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lunes, 16 de noviembre de 2015

El Aljarafe y el Paraíso Terrenal











Contaba Juan de Arguijo (Sevilla, 1565? – 1623), en uno de sus muchos relatos de la época, que:

“Pedro Bravo de Laguna alababa su heredad de San Juan de Alfarache (actual san Juan de Aznalfarache), asegurando que sin duda había sido en aquel sitio el Paraíso Terrenal y no osaba salir de noche a él por no encontrarse con Eva.”

Y no es de extrañar la convergencia que Pedro Bravo hacía de su propiedad, en el Aljarafe, con el idílico Paraíso. Algo similar les ha sucedido a los pueblos que nos han colonizado (Fenicios, Romanos,  Musulmanes, Castellanos, etc.)
La civilización del Calcolítico ya escogió esta zona para asentar sus poblados y levantar sus grandes monumentos funerarios (Dólmenes).
Igual ocurrió con los Tartesios y los Fenicios, que también eligieron esta comarca para levantar rudimentarios pueblos y Templos (En “El Carambolo”, Camas, quedan restos de un magnífico templo dedicado al dios Baal y a la diosa Astarté).
Los Romanos la llamaron Vergetum, y eligieron este enclave para construir sus aristocráticas Villas, por la generosidad de sus tierras y la belleza de su paisaje.
Los Musulmanes, cuando vieron el territorio, quedaron cautivados: lo llamaron “al-Saraf”, que traducido quiere decir Otero, elevación desde la que se divisa algo, aunque hay algunos autores que van más allá de la simple traducción literal  y la interpretan como Jardín en alto, definición que particularmente comparto. Pues bien, en este Jardín en alto decidieron construir este pueblo musulmán sus magníficas Alquerías (del árabe al-Qaria), significativa despensa para la cercana Isbiliya andalusí.
Igual ocurrió con los Castellanos. Estos siguieron el ejemplo andalusí y no cambiaron nada: castellanizaron el nombre y la llamaron Aljarafe, y se quedaron con las alquerías de los otros a las que llamaron Hacienda, y con el paso del tiempo, Cortijos, pero siguieron considerando –como los anteriores pueblos- como un lugar paradisiaco este pequeño territorio del suroeste de Sevilla, por eso –repito- no es de extrañar que Don Pedro Bravo de Laguna creyera que vivía en el Paraíso Terrenal y temiera encontrarse con la convincente Eva.








lunes, 8 de junio de 2015

La Giralda de Sevilla


Imagen de La Giralda, una tarde, de las tres del año, en que más reluce el Sol.


Lámina de Alejandro Guichot. Izquierda, la torre almohade primitiva. A la derecha, época cristiana: fase intermedia después de la caida de las manzanas que la coronaban. En el centro, la torre actual con el remate renacentista del campanario.







LA GIRALDA

Hay quienes aseguran que el amor, con los años y el uso se desgasta, tesis que no acepto ni comparto, y mucho menos en el tema que viene a cuento, La Giralda, ya que después de bastantes décadas de convivencia, aún sigo terriblemente enamorada de ella, es más, cada día descubro algún motivo nuevo que me la revela más joven y bella... Y eso que ya tiene “algunos añitos” (831) desde que la parieron.

Dos terceras partes de esta magnífica torre -que hoy hermosea la plaza de la Virgen de los Reyes-, fue antaño el alminar de la Mezquita Mayor de Isbilya (la Sevilla andalusí), y el otro tercio, el remate final o cuerpo de campanas que los cristianos añadieron en 1560, tras la caída de las manzanas, después del terremoto de 1355.
Esta nueva Mezquita Mayor fue construida por mandato del sultán almohade Abu Yaqub Yusuf, ya que la antigua de Ibn Addabas (donde hoy se levanta la Colegiata del Salvador) se había quedado pequeña para albergar a los fieles de la ciudad. El proyecto fue adjudicado al arquitecto Ahmad ibn Baso, quien en 1172 da comiendo al tan ambicioso proyecto.

Este mismo arquitecto sería el encargado de levantar el alminar, obra que emprende el 26 de mayo de 1184, iniciándola con sillares de piedra que acarrea de la cercana muralla del alcázar. 
La muerte del sultán paraliza la obra que no se reanuda hasta la proclamación del nuevo, cargo que recae sobre su hijo Abu Yacub al-Mansur. El nuevo mandatario nombra a un nuevo arquitecto, Alí de Gomara, quien prescinde de los sillares que había elegido su antecesor y emplea sólo el ladrillo cortado, influencia que trae de su tierra de origen, África, embelleciendo sus paramentos con típicas y hermosas labores en rombos, denominadas sebka.
Sus dimensiones son: 
  • Ancho de la fachada 13.65 m.  
  • Ancho de la rampa 1.30-1.55 m. 
  •  Espesor de los muros 2.15-2-30 m. 
  •  Altura del cuerpo principal 50.86 m.       
  • Altura total 76 m.
Una vez levantada dicha torre, y para conmemorar la victoria del sultán sobre Alfonso VII de Castilla, ésta se remataría con cuatro manzanas doradas (imagen izquierda de la lámina) que se veían desde la campiña. La ceremonia de coronación del alminar almohade tuvo lugar el 10 de marzo de 1198. 

Después de la invasión castellana y la claudicación de la ciudad en 1248, la Mezquita se respetó y consagró para celebrar el culto cristiano sin apenas modificaciones hasta comienzos del siglo XV. En 1355 la ciudad sufre un fuerte terremoto con el consiguiente derribo de las cuatro manzanas que coronaban la torre. En 1400 se instala un tosco campanario compuesto por dos pilares sobre los que se posa un tejadillo que cobija una campana (imagen derecha de la lámina).
No será hasta los años que van entre 1560 y 1568, cuando el arquitecto Hernán Ruiz  da la imagen definitiva a la torre construyendo un cuerpo de campanas con unos armoniosos templetes superpuestos, coronando el último de ellos con una espectacular estatua de la Fe -que sirve de veleta y se la llama popularmente Giraldillo, de donde recibe el nombre la torre)-, fundida por Bartolomé Moral, según modelo de Diego de Pesquera,  logrando armonizar dos estilos tan sumamente divergentes (imagen central de la lámina) .

Ya han pasado 831 años desde que Abu Yacub al-Mansur decidiera rematar la obra que su padre dejó inconclusa y ahí se mantiene a diario, joven, esbelta, bella, enseñoreando la ciudad y vigía de ella, ejemplo de visión de futuro y de fusión de culturas. Si los intolerantes, los nostálgicos de las cavernas, los añorantes del trasnochado pasado hubieran hecho el mismo ruido en el siglo XII como lo hacen ahora, hoy estaríamos lamentándonos por la falta de La Giralda. Afortunadamente fueron menos intransigentes, más listos, menos carcas, o no tuvo éxito su pataleo, y hoy podemos contemplar (y enamorarnos), esta hermosa simbiosis de culturas cargada de años.




Imagen de La Giralda -una tarde de diciembre (aunque no lo parezca)-, tras el edificio renacentista del Archivo de Indias.









       

lunes, 14 de enero de 2013

Itálica: La Colonia Aelia Augusta Itálica





 Reconstrucción de la nova urbs




Itálica fue fundada por Publio Cornelio Escipión “el Africano” entre el año 206 y el 205 a. C. -hace veintidós siglos-, después de la última batalla que sostuvo contra el ejército cartaginés en tierras de Hispania. Probablemente Escipión no estaba autorizado por Roma para dar este paso, pero nada le impidió fundar la primera ciudad de romanos, fuera del territorio itálico, con soldados heridos y veteranos, en un lugar que les recordaba a su lejana tierra.
El nombre de esta colonia (primera auténticamente romana y dependiente de Roma) será Itálica, en honor de Escipión y de los elementos oriundos de toda Italia que debían componer sus tropas. Al principio sólo sería un vicus civicum Romanorum, aunque algo más tarde  pasaría a ser una colonia con plenos derechos que dependía directamente de Roma, hasta que Julio César, en el año 45 a. C. le otorga el estatus de municipium civicum Romanorum (estatus más beneficioso que el de colonia, ya que durante el siglo I de nuestra era, el municipio llegó a alcanzar ventajas que la colonia no tenía), aunque no tendría ceca hasta la época de Augusto (año 23 a. C.), en la que acuñarían sólo dos tipos de monedas -las dedicadas a Augusto y a Tiberio-,  pero durante
el reinado de Adriano, los italicenses le solicitan –ante la perplejidad de éste- regresar al estatus de colonia, cosa que, a su pesar, concede ante la insistente demanda de sus habitantes, tomando el nombre de Colonia Aelia Augusta Itálica, en honor de su ilustre hijo y benefactor. 
Con el tiempo, estaría llamada a dar nada menos que dos emperadores a Roma (algunos investigadores la dan también como patria de otro emperador, Teodosio I “El Grande”, auque otros tantos lo descartan). De hecho, las primeras familias asentadas en esta ciudad llegaron a constituir una clase aristocrática con fuerte influencia en la metrópolis, en concreto, la de los Ulpios y la de los Aelios, (la dinastía de los Antoninos) de las que saldrían, en el siglo II d. C., dos de los más importantes emperadores que tuvo Roma: Trajano y Adriano.

Esta primera población de época Republicana (la vetus urbs) se estableció en el Cerro de San Antonio (lugar ocupado por la población autóctona turdetana) y por necesidades de espacio, también, en el contiguo Cerro de Los Palacios, situados los dos dentro del casco urbano del pueblo de Santiponce. La ciudad –igual que la nova urbs- es de planta hipodámica, con un perfecto trazado ortogonal partiendo de los dos ejes principales: el cardo maximus y el decumano maximus. 



En la zona este del asentamiento se localiza el teatro, de época de Augusto -años 30 al 37-, construido en la ladera del citado cerro de San Antonio, con un aforo para 3.000 espectadores que, posteriormente, Adriano terminaría por rematar y embellecer, y que estaría en funcionamiento hasta
bien entrado el siglo V, fecha en la que se empezaría a abandonar por las restricciones que la iglesia católica imponía a este tipo de espectáculos.
Algo más a la derecha de éste,  se encontraba el circo, aunque –por desgracia, y como ocurre en la mayoría de las ciudades- aún no se han encontrado restos que hagan verosímil esta suposición.
En la zona central de la población, coincidiendo con el cruce de las dos vías más importantes (el cardo y el decumano) se encontraba el foro, alrededor del cual se levantaban los edificios más representativos de la ciudad; la curia, los templos, las termas, etc. Resulta curioso comprobar cómo, después de veintidós siglos, el centro neurálgico del nuevo pueblo coincide casi en su totalidad con el de la pasada Itálica.
También se construye -entre los años 98 y 117 de nuestra era- en la zona oeste de la población (Cerro de los Palacios)  unas termas a instancias de Trajano (las conocidas como Termas Menores o de Trajano), que aún hoy están por excavar al completo por las dificultades que plantea la edificación de viviendas sobre su solar. En este cerro parece localizarse –colindando con la parte oeste del foro- los restos de lo que podría ser la entrada de un templo dedicado a Apolo. 

Pero no sería hasta después de la llegada de Trajano y Adriano a la dirección del Imperio –y en concreto, la del segundo-, cuando la ciudad se vio favorecida con importantes donativos, construcción de edificios públicos ( anfiteatro, nuevas termas, templos, etc.), murallas y, lo más destacable,  la nova urbs, un nuevo barrio de viviendas suntuosas que se extiende hacia el norte, por una cercana colina próxima al viejo asentamiento, llegando a convertirse en la primera ciudad monumental de la Hispania romana.
Pero su apogeo fue fugaz. A partir del siglo IV d. C. comienza el declive paulatino de Itálica, hasta llegar a su total abandono, debido a la situación socioeconómica que planteó el final de la influencia política de las familias italicenses en la vida romana, y la consecuente represión de los posteriores Emperadores sobre ellas. Los últimos testimonios históricos de Itálica los tenemos en la Actas de los Concilios de Toledo, en las que sus obispos figuran hasta el año 693. A partir de entonces ésta desaparece y se convierte en un pueblecillo sin importancia, hasta que en el siglo XII –época de Al-Andalus-, se la vuelve a nombrar como Talikah, pero de la magnífica ciudad ya no queda más que las ruinas impresionantes de sus edificios públicos y el recuerdo de su nombre, convertido para entonces en “Campos de Talca”, y de donde se proveían de material constructivo para las nuevas edificaciones.

Durante los primeros años del siglo XIX, Itálica pasó a ser cantera donde se rebuscaba materiales antiguos y obras de arte. Allí saqueó el mariscal Soult durante la ocupación napoleónica, y más tarde, el duque de Wellinton, y en el siglo XX, saqueadores profesionales que trabajaban por encargo y algunos miembros de la nobleza, hallaron en estas ruinas abandonadas el material con el que hacer rentables negocios, los primeros, y levantar y embellecer sus palacios, los segundos, los casos más destacables son los del marqués de Urquijo y el de la condesa de Lebrija en Sevilla. Sus restos sirvieron, en el año 1794, para el firme de la antigua carretera N-630, una auténtica brutalidad de un país analfabeto que no apreciaba su pasado histórico. Pero el expolio de Itálica no se detiene. El afán depredador de la gente adinerada y sin escrúpulos sobrevuela sobre estas ruinas, tanto es así que en 1984, el mosaico de Baco fue robado del conjunto arqueológico, seguramente para cubrir el suelo de un nuevo rico.

La nova urbs estaba rodeada por una sólida muralla de 1.67 metros de anchura, con torres cada 35 metros. Su calle principal mide 16 metros, 8 de calzada y 4 metros en las aceras, y las secundarias, 14 metros, 6  de calzada y 4 en las aceras, siendo de las calles más amplias de todo el Imperio Romano.
A ambos lados de la calle principal se conservan aún los cimientos de una serie de pilares que soportaban un corredor cubierto para proteger a los viandantes del sol  y de la lluvia. Este rasgo urbanístico -propio de las grandes ciudades orientales del Imperio Romano-, es único en toda España. La calle contiene también una cloaca central de 0.95 metros de ancho y 1.65 metros de altura, y en las secundarias son de 0.55 metros de ancho y 1.50 metros de alto.

De sus edificios, sin lugar a duda, el más destacable es el anfiteatro, el quinto más grande del Imperio Romano. Mide 160 metros el eje mayor, y 137 metros el más corto, con una capacidad para 25.000 espectadores, en una ciudad que rondaba los 8.000 habitantes, con lo que se deduce que acudirían a presenciar estos espectáculos sangrientos, gentes de otras localidades. Se construyó en época de Adriano, entre los años 117 y 138 d. C., con hormigón (opus caementicium) compuesto de piedras, cal y arena, en las bóvedas -donde era necesario aligerar el peso- que descansaban sobre fuertes paredes de  gruesos ladrillos y sillares de Tarifa, recubiertos a su vez, en las partes más visibles e importantes, con grandes placas de mármol.
El graderío estaba formado por tres secciones (cavea): la baja (la ima), para la clase dirigente (políticos, nobles, sacerdotes, etc.); la central (la media), para los ciudadanos de Itálica; la tercera y última (la summa), para mujeres, niños y extranjeros ( tenían esta denominación todos los habitantes de otros importantes asentamientos cercanos, como Híspalis, Écija, Carmona, etc., ya que ellos se consideraban auténticos ciudadanos romanos)

 Esta nueva ciudad contaba también con unas Termas Mayores que se surtían del agua procedente de unos manantiales próximos al río Guadiamar y de unas fuentes de Tejada (en el municipio de Escacena del Campo), a través de un sofisticado acueducto del que quedan bastantes restos, además de un impresionante templo dedicado a Trajano divinizado, erigido por su sobrino-nieto Adriano en una  plaza central de la nova urbs, y del que hoy quedan algunos restos. 

Habría que estudiar, en profundidad, por qué se produce el decaimiento –primero, de la nova urbs, más tarde, de la vetus- de Itálica. Las razones geológicas que los primeros investigadores aducen no son creíbles y necesitan una nueva revisión más metódica y científica. A mí se me ocurre que sólo una nueva situación socioeconómica, política, o de clara imposición de la pujante Hispalis, pudieron ser las causantes del declive y posterior abandono de esta magnífica ciudad.
Poco más se conoce de Itálica, aún menos de la primera, la vetus urbs, oculta debajo del actual pueblo de Santiponce -que se encontraba más al este, cercana al río-,  que se desplazó hasta ella, entre los años 1595 y 1602, huyendo de las continuas riadas que sufría en el lugar donde se había establecido. Sus solares, calles, paredes, cloacas, etc., sirvieron para levantar el pueblo que hoy podemos contemplar sobre sus ruinas y que en general se alza sobre la misma superficie y casi el mismo trazado hipodámico de la vieja urbe. Confiemos que con el tiempo se prime más la cultura y nuestras autoridades políticas dediquen más financiación a la búsqueda de nuestros orígenes y no al mantenimiento de parásitos sociales y al sostenimiento de fraticidas guerras. Itálica nos espera debajo de la tierra, no la hagamos esperar demasiado tiempo. 






lunes, 5 de marzo de 2012

La Ermita de Santa Brígida, en el cerro del mismo nombre, Camas (Sevilla)



El cerro de Santa Brígida, en el término de Camas, visto desde su vertiente este



El cerro de Santa Brígida, visto desde su vertiente sur


Se desconoce cómo llegó a Sevilla el culto a Santa Brígida, una santa caritativa nacida en Irlanda a mediados del siglo V y fallecida en el año 525. Como otras muchas cosas, se supone que llegaría a través del río, verdadera vía de comunicación para la entrada de mercancías e ideas en la Sevilla de aquella época.

Las primeras referencias que tenemos sobre ella la encontramos en el arrabal de Triana. Se sabe que la santa tuvo ermita en la Huerta de la Zanja, en plena arteria de comunicación con la zona oeste (Huelva, Badajoz, etc.), actual calle de Castilla, y en el mismo solar que ocupa la iglesia de la O.
Compartía espacio Santa Brígida con las santas Justa y Rufina, y más tarde, en 1566, con la virgen de la O, hermandad con la que terminaría fusionándose en 1572, acción que determinó el derribo de la antigua ermita en 1697 para levantar el templo que hoy se mantiene.
  
 
 En este mapa que confeccionaron en 1588 George Braun y Franz Hogenberg para el "Civitis Orbis Terrarum", podemos apreciar en la parte superior izquierda la existencia de la citada Ermita.   
 
 
Esta es una imagen ampliada del mismo mapa
 
 
 

La primera noticia sobre el cerro de Santa Brígida -el punto más alto de la meseta del Aljarafe, 115 metros, y visible nada más cruzar el puente del Alamillo- no aparece hasta 1491, en la que un documento del Archivo Municipal de Sevilla nos informa del pleito que sostuvo la ciudad con el jurado Francisco Marmolejo, por haber ocupado éste algunas tierras que no le pertenecían, y por donde pasaba un camino que llevaba hasta el citado lugar.
De lo cual se deduce que el culto a la santa ya existía a finales del siglo XV en este emplazamiento de Camas y que, se sospecha, fuese la reutilización de un antiguo morabito musulmán, y a su vez, antes, un santuario tartésico que competía con el fenicio del próximo cerro de El Carambolo.
Otra referencia la encontramos en un texto del cronista de la ciudad, Juan Mal-Lara, donde nos narra que en una excursión realizada en 1570 por el rey Felipe II por los alrededores de Sevilla, sintiendo curiosidad por el cerro y la ermita que se encontraba en su cumbre, decidió subir a visitarla.
Más tarde, en los documentos de un Padrón realizado en la localidad de Camas, en el año 1636, aparece que en la citada ermita de Santa Brígida, “que está en lo alto de un cerro redondo, en el término de Camas, es ermitaño Pedro Gómez, que lleva los hábitos de señor San Pablo”, y una nueva noticia, en 1640, nos informa que el ermitaño Francisco Barbosa, procedente de la citada ermita, ha recibido sepultura en la iglesia de la localidad.

El cenobio estaba cuidado por estos eremitas y se mantenía sólo de la caridad popular, la cual era tan escasa que, a veces, apenas si daba para encender las velas del culto, y menos, para el aceite con la que poder iluminarla.
El cuerpo de la misma era de una sola nave. A la izquierda de la entrada principal se encontraba una sala que servía de aposento para los ermitaños; a la derecha estaba el altar, presidido por una imagen de la virgen de la Candelaria, de estatura normal y bello rostro, con el niño en los brazos y una vela en la mano derecha, signo de su advocación, vestida de tafetán azul muy usado, y una corona de corcho dorada.
Morgado afirmaba que esta imagen procedía de la capilla del Patrocinio, en el arrabal de Triana, trasladándose en 1792 a la ermita de Camas, sustituyendo a una anterior que se encontraba bastante deteriorada.
Acompañaba a la virgen de la Candelaria una imagen de madera de Santa Brígida, vestida con ropas doradas y de una presumible antigüedad. Pasado los años se incorporó un San Gregorio Papa y un San Blas, los dos de madera, dos candelabros del mismo material, pintados de jaspe, un atril y una cruz, también de madera blanca, además de una lámpara de azófar y un esquilón grande que colgaba de las vigas del techo.

Era tal la pobreza de la citada ermita que no tenía ni libros, ni misal, ni cáliz para el culto, viéndose obligados a pedirlos prestados a la iglesia de Camas cuando querían celebrar misa.
Esta pobreza también afectó a la construcción del edificio y a su mantenimiento, el cual siempre estuvo expuesto a la ruina, situación que llegó a ser de total deterioro a mediados del siglo XVIII, en el que la ermita quedó completamente destruida.
Pero quiso el destino que, una vez más, una nueva congregación se instalara en el lugar y emprendieran la rehabilitación del derruido edificio. A finales de este siglo, 1796, los ermitaños de San Antón Abad se harían cargo de levantar las nuevas paredes, y de recuperar los pocos bienes desperdigados fuera del santuario, al frente de los cuales se encontraba el hermano mayor -y verdadero artífice del proyecto-, José del Santísimo Sacramento y cinco ermitaños más.
Entre las reglas de estos anacoretas destacaba el estricto voto de pobreza, renunciando, por Cristo, a todas las comodidades que les ofrecía la vida terrenal. Así, entre sus haberes se encontraban:

  • Un cañizo para la cama.
  • Tres mantas.
  • Una almohada rellena de paja.
  • Una mesilla.
  • Un puchero.
  • Un candil.
  • Un cántaro para el agua.
  • Un jarrillo.
  • Un dornillo.
  • Las herramientas propias para el trabajo.
  • Algunos libros espirituales.
El vestido, pobre y tosco, se componía de dos túnicas de paño vasto y ordinario, una de color de lana, la otra, blanca, una camisa que no fuese de lienzo, un cinturón con el que poder ceñírselo, más un escapulario. El calzado se limitaba a unas simples alpargatas de cáñamo o esparto, en las que irían los pies desnudos, ya que no estaba permitido llevar ni medias ni calcetas.
Otras reglas a las que se acogían eran las de obediencia, abstinencia, ayuno y mortificación.

Entre rezos, meditaciones y esforzado trabajo, las vicisitudes de la ermita –y de los propios ermitaños-, transcurre entre grandes dificultades y estrecheces.
En 1804 se realiza una nueva reedificación del edificio, obra que no llegaría a concluirse debido a la ocupación napoleónica de la ciudad, y la utilización de éste, por los soldados gabachos, como enclave militar, debido a su situación estratégica sobre toda la vega de Triana.
Terminada la ocupación francesa, la ermita queda prácticamente destruida. En 1864, hay un nuevo intento de levantarla, pero a causa de los altos costes que suponía el acarreo de material hasta el cerro y, sobre todo, la disconformidad del propietario del terreno para que el proyecto se realizase, hicieron que no se llevara a cabo y la ermita, desde entonces, dejó de coronar el cerro al que le dio nombre.
Tras la destrucción de ésta, los vecinos de Triana recogieron la imagen de la Candelaria, pero más tarde, los habitantes de Camas la reclamaron y las autoridades eclesiásticas se la concedieron, pasando a formar parte de la iglesia de Santa María de Gracia, lugar en el que también se encontraba la imagen de Santa Brígida.
Durante los siguientes años, este cerro pasaría por diferentes propietarios, construyéndose, en el lugar que antes ocupara la ermita, primero, una casa para acoger las labores propias del campo, y más tarde, una vivienda que ha durado hasta el tercer cuarto del siglo XX, y que ha imposibilitado el hallazgo de restos de la citada ermita y de los posibles antiguos oratorios que se establecieron en la cima del cerro. Por último, para acabar con la última huella que quedaba del lugar, el actual Ayuntamiento de Camas ha construido un bello mirador sobre el cerro, teniendo la poca visión de no integrar en el mismo el suelo de la vivienda que aún era visible, el cual daría una pista de la ubicación de la citada ermita y de sus posibles dimensiones. También falta un cartel donde se nos dé una breve información sobre la historia del citado edificio y de los eremitas que lo habitaron.

Esta fue la última vivienda que hubo en el Cerro



Esta es, resumida, la escabrosa vida de la ermita de Santa Brígida y Nuestra señora de la Candelaria que fue refugio y lugar de meditación y reposo de un puñado de ascetas cristianos.
Las tallas de la virgen y la santa, se encuentran hoy en la iglesia de Santa María de Gracia, en la localidad de Camas, donde aún se le sigue realizando culto. Desde 1993 -el primer domingo de octubre-, se ha vuelto a recuperar la peregrinación que todos los años celebraban los fieles de la santa, los días uno y dos de febrero, a lo alto del cerro, un lugar cercano al cielo que utilizaban estos sirvientes de la Fe para la meditación y el recogimiento, antaño, y hoy, a los que se atreven a subir a su empinada sima, como balcón para la contemplación de la agitada y bella Sevilla.







Actual mirador en el espacio que ocupaba la antigua ermita




Romería de Santa Brígida. Se celebra el primer domingo de octubre



Romeros de la localidad de Camas, transportando la imagen de Santa Brígida a la cima del cerro.





lunes, 30 de enero de 2012

El Foro de Hípalis

Restos del foro de Pompeya



Como todas las importantes urbes romanas, Híspalis también contaba con un Foro donde poder tomar el pulso a la actualidad económica, política y social de la ciudad.
En él se realizaban transacciones financieras y comerciales; se oraba a los dioses; se visitaban los baños públicos; pero, sobre todo, se hacía uno “visible”, con el premeditado objetivo de “proyectarse” políticamente para intentar conseguir, primero, un puesto influyente en la ciudad que lo catapultara a la ansiada Roma, después.

El Foro de la Híspalis Republicana no debió de ser nada exigente, debido –como vimos en el primer trabajo publicado, “La Híspalis primitiva”- a las limitaciones geográficas que reducían a tan sólo nueve Hectáreas el terreno habitable, por lo tanto, el espacio disponible para este foro sería también pequeño, y estaría ubicado en el triángulo formado por las calles del Aire, Federico Rubio y Mármoles (espacio que hoy ocupan varias fincas urbanas), donde la cota del cabezo existente era más elevada, y donde se cruzaban el Cardo Máximo primitivo (Corral del Rey y Abades) y el Decumano Máximo (Pajaritos, Aire y Fabiola), justo donde los fenicios tenían levantado el templo al fundador mitológico de la ciudad, el dios Melkart, el Hércules romano.

Con el paso de los años, el aumento de población y la consecución de nuevas áreas habitables que hicieron posible la ampliación de la ciudad por el norte, el foro se situó en un nuevo emplazamiento que respondiera a las necesidades que la población demandaba.
Para ello se eligió un amplio solar situado al norte del primitivo foro, en la intersección del nuevo Cardo y Decumano, justo en la plaza de la Alfalfa.
Hoy nos parecerá un espacio reducido para acoger tan importante foro, pero si somos capaces de hacer una composición imaginaria, y conseguimos ver el rectángulo que forman la citada plaza, Cuesta del Rosario, plaza de la Pescadería, plaza del Pan y plaza del Salvador, vacío, sin los edificios que hoy se levantan dentro de él, reconoceríamos que las dimensiones son aceptables para ubicarlo allí .


Plaza de la Alfalfa, antiguo foro hispalense



Éste llegó a tener en su interior baños (en la Cuesta del Rosario se han descubierto restos del mismo), curia (con toda seguridad, estaría situada en la transición de la Alfalfa y plaza del Pan), y basílica, que tendría un uso civil al principio, y religioso más tarde.
Esta basílica romana se hallaba situada en el mismo solar que hoy ocupa la iglesia del Salvador, lugar en el que se descubrió, en el año 1671-cuando se derribó la antigua mezquita aljama de Isbilya para construir la citada iglesia-, restos de la cimentación de un edificio de la época de Teodosio el Grande, y más abajo, otro de la época de Tiberio.

Es probable que el foro contara además con algún que otro pequeño templo que levantaran determinadas familias poderosas y autoridades locales, para honrar a los dioses benefactores, pero los más destacados y grandiosos se construirían en la periferia de éste, siempre situándolos cerca de él, o en las vías importantes que llegaban hasta el mismo, o sea, el Cardo y el Decumano, que en esta época imperial que estamos tratando, también habrían tenido un desplazamiento en relación con los anteriores Republicanos, y que coincidiría con las actuales calles Alhóndiga, Cabeza del Rey Don Pedro, Corral del Rey y Abades para el Cardo Máximo, y calles Águila y Alcaicería, para el Decumano Máximo.
Sólo con un único testigo: las tres columnas de granito, levantadas sobre basa de mármol, que quedan en la calle Mármoles, y que podrían pertenecer al pórtico de un templo dedicado a Hércules –aprovechando el emplazamiento y la antigua edificación fenicia-, y que más tarde Adriano, o bien su sucesor, Antonino Pio, reedificaron para honrar a Julio César o a Augusto.
Otras tres de estas columnas fueron llevadas, en el año 1574, a la Alameda de Hércules, donde hoy se pueden contemplar dos de ellas; la tercera se rompió en el traslado.



Restos del portico del templo de Hércules en Híspalis



Es todo lo que conocemos del Foro de Híspalis. No se han localizado restos de éste. La única mención que tenemos sobre él la realiza Julio César en su ya citada obra, “Bellum Civile”. En ella nos informa que se trataba de un foro rodeado de soportales –semejante al que poseía Pompeya-, y que en él se cobijó una de las legiones de Varrón, que desertó para pasarse al bando de César, por lo que deducimos que las dimensiones de este foro debieron de ser bastante amplias, sólo así se puede entender que bajo sus arcadas llegaran a refugiarse 6.000 soldados.


Reproducción del foro de pompeya



Poco más conocemos de este magnífico Foro del que nos habla César. El tiempo, aliado con las inundaciones que cada año padecía la ciudad, más las expoliaciones a la que se vio sometido por las civilizaciones venideras, han hecho que este soberbio recinto haya quedado oculto para el estudio.
Sólo se trabaja con hipótesis, extraídas de algunas referencias historiográficas, o el hallazgo arqueológico fortuito. Quiera la diosa Fortuna que algún día, la piqueta de algún constructor –como ha sucedido en varios lugares de la ciudad, el más reciente, en la plaza de la Encarnación, al excavar los cimientos de Las Setas-, nos depare noticias del espléndido Foro porticado de la Híspalis Imperial, así como del resto de la ciudad romana que duerme en las entrañas de la tierra.


Maqueta de la Colonia Iulia Hispalis en el siglo III d. de C. En el centro de la misma, prolongando el Acueducto por una imaginaria calle Águilas,  se puede ver el Foro de la ciudad



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martes, 24 de enero de 2012

Otro sector de los Caños de Carmona




La fotografía muestra un nuevo tram0 de los llamados Caños de Carmona. Nos referimos al que iba desde la carretera de su Eminencia, pasaba junto a la que vendría a ser barriada de los Pajaritos, y finalizaba en las proximidades de la avenida de la Cruz del Campo.
En la actualidad, aún pervive una parte de éste, concretamente el q
ue está junto a la citada barriada y la avenida de Andalucía, el cual tuvieron el buen acierto de no demoler y preservar, para que las generaciones venideras pudiésemos contemplar.

Como la mayoría conoce, los Caños de Carmona era un acueducto que traía el agua, desde la cercana Alcalá de Guadaira, hasta Sevilla.
Su primitiva construcción se debe a los antiguos gestores de la Híspalis romana (hay quienes apuestan a que fue obra de Julio César), pero que en la desdichada etapa visigoda llegó a deteriorarse de tal manera que cuando la ciudad floreció de nuevo en época islámica, no quedaba ningún resto de él.
La casualidad quiso que el citado acueducto se recuperase. En época almohade, los responsables de abastecer de agua potable a Isbiliya buscaron nuevos pozos y manantiales que ofrecieran un líquido menos salobre que el que hasta ahora les proporcionaba el río y los arroyos que desaguaban en él.
Fue en esa búsqueda cuando descubrieron que, unas filtraciones que se producían al este de la ciudad, eran consecuencia de un antiguo y destruido acueducto que llegaba hasta las puertas de ésta y se prolongaba hasta las afueras, en dirección a Alcalá de Guadaira.
A partir de e
sta pista –y como resultado de la gran calidad del agua que traía-, se decidió recuperar el viejo acueducto, construyendo sobre su trazado, el nuevo, para poder salvar con esta obra de ingeniería, el desnivel existente entre la Puerta de Carmona y Torreblanca de los Caños. Desde aquí, hasta el origen del manantial (se especula que estaba localizado en los Cercadillos de la Huerta de Santa Lucía, en el lugar donde se ha descubierto la antigua y desaparecida ermita de Santa Lucía y, donde algunos investigadores suponen que se encontraba también el santuario tartesio a la Luz Divina, el Lucero), el agua llegaba a través de una canalización, unas veces a ras de tierra, otras, a través de largos túneles excavados en la roca o construidos con ladrillos.

De esa manera, el acueducto se volvió a poner en marcha el año 1172, un 13 de febrero, y estuvo en uso hasta el siglo XIX.  Sólo el aumento de población y el agotamiento del antiguo manantial hizo que se buscaran nuevas fuentes de agua potable y que se abandonase la antigua conducción, primero, hispalense, y más tarde, andalusí.
De nuevo volvió a ser olvidado y el mantenimiento del mismo, descuidado.
A su cobijo acudieron a buscar refugio todo tipo de gente: pastores, familias pobres que no tenían techo, ru
fianes, malhechores, etc., hasta que empezaron a ser un peligro para los habitantes cercanos a él (Puerta Carmona y la Calzada), que protestaron tanto a las autoridades locales, que éstas, al final, no tuvieron más remedio que proceder a su derribo el 26 de enero de 1912.

Hoy, los únicos testigos que quedan son:

  • el trozo de los Pajaritos, que estuvo en pie hasta finales de 1959.
  • el de la calle Jiménez de Aranda, gracias a que sirvió de cerramiento a una huerta que se hallaba en aquel lugar, llamada Alcantarilla de las Madejas.
  • y el tercero, gracias a que quedó oculto bajo el puente que levantaron para salvar el trazado ferroviario, en la misma Puerta de Carmona.

Interpretación de la fotografía.

Parte inferior izquierda y central: Construcción de los primeros bloques de los Pajaritos.
Al fondo, en la parte central, una vez cruzado el arroyo Tamarguillo (antiguo Ranilla): La desaparecida cárcel de “Ranillas”, y un poco más arriba, la incipiente barriada de Nervión.
En la parte superior izquierda: Una vista, no muy nítida, del centro de la ciudad, con la imagen destacada de la Giralda.
A la derecha de ésta, la torre y las antenas de la vieja central de Telefónica, en la calle de Luis Montoto.
Un poco más abajo y a la derecha, el edificio de viviendas del Banco Urquijo, al principio de la avenida de la Cruz del Campo.
A la derecha de éste, y ya en la parte superior derecha, la Fabrica de cervezas de la Cruz del Campo y un poco más a la derecha de ésta, lo que parece ser la construcción de los primeros bloques de viviendas en el Polígono de San Pablo.
Parte inferior derecha: Tramo del acueducto proveniente de Torreblanca y antigua carretera de Alcalá de Guadaira, por donde hoy discurre la masificada avenida de Andalucía.
La parte arbolada que queda a la derecha del acueducto es la que acoge en la actualidad al centro comercial Los Arcos, y más a la derecha, el polígono industrial de la Carretera Amarilla.

Confío en que hayan disfrutado con este paseo por la Sevilla de finales de 1959.




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