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lunes, 30 de diciembre de 2013

Ana María Matute: "Polvo de carbón"










Polvo de carbón

 
La niña de la carbonería tenía polvo negro en la frente, en las manos y dentro de la boca. Sacaba la lengua al trozo de espejo que colgó en el pestillo de la ventana, se miraba el paladar, y le parecía una capillita ahumada. La niña de la carbonería abría el grifo que siempre tintineaba, aunque estuviera cerrado, con una perlita tenue. El agua salía fuerte, como chascada en mil cristales contra la pila de piedra. La niña de la carbonería abría el grifo de agua los días que entraba el sol, para que el agua brillara, para que el agua se triplicase en la piedra y en el trocito de espejo. Una noche, la niña de la carbonería despertó porque oyó a la luna rozando la ventana. Saltó precipitadamente del colchón y fue a la pila donde a menudo se reflejaban las caras negras de los carboneros. Todo el cielo y toda la tierra estaban llenos, embadurnados del polvo negro que se filtra por debajo de las puertas, por los resquicios de las ventanas, mata a los pájaros y entra en las bocas tontas que se abren como capillitas ahumadas. La niña de la carbonería miró a la luna con gran envidia.
“Si yo pudiera meter las manos en la luna”, pensó. “Si yo pudiera lavarme la cara con la luna, y los dientes y los ojos”.
La niña abrió el grifo y, a medida que el agua subía, la luna bajaba, bajaba, hasta chapuzarse dentro. Entonces la niña la imitó. Estrechamente abrazada a la luna, la madrugada vio a la niña en el fondo de la tina.






jueves, 26 de diciembre de 2013

Augusto Monterrroso: "El eclipse"





 Pintura de Diego Isaías Hernández





Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.








lunes, 9 de septiembre de 2013

Rafael Calero Palma: "Como usté mande, Don Miguel"










Como usté mande, Don Miguel



—A ese cabrón lo apuntas también.
—Como usté mande, don Miguel ¿Y al hermano?
—Al hermano me da igual, pero a él, apúntalo. Todavía me acuerdo de cuando estuvo trabajando en el molino de aceite con nosotros hace cuatro o cinco años. El hijoputa iba diciendo por las tabernas que mi padre era un explotador, que no pagábamos lo que había que pagar y otros dicterios por el estilo. Y también le gustaba amenazar. Me contaron que iba diciendo a quien lo quisiera escuchar que cuando el comunismo libertario se impusiera en Aguilar y en toda la campiña, él mismo, con sus propias manos, se encargaría de ahorcar a mi padre del álamo más alto del pueblo. Ahora se va a enterar este de lo que le pasa a los comunistas cuando se meten con un miembro de mi familia. 
—Pues ya está, don Miguel. Apuntao, y escribe un nombre en el papel que sostiene en la mano izquierda. Después de esta noche, de este ya no hay que preocuparse. Este, desde luego, no va a ahorcar a nadie ¿Y al amigo que va siempre con él, al Paco, el nieto de Antonio el Carbonero, qué hacemos con ese?
—¿Ese también es comunista?
—Hombre, don Miguel, usté verá, si los dos son íntimos. Además, yo creo que son maricones. Van siempre juntos. Los rusos estos son tós maricones, de igual que sean comunistas o  socialistas. Igual de cabrones son tós. Rusos y maricones, eso es lo que son. Y si no lo es, como si lo fuera.
—Coño, pues la mujer está bien buena, Ya me gustaría tirármela. Lo mismo después de darle café al rojo del marío, me la follo, que las mujeres de los rojos, ya se sabe, son todas unas putas.
En ese momento, los cuatro hombres que hay en la sala, se ríen con estruendo y la carcajada se expande por la calurosa mañana de agosto aguilarense. Los cuatro hombres están en un despacho de paredes blancas, limpio, con el suelo de baldosas negras y blancas, como un tablero de ajedrez. La habitación está presidida por un gran ventanal que da a la calle Cánovas. Tiene los visillos echados y eso hace que la sala esté en penumbra. Aún no es mediodía, pero sobre la mesa hay una botella de vino blanco y cuatro vasos.
El mayor de los hombres debe rondar los sesenta años. Es un tipo bajo y rechoncho, aseado, con el pelo canoso peinado hacia atrás. Se nota que sus ropas son de buena calidad, incluidas sus botas. Es el que lleva la voz cantante. Por algo están en su casa y por algo es el señorito, hijo y nieto de señoritos, dueño de varias fincas que suman más de setenta mil olivos, varios cortijos, muchas, muchas fanegas de tierra, y una buena cuadra de caballos de raza. También se nota que está acostumbrado a mandar y, sobre todo, a que sus órdenes se obedezcan sin rechistar. Los hombres que trabajan en sus tierras saben que sus decisiones no se cuestionan. Eso no se le pasa a nadie por la cabeza. Cualquiera que trabaje en esa casa sabe que siempre hay que hacer lo que don Miguel diga, que para eso es el señorito. Las edades de los otros tres hombres oscilan entre los veinte años apenas cumplidos del más joven, y los cuarenta, más o menos, de los otros dos. De los tres, el más joven de ellos, viste camisa azul mahón, con el yugo y las flechas bordado sobre el corazón y unos correajes de cuero negro cruzados sobre el pecho. Tiene un papel en la mano y un lapicero, con el que van confeccionando la lista. Los otros dos van vestidos con sus ropas de jornaleros, pobres y sucias.   
—Otra cosa. A Zurera lo apuntas también.
—¿Qué Zurera, don Miguel?, pregunta el más joven, el que va vestido de falangista, que es quien tiene el lápiz en la mano y va escribiendo los nombres. Los otros dos ni siquiera podrían escribir sus propios nombres, porque nadie los ha enseñado a hacerlo.
— El que trabajaba con tu padre. Aquel al que pilló robándole trigo hace un par de veranos, ¿te acuerdas? Uno que vive en la calle Molinos, ese que es bizco. A ese, cuando lo encontró tu padre en su finca robando, la única explicación que se le ocurrió dar fue que tenía cuatro hijos y que tenían que comer, que no los iba a dejar que se murieran de hambre. ¡Será cabrón! ¡Y a mí qué me cuentas si tienes cuatro hijos! No los hubieras hecho. A ver si ahora vamos a tener que alimentar nosotros a todo el que tenga cuatro hijos. Lo que yo os digo, estos rojos no tienen apaño. 
Las estruendosas carcajadas llenan la habitación. A los cuatro hombres se les nota la felicidad en los rostros, como niños con juguetes nuevos, escribiendo los nombres en la lista, nombres de personas que van a morir. Vecinos de Aguilar que serán sacados de sus casas a altas horas de la noche, golpeados, insultados, vejados, arrastrados y fusilados contra la tapia del cementerio, en la madrugada siguiente y enterrados, después, en una fosa común que ellos mismos habrán tenido que cavar. A los cuatro hombres se les nota el odio en la mirada, un odio que han ido amasando durante los cinco años que ha durado el régimen republicano. Un odio irracional para el que no existe explicación científica.
   —Si usted lo dice, don Miguel, así se hará, contesta el joven y apunta el nombre con una buena caligrafía que denota que es una persona culta.
—¿Cuántos van?, pregunta don Miguel.
—Nueve.
—A ver si llegamos por lo menos a diez, que no salga el viaje en balde, que hoy no hay nadie de Monturque, ni de Montemayor, ni de ningún otro pueblo. Hoy todos los rojos son de Aguilar.
Los hombres permanecen pensativos durante un rato, apenas un minuto, en el que nadie dice nada.
— Pues si no se os ocurre ninguno más, dice don Miguel, apunta al hermano de ese, y señala con el dedo uno de los nombres que están escritos en el papel. Al que es un poco más chico que él. El que no me quiso vender aquel galgo tan bueno que tenía. Con el otro, con el mayor no os metáis que ese no es mal tío.  Además, así la madre, con las mismas lágrimas, llora a los dos hijos.
—Don Miguel, que ese es de mi edad, y tiene a la mujer preñá y me da no sé qué, dice el falangista sin pensar siquiera en las consecuencias que pueden tener su salida de tono. Y luego el cura se cabrea conmigo porque dice que no tenemos sentimientos y matamos por matar, que matemos a quien lo merezca, pero a quien no se haya metido con nadie, que los dejemos vivir en paz.
—Al cura que le den por culo, Eduardo. Los curas ya sabemos cómo se las gastan: lo invitas a almorzar un pollo con arroz, un conejo frito, una buena botella de vino, y se pone como unas castañuelas. ¿O es que aún no te has dao cuenta de lo que quiere el cura? Coño, que todos los curas son iguales, unos llenapanzas. Además, si esta cruzada la hacemos por ellos, para que no les quemen las iglesias y los conventos y los dejen decir misa en paz, y respeten las imágenes de la Virgen y del Niño Jesús.  ¿No os habéis enterao de lo que están haciendo en Cataluña y en otros sitios los bolcheviques? Pues yo os lo voy a decir. ¡Quemar y saquear las iglesias  y los conventos y convertirlas en burdeles! ¿Es que no habéis leío lo que dice el ABC? Estos dos no lo saben, Eduardo, porque son unos ignorantes, y no saben leer, pero tú, hombre, tú has ido a la escuela, y eres un muchacho con cultura y con estudios. No te compadezcas de los ateos, masones, anarquistas de mierda. Lo único que nos faltaba, tener compasión de esto criminales.
El joven, el que se llama Eduardo y va vestido de falangista, enseña una sonrisa falsa y forzada, una sonrisa de sometimiento y sin volver a cuestionarse la orden, hace lo que le dice don Miguel, apuntar el nombre del muchacho en la lista.
—¿Tú te crees que si la moneda hubiera caído del otro lado, ellos se iban a preocupar de si nuestras mujeres esperan un niño o no? Hombre de dios, no estás viendo lo que están haciendo los rojos en la zona republicana? Si son unos hijoputas sin piedad, que sólo saben robar, matar y violar a la gente de bien.
—Como usted diga, don Miguel, tercia uno de los otros dos, que hasta el momento no había dicho esta boca es mía. Si Eduardo lo decía sin maldad, sin pararse a pensar. Si él lo que quiere es ver muertos a tós los rojos. Tendría usted que ver la puntería que tiene con la Tigresa, el rifle que usted le prestó y cómo los remata cuando están tirados en el suelo. Y no le tiembla el pulso dando el tiro de gracia. Es más valiente que los civiles, don Miguel.
En ese momento Eduardo mira a don Miguel con orgullo, haciéndole ver que él está allí para hacer lo que se le mande, sin rechistar, y que no va a encontrar en todo el término de Aguilar a otro que odie como él a los rojos, y que dispare con tanta saña como lo hace él.
—Coño, es que disparar con la Tigresa es como follarse a una mujer bonita. Eduardo, por lo que más quieras, cuida esa carabina como si fuesen tus cojones, que es un regalo de mi padre y lo quiero más que a mi mujer.
Eduardo asiente con la cabeza y los tres hombres se vuelven a reír de las ocurrencias de don Miguel.
—Otra cosa, dice don Miguel. ¿Qué pasa con el chófer del camión? Me ha dicho tu primo Rafael que la última noche empezó a llorar y a protestar y a decir que ya no lo hacía más, que esa era la última vez que llevaba a gente en su camión para que los mataran como a perros y otras tonterías por el estilo.
—Sí, es verdad todo lo que le ha contado mi primo, don Miguel, dice Eduardo, mostrándose aún más sumiso ante el señorito. Lo que pasó es que uno de los que llevábamos para darle café era el hermano más chico de su mujer, ese anarquista al que le dicen Juan el Fandangos, y se ve que al hombre le dio un noséqué ver que lo íbamos a fusilar, y cuando los bajamos del camión en la puerta del cementerio, el chófer se nos puso a llorar y a decir que si matábamos a su cuñao, que lo matáramos a él también, porque él ya no iba más, y le dio un ataque de nervios y un llanto que no vea usté.
—¿Y qué pasó? ¿Cómo lo arreglasteis?
—Nada, nos lo cargamos igual. Le dijimos al Sixto, el del camión, que si no se callaba, él iba detrás. Y vaya si cerró el pico.
—Por esta vez, pase, pero si el chófer da algún problema más, le decís, que se atenga a las consecuencias. Veréis como se acojona y no dice ni 
—No se preocupe usted, don Miguel. Así se hará, pero ese ya no da más problemas, corre de mi cuenta. Ese sabe muy bien lo que tiene que hacer.
—Bueno, pues andando, ahora cuando salgáis de aquí os pasáis por el cuartel de la Guardia Civil y le dais la lista al Teniente, para que vaya preparándolo todo, que no quiero ningún contratiempo esta noche. No vaya a ser que a alguno de estos cabrones les dé por pasarse hoy a la zona roja y no le podamos dar el paseo. Tenemos que limpiar Aguilar de rojos, masones, judíos, hijoputas. Ya sabéis, son ellos o nosotros.
Antes de que los tres hombres salgan por la puerta de la sala, don Miguel, con su voz viril, de hombre acostumbrado a mandar, pronuncia un ¡Arriba España!, enérgico y brioso, al tiempo que levanta el brazo derecho a modo de saludo.
¡Viva Franco!, contestan los tres hombres, con el mismo ímpetu, levantando, cada uno de ellos, el brazo derecho como si les fuese la vida en ello. Y salen hacia la calle, con diez nombres escritos en una lista.



 
(Rafael Calero Palma. "El llanto, la sangre, el fuego" (relatos y poemas de la Memoria). Alhulia, 2012, encontrado en su blog http://mimargenizquierda.blogspot.com.es/)












jueves, 6 de junio de 2013

Mario Benedetti: "El otro yo"


 








El otro Yo



Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos en la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo, menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo ante sus amigos. Por otra parte, el Otro Yo era melancólico y, debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó, el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Éste no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero en seguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable”.
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.





martes, 2 de abril de 2013

Manuel Rivas: "Una visita al mercado"











Una visita al mercado



-Te pago para que me digas cuándo hago el tonto y no para que te pases el día dándome palmaditas –dijo el candidato.
-No sabía que les tuvieras miedo a los ojos de los peces –respondió el asesor.
-No me dan miedo. Simplemente, no los soporto.
-Volviste la cara. Nada más. No creo que esto nos quite votos.
-Pero la mujer se dio cuenta. Cuando le di la mano, me miró con recelo, como quien descubre un secreto indeseado.
-Son aprensiones de final de campaña. Estás cansado. Eso es todo.
-No sé cómo fui capaz de darle la mano. La limpió en el delantal. Pero aún así, tenía escamas.
-Era una pescadera, una pescantina bigotuda. Nada más.
-Se hizo como un silencio larguísimo. Como el de una fotografía.
-La gente estaba contigo. No creo que a nadie le guste ver cómo les arrancan los ojos a los peces.
-Parecían vivos. Me refiero a los ojos. Tan abiertos y con una expresión de perplejidad... Debe de ser una manera horrible de morir, la de los peces. A veces pienso cómo será más brutal morir: por falta de aire o porque hay aire de más.
-(...)
-¿De qué te ríes?
-Tú eres la respuesta a ese dilema. Ni poco ni mucho aire. Lo justo. Todo el mundo sintoniza con esa propuesta electoral. El aire justo para vivir.
-Conseguí sonreir cuando al fin le di la mano a la pescadera. Y eso que tenía bigote, y escamas en las manos.
-No abandones nunca la sonrisa. Especialmente cuando no tengas nada que decir.
-Me costó tanto. Sobre todo cuando aquel tipo, el porquero, me increpó. Traté de recordar lo que decimos en el programa sobre el precio del porcino. Pero era imposible razonar.
-Mejor así. En el programa decimos que ya nunca será rentable criar cerdos.
-Creo que si pudiera, me hubiera matado allí mismo. Gritaba cosas terribles, siempre referentes a los cerdos. Pero conseguí sonreir.
-Eres el que mejor lo hace. Nadie sonríe como tú.
-A veces me siento inseguro. No sé. ¿Crees que es acertado sonreir cuando te aborda un porquero furioso, fuera de sí?
-Peor sería decirle lo que escribió en equipo de programas. Esa gente del gabinete técnico llegó a la conclusión de que no podemos seguir subvencionando la crianza de cerdos. Según ellos, resultaría más rentable comprar todas las granjas y cerrarlas.
-Sí, creo que me hubiera matado si pudiera. Retorció la boina como si fuera el pescuezo de un ave. Pero yo sonreí. Le di mil pesetas, pero no le enseñé la mano. Tenía los ojos del color de la ceniza.
-Ese detalle quedó muy bien ante las cámaras.
-¿Crees que vamos a ganar? –preguntó el candidato.
-Seguro –dijo el asesor.







viernes, 8 de marzo de 2013

Isabel Mellado Bravo: "Cuatro horas al cubo"













Isabel Mellado Bravo nació en Santiago de Chile y es violinista. En 1990 obtuvo la beca Karajan para estudiar durante dos años con el concertino de la Filarmónica de Berlín. Una vez finalizados sus estudios permaneció en Alemania trabajando en diversas orquestas. Desde hace tres años vive y trabaja entre Granada y Berlín. Como escritora tiene un libro, “El perro que comía silencio”, del que forma parte este microrrelato.



Cuatro horas al cubo

 
Todo comenzó con un estornudo. Yo por cortesía le dije Jesús, ella me respondió que no me tomara la molestia, que era atea. Nos embalamos de inmediato en un diálogo sobre religión, pasando por obispos muy fecundos, viajes a la India y muchos otros temas que podrían llenar cuatro horas de tren y varios vagones.
Esta vez decidí fingirme un profesor de filosofía y letras. Separado, bien optimista. Amante de los niños, claro. Mis padres vivirían lejos, en Tierra del Fuego al menos, y yo, aunque soñador, sería un tipo muy asertivo.
Cuatro horas de tren no son solo cuatro horas. Es una vida pequeña, cuatro horas al cubo. El marco perfecto para mostrarse encantador, recreándose una personalidad de salón y un currículum como siempre se ha querido tener, y representar el rol del rufián, el seductor, el artista o, en caso de tener mala compañía, el sordomudo de nacimiento. Aquí, con la certeza de no volver a ver a tu interlocutor, sin riesgo de un futuro común (qué falacia eso del futuro común, ¿se referirán a la muerte?), puedes rápidamente saltarte los recovecos habituales llegando al meollo y, con suerte, si hay química de vagón, alcanzar cercanías insospechadas. No hay como una buena conversación en tren. Te responden. Yo la practico dos veces por mes desde que me peleé con mi psicoanalista. Es mucho más barato y más ameno. Eso sí, tengo un precepto igual que el psicoanalista: pase lo que pase, nunca intercambiar ni pelos ni señales, o sea, nada de teléfonos ni intentar rejuntarse nunca. Sin la vertiginosidad sobre rieles, la compresión del tiempo, la libertad de ser lo que no se es y el sedante mantra: Talán chucu chu, talán chucu chu, no volvería a ser lo mismo.
La comunicación en un avión es otra historia. El tiempo pasa volando y la gente es recelosa de su espacio, egoísta, quizá porque en la inseguridad del aire se activan mecanismos de supervivencia. En cambio, en el tren se respiran mejores intenciones, ganas de conversar e incluso de estar de acuerdo. El tren te hace parecer más persona.
He sido mucho, desde astrónomo a sepulturero. Si me toca una mujer bonita, para olerla mejor me hago el ciego. De seguro soy profesor de matemáticas si suben niños. Con las ancianas acostumbro a ser un hipocondríaco y cuando estoy cansado, falto de ideas, trabajar para una ONG es una buena opción. Ya no cometo el error de representar un papel demasiado bien, una personalidad coherente despierta sospechas.
Hay veces que repito, pero le agrego un gato, algún cáncer terminal, un hermano perdedor y una ilusión o un vicio, y soy ya tan dúctil, que al cambiar de interlocutor paso en un segundo de militante vegetariano a histérico experto en tauromaquia, o de viudo reciente a casado igual de reciente, por dar algún ejemplo. Se lo debo a mi psicólogo, si soy algo y también lo contrario, nunca seré un neurótico, o algo por el estilo me dijo.
Intento no caer en tópicos y doy a mis personajes toda la libertad y todos los sentimientos que deseen tomarse, aunque me dejen seco. Luego vuelvo a casa y duermo, duermo hasta que me asimilo.
Tal vez porque teníamos las cortinas cerradas, nadie intentaba entrar a nuestro compartimento y la chavala del estornudo ateo la verdad es que llevaba horas haciendo méritos. Me había convidado de su pan con queso y me inspiraba frases bastante inteligentes, un pasado lleno de becas, amores y amigos. Ella era alegre, fresca, disparatada como un potrillo. Yo estaba de lo más conversador y hasta espontáneo se podría decir. De repente ella me plantó un beso (ahora entiendo la expresión).
El profesor de filosofía y letras que llevaba puesto se quedó dislocado, le dio julepe y salió corriendo dejándome en cueros. Nos quedamos mudos, ya sin frases de marketing. Locuaces se nos pusieron las manos y el cuerpo.
Casi me dan ganas de interrumpir la terapia, no mudar más de piel cada vez que bajo del tren. Especialmente ahora que me cubre tan felizmente los huesos. Ya no se siente de aluminio. Pero llevo tres años en esto. He sido tantos tipos regios, personalidades de fantasías y pasiones y sé que aún estoy a mitad de camino de lograrme...
Me espeluzna la sola idea de bajarme en la estación de siempre, de nuevo tan yo y sin su teléfono. Intento convencerme: mejor seguir siendo muchos tristes que uno solo contento.




miércoles, 20 de febrero de 2013

Miguel A. Hernández Navarro: "Todo lo que no he escrito"










Miguel A. Hernández Navarro (Murcia, 1977).  Es autor de “Demasiado tarde para volver”, “unas microficciones sin demasiado sentido”, según palabras de su autor, que han merecido ser incluidas, tres de ellas, en  la “Antología del microrrelato español” (1906-2011) . El cuarto género narrativo”, de la Editorial Cátedra.



Todo lo que no he escrito


El otro día, volviendo de Londres, el avión hizo un extraño giro y comenzó a caer en picado hacia al mar. Fue sólo un instante, pero lo suficientemente intenso para que se me pasaran por la mente toda serie de cosas. Sin embargo, y me pesa reconocerlo, no pensé en mi mujer, en mi madre, en mi amante o en mis dos hijos pequeños. Lo único que se me vino a la cabeza es que, al morir, mi obra literaria iba a quedar inconclusa, que apenas había escrito nada y que me quedaban muchas cosas por hacer.

Dicen que antes de morir, transcurre frente a uno toda la historia de su vida. Pero a mi mente no se acercó nada de lo que había vivido. En cambio, sí lo hicieron todas las historias que podía haber escrito, una tras otra, desarrolladas y estructuradas perfectamente. Cientos, quizá miles de historias, algunas de las cuales me habrían hecho seguro pasar a la posteridad. Me vi desbordado por todo aquello mientras el avión parecía caer sin control hacia el océano. La gente chillaba, rezaba e intentaba encontrar un medio de despedirse de sus seres queridos. Yo, sin embargo, buscaba lápiz y papel. Quería dejar constancia de esas historias que pasaban de modo cada vez más veloz por mi mente. Milagrosamente, entre el ajetreo pude encontrar el moleskine negro y un bolígrafo azul. Y como pude, con letra casi ininteligible, comencé a escribir lo que tenía ante mí. Pero era imposible, y desistí. El flujo eran tan rápido que hubiera necesitado varios años para trasladar al papel lo que me pasaba por la cabeza. Además, el avión se iba a estrellar. Así que tuve que sintetizar todo aquello de alguna manera. Y escribí entonces el más corto de mis cuentos, el más breve y al mismo tiempo el más intenso. El cuento por el que todos me tendrían que recordar, el que condensaba toda mi obra literaria. Apenas seis palabras antes de morir:
todo lo que no he escrito.

Desafortunadamente el avión recuperó altura y todo volvió a la normalidad. Y con la normalidad se esfumaron también todas las historias. Ahora lo que escribí ya no tiene sentido. Y mi carrera de escritor diría que tampoco. No pude morir dejando mi obra acabada, condensada en aquellas seis palabras. Ahora estoy condenado a escribir todo lo que no he escrito. Pero no sé cómo hacerlo. Sólo de vez en cuando regresa a mí alguna historia de aquel día. Pero ya no aparece como una novela densa y estructurada, sino como un breve cuento que, como este, tengo que cazar al vuelo antes de que vuelva a desaparecer.









jueves, 31 de enero de 2013

Manuel Rivas: "Que no quede nada"



 





Nacido en La Coruña en 1957, Manuel Rivas es periodista, novelista, ensayista y poeta.
Considerada la voz más sobresaliente de la literatura gallega contemporánea, Manuel Rivas se ha convertido también en una rara excepción dentro del panorama de la literatura mundial. Por su manejo del lenguaje, su autenticidad, la ternura de sus historias, la profunda resonancia poética de su palabra, sus libros han ido ganando adeptos no sólo en el continente europeo, sino en el americano. Su obra literaria está escrita originalmente en gallego. Manuel Rivas ha revolucionado la literatura gallega y ha fundado diversas revistas literarias.
Tuve la suerte de conocer su literatura, un día frío de enero de 1990 -cuando “hibernaba” en el pueblo de Grazalema-, a través del programa que Iñaki Gabilondo tenía en la SER. En él presentaban a nivel nacional al “nuevo” escritor que había publicado en Ediciones B, del grupo Z, el libro de poemas y relatos “Un millón de vacas”, del que oí, gratamente, el poema “Ecos” y el relato “Primer amor, los cuales me parecieron novedosos, dulces y  entrañables. Desde entonces he seguido la trayectoria literaria de este autor, aunque he de reconocer que al poco de “reconvertirse” y entrar a formar parte del entramado del PSOE (entiéndase, El País, Alfaguara, la SER, etc.,) el escritor perdió la orientación, la frescura, la sencillez, que le caracterizaba al principio, convirtiéndose en un autor forzado que trata de complacer a todos los lectores -algo conpletamente imposible-, y que parece estar escrinbiendo con el sólo objetivo de que su libro encaje en un futurible guión cimenmatográfico. Resumiendo, que es menos creíble y cercano que cuando lo descubrí; de todas maneras merece conocer su obra literaria que ha dado buenos momentos al mundo de las letras hispanas.




Que no quede nada




Había jurado no comprarle jamás un arma de ju­guete al niño. 
Había pertenecido a Greenpeace, aún cotizaba con un recibo anual, y sentía una simpática nostalgia cuando veía en la televisión una marcha pacifista desafiando la prohibición de internarse en el desierto de Nevada, donde los ingenieros nucleares se extasiaban sembrando en los cráteres hongos monstruosos. Su trabajo de representan­te comercial lo absorbía totalmente. También se había ca­sado. Y había tenido un hijo. 
 —¿Un hijo? —le preguntó Nicolás con ojos de espanto. Era un antiguo compañero de inquietudes, con el que acababa de encontrarse en el aeropuerto.

—Pues sí —había dicho él, sintiéndose algo incó­modo.

Nunca pensó que estas cosas hubiera que expli­carlas. Uno tiene un hijo, y ya está.

—No, ¿sabes?, si lo digo es por la valentía que supone. Creo que hay que ser valeroso para tener un hijo. Yo no sería capaz de tomar una decisión así. Me daría vértigo.

En realidad, nunca había pensado en el significa­do de tener un hijo. Se había casado porque le apeteció y había tenido un hijo por lo mismo. Pero Nicolás no deja­ba de mirarlo como un confesor atormentado por los pe­cados ajenos.

—¿Sabes? Creo que hay que tomarlo sobre todo como un hecho biológico, sin darle muchas vueltas tras­cendentes. Es como asumir nuestra condición animal. Un hijo hace que te sientas bien, así, como un animal. Recu­peramos nuestra animalidad como condición positiva.

Nicolás se rió. Al fin y al cabo, era biólogo.

—No sé. Para mí es como si decidierais convertiros por un instante en Dios. Traer a alguien a este mundo debe de ser hermoso, pero... es también tan terrible. No sé.

—¿Terrible? ¿Por qué?

—De una terrible inconsciencia.

—Bueno... Él se despierta muchas veces por la noche. Nos llama y vuelve a quedarse dormido. Así, va­rias veces por la noche. Puedes ser un dios, pero un dios hecho polvo. Él, hostias..., duerme cuando quiere.

Ahora se rieron los dos.

—¿Le cuentas cuentos?

—No veas. Le llevo contados miles. Bueno, cuando estoy. Ya sabes, ando de aquí para allá, con este maldito trabajo. Hay noches en que le cuento tres o cuatro, y me quedo dormido antes que él.

—¿Cómo son? ¿Qué es lo que le cuentas? —pre­guntó, divertido, Nicolás.

—Buff. Sobre todo, de animales. Le encantan los cuentos de animales. Animales que tienen hijos, y vienen los cazadores, y todo eso. Procuro que el lobo sea bueno —y dijo esto con un guiño también divertido.

—Me gustaría verlo alguna vez —dijo Nicolás, cuando ya se despedían.

El amigo hizo una última señal de adiós tras la puerta de cristal, y él se dirigió a una de las tiendas del aeropuerto. Siempre llevaba algún regalo para el niño. No había mucho donde elegir. El mayor surtido era de imitación de armas de fuego. Las había de todas clases. El colt vaquero, una pistola de agente especial con silen­ciador, un rifle de mira telescópica, una ametralladora de rayos láser. Y luego estaba toda la artillería, y los blinda­dos, y sofisticadísimos adelantos de la guerra de las ga­laxias. Los evitó con un ademán de repugnancia, y final­mente eligió un paragüitas de tela plástica transparente y con pegatinas de graciosos animalillos.

Cuando llegó a casa, el niño estaba durmiendo.

—Le traje esto —dijo él con una sonrisa.

—Es bonito —dijo la mujer.

Por la mañana, el niño preguntó: ¿Vas a trabajar? Él contestó con pena que sí y el hijo lo miró con enojo, a punto de llorar.

—Te he traído una cosa —dijo él saltando de la cama. El niño se calló y esperó expectante a que desen­volviera el regalo.

—Mira, tiene dibujos de Snoopy —dijo satisfe­cho, alargando el paragüitas.

El niño miró el regalo, le dio vueltas para ver todos los animales, y parecía contento.

Antes de marcharse, le dio un beso y le acarició la cabeza. Cuando iba a abrir la puerta, oyó que el hijo lo llamaba. Se volvió y lo vio allí, con una pierna adelanta­da y el paraguas apoyado en el hombro con perfecto esti­lo de tirador.

—¡Pum! Estás muerto, papá.










martes, 22 de enero de 2013

Francisco Rodríguez Criado: "Naufragio"







Francisco Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) compatibiliza desde hace tiempo la escritura con la docencia en talleres literarios. Ha publicado cuatro libros de relatos: “Sopa de pescado”, “Los Bustamante, una familia del siglo XX”, “Siete minutos” y “Un elefante en Harrods”. También es autor de la recopilación de articuentos “Testamentos”.



Naufragio


Después de pasar toda la noche braceando en las frías aguas del Atlántico, llegó exhausto a la orilla justo cuando empezaban a clarear las primeras luces de la mañana. Exhausto, se arrojó sobre la arena y, palpando tierra seca, se echó a llorar de rabia y alegría: sabía que estaba a salvo. Cuando se giró para maldecir a ese desaprensivo océano que había tratado de acabar con su vida, vio que allí no había agua sino un inhóspito e interminable desierto. ¡Un desierto! El náufrago se echó a llorar de nuevo. Pero de repente vislumbró a lo lejos un reluciente oasis. Venciendo al cansancio, empezó a correr en dirección hacia el oasis. El suelo, duro y agreste, lastimaba sus pies desnudos. Loco de emoción –el objetivo estaba cada vez más cerca–, el náufrago recobró la creencia de que la felicidad es posible. Aquel pensamiento no duró demasiado, porque a pocos metros de alcanzar el oasis el desierto se cubrió nuevamente con las frías aguas del Atlántico. Su vida volvía a correr peligro.

Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para bracear por segunda vez hasta ganar la orilla. Afortunadamente, en esta ocasión las olas jugaban a su favor. Y también por segunda vez alcanzó la arena, tumbándose sobre ella, más exhausto aun si cabe, ahora con más rabia que alegría, prometiéndose no abrir los ojos bajo ningún concepto. Y en esa posición hubiera estado un día entero de no ser porque su mujer entró en la habitación, vistiendo una raída bata de color fucsia, los rulos en la cabeza y los brazos en jarras, para preguntarle, airada, si tenía pensado quedarse toda la mañana del domingo en la cama, o si por el contrario iba a levantarse de una vez para ayudarle en las tareas domésticas.

El hombre, incapaz de seguir escuchando la voz agreste de su malhumorada esposa, por la que ya no sentía sino hastío, se tapó los oídos y hundió el rostro en la vivificante arena.





jueves, 20 de diciembre de 2012

José María Merino: "Solsticio de invierno"







Solsticio de invierno


En el cielo del amanecer brillaba con fuerza aquel insólito lucero que la gente común contemplaba con asombro, pero el capitán sabía que era uno de los satélites de comunicaciones que permitían a su ejército mantener la supremacía en aquella guerra interminable.

-Mi capitán- transmitió el cabo. -Aquí solo hay varios civiles refugiados, unos pastores que han perdido el rebaño por el impacto de un obús y una mujer a punto de dar a luz.

El capitán, desde la torreta del carro, observaba el establo con los prismáticos.

-Registradlo todo con cuidado.

-Mi capitán -transmitió otra vez el cabo-, también hay un perturbado, vestido con una túnica blanca, que dice que va a nacer un salvador y otras cosas raras.

-A ese me lo traéis bien sujeto.

-Mi capitán -añadió el cabo, con la voz alterada-, la mujer se ha puesto de parto.

-Bienvenido al infierno -murmuró el capitán, con lástima.

A la luz del alba, aparecieron en la loma cercana las figuras de tres camellos cargados de bultos y montados por jinetes de raras vestiduras, y el capitán los observaba acercarse, indeciso.

-Abrid fuego -ordenó al fin-. No quiero sorpresas
.






jueves, 13 de diciembre de 2012

Ginés S. Cutillas: "Las manos"







Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973) es autor del libro de cuentos “La biblioteca de la vida” del libro de microrrelatos “Un koala en el armario”. Aparece en varías antologías de relatos y microrrelatos como “Ficción Sur” o “A contrarreloj II”


Las manos

Mi mano se encontró con la de aquella desconocida entre las paradas de Entença y Hospital Clinic. Aquejado de una vergüenza infinita no me atreví a mirarla de reojo hasta cuatro paradas después, justo en el momento en que me di cuenta de que había pasado la mía.
Me levanté de improviso pensando que la inesperada unión se truncaría, pero ella me siguió sin soltarse. Como dos colegiales, llegamos hasta la puerta y evitando el reflejo en el cristal, esperamos a que el tren se detuviera.
Tomé la iniciativa. Con un ligero apretón le indiqué que me siguiera hasta la terraza de un bar. Nos sentamos en la misma mesa. Ella pidió café, yo cerveza.
Ninguno rompió el silencio y aunque nuestras palmas permanecían unidas, nuestras miradas seguían sin cruzarse.
A la hora de pagar, y ante la ausencia de presentaciones, pedimos cuentas por separado dirigiéndonos de la misma forma al desconcertado camarero.
Fue ella la que tomó entonces el control. Me arrastró de la mano hacia un paseo por la avenida de Gaudí donde una paloma suicida hizo que lanzara mis brazos al cielo y casi provoca que rompiera nuestro enlace y el mutismo que comenzaba a parecer pactado.
Durante horas anduvimos juntos. Elegimos los mismos caminos, las mismas tiendas, el mismo restaurante.
Fue una decisión unilateral la de vivir en mi casa. Recuerdo con cariño la primera noche en que el pudor hizo que nos ducháramos por turnos; mientras uno estaba debajo del agua, el otro esperaba paciente al otro lado de la cortina.
Tenemos dos hijos. A uno le puse yo el nombre, el del otro lo desconozco.
En cuanto reúna el valor suficiente, le pediré a Carlitos que pregunte a su madre por el suyo y el de su hermano.





jueves, 8 de noviembre de 2012

Francisco Rodríguez Criado: "Las muertes de Wilbor Wagner








Francisco Rodríguez Criado (Cáceres, 1967) compatibiliza desde hace tiempo la escritura con la docencia en talleres literarios. Ha publicado cuatro libros de relatos: “Sopa de pescado”, “Los Bustamante, una familia del siglo XX “, “Siete minutos”, y “Un elefante en Harrods”. También es autor de la recopilación de articuentos “Testamentos”.




Las muertes de Wilbor Wagner


¿Qué pasaría si alguien llama a la puerta de tu casa y resulta que la persona que llama desde el exterior eres tú, que estás dentro? Eso fue lo que le pasó a Wilbor Wagner una gélida noche de invierno de 1898, en Juneau, en el estado de Alaska. Estaba en bata en el cálido salón de su casa, sentado gozoso en la mecedora mientras afilaba sus cuchillos de caza, cuando sintió que alguien llamaba a la puerta. Al abrir, como se ha dicho ya, Wilbor descubrió que era él, el propio Wilbor, quien estaba en el umbral, tiritando, precariamente vestido, con restos de nieve sobre los hombros, los viejos zapatos y el gorro de piel. Su desconsolado abrigo presentaba tantos agujeros como un queso de Gruyere; era como si el fiero viento de los últimos días se lo hubiera comido a dentelladas. Seguramente uno de esos buscadores de oro, un fracasado, pensó Wilbor de Wilbor al tiempo que el segundo se frotaba las manos avejentadas por el frío en un intento de entrar en calor.

Wilbor, incorregible egoísta, denegó al pobre Wilbor la menor hospitalidad aun a sabiendas de que eran la misma persona. Por más que insistió el humilde Wilbor en que le permitiera pasar la noche bajo techo, o que al menos le diera un tazón de caldo caliente que echarse al estómago, el altanero y cicatero Wilbor se negó en rotundo. Después de despacharle sin el menor miramiento –lo hizo con energía pero con suma tranquilidad, ni siquiera se sacó las manos de los bolsillos de la bata–, Wilbor regresó a su mecedora mientras Wilbor, la cabeza gacha y el hatillo a la espalda, enfilaba el camino de El Sendero de los Ciervos en dirección a la iglesia de San Miguel. Allí a lo mejor podrían socorrerle. No tuvo suerte: minutos después, Wilbor caía exhausto y aterido sobre la nieve para no levantarse nunca jamás. Alguien que pasaba por la zona, al ver el cadáver, se hizo una señal en la frente en forma de cruz y siguió su camino.

Cuando la asistenta regresó a la mañana siguiente a la casa de Wilbor Wagner, encontró a su patrón muerto en la alfombra del cálido salón. El doctor Joel Fleischman dictaminó que el señor Wilbor Wagner había muerto de frío junto a la chimenea encendida.







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