto lo agotan.

¡Es curioso cómo suceden los acontecimientos! ¡Varios años haciendo lo mismo (pasar por su taberna dos o tres veces en la época) y no ser hasta este día cuando lo reconozca! ¡Luego dirán que el mosto no hace milagros!

 Durante largo rato hemos hablado de “nuestras cosas”, del pasado, de los otros niños que conformaban el grupo y con los que casi tampoco tenemos contacto. Es el triste precio a pagar por haber vivido en un barrio de “tránsito”, en el que no quedaba alojamiento para residir la juventud que aspiraba a independizarse y la diáspora se imponía a rajatabla. Hoy andamos todos desperdigados por la ciudad, por eso nos será difícil llevar a cabo el proyecto que nos hemos propuesto: intentar contactar y reunir al mayor número de miembros del grupo para recordar los viejos tiempos. En eso hemos quedado. Confiemos en poder hacerlo un día de estos, yo soy optimista y desde ahora me pongo en marcha. 
Regreso a casa feliz y satisfecho, agradecido a los Hados por haberme hecho recuperar en un instante un trozo de mi infancia... Aunque al final no logremos nada, nadie podrá quitarme esta pequeña vuelta al pasado, un pretérito que llena esa bolsa de vivencias que es la Vida. 




    Departiendo con Manuel, poco después de habernos reconocido



En el tren, poco antes de partir hacia Valdelagrana. Al fondo, junto al sacerdote, Manuel Rodríguez con unos añitos menos



Aquí ya estamos en el campamento ¿Dónde andará todo este grupo?





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