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lunes, 6 de mayo de 2013

Estampas cotidianas de nuestro pasado (IV): Trabajando el esparto





 El esparto y el resultado de su manufactura







El esparto fue –junto al mimbre y la caña-, unos de los elementos básicos para elaborar artículos indispensables para el trabajo y el hogar de la España del pasado. La manufactura de este producto significó la base económica de muchos pueblos, donde se elaboraban con él sogas, capachos, alpargatas, estropajos, persianas, esteras, cestos, soplillos, serones, y un largo etcétera de productos que hoy nos parecen impensables. 
El nombre científico de este material es el de Stipa Tenacissima. Es una planta que pertenece a la familia de las gramíneas y es propia de ambientes esteparios localizados mayormente en el Mediterráneo Occidental, concretamente en la zona ibero-magrebí. En la península suele encontrase en el sureste y levante, siendo Andalucía, Baleares, Madrid y Castilla la Mancha las zonas donde se localizan las mayores poblaciones de esparto.
Actualmente, su producción ha decaído considerablemente, utilizándose sólo para la elaboración de productos artesanales o para la industria de la construcción.  




 Serón para transportar productos sobre los équidos



Estera y cestos



Sombrero, soplillo para aventar el fuego y escobilla para barrer las cenizas



Calzado y forro para la garrafa



  Par de sandalias


 


lunes, 24 de septiembre de 2012

Estampas cotidianas de nuestro pasado (III): El dormitorio






En las casas tradicionales de la Andalucía de ayer, había una estancia que, según el estrato social al que pertenecías, se diferenciaba ostensiblemente: me estoy refiriendo al dormitorio principal.




El de las familias pudientes se reconocía esencialmente porque se situaba en una segunda planta, buscando la luz y la ventilación que su ubicación le permitía, mientras que el de las humildes solía estar situado al fondo de la propiedad, alejados de la ventilación y la iluminación natural, y es que la importancia que cada una de las dos familias daban a esta estancia, era muy distinta.




Para la primera, el dormitorio seguía formando parte de la composición ornamental de la vivienda, por ello se amueblaba con piezas de caoba, cerezo, roble, castaño, etc., mientras que para la segunda, el dormitorio no era más que el lugar donde reponer fuerzas, después de una larga y dura jornada de trabajo, tal vez por eso se amueblaba de manera más convencional y práctica.




Sólo coincidían las dos familias en una cosa: convertir esa estancia en el lugar donde podían perpetuar a placer (casi siempre del varón) la especie. En este mismo lugar se incubaban los nuevos señoritos y también los nuevos sirvientes que más tarde les ayudarían a prosperar. 
 



¡Qué señaladas están las cartas! Parece increíble que, dependiendo del dormitorio donde nacieras, así estaba marcado tu destino.   



  

lunes, 3 de octubre de 2011

Estampas cotidianas de nuestro pasado (II): La cocina






En las poblaciones rurales de Andalucía, la cocina se convirtió en el lugar más habitado de la casa, ya que ésta, además de prestar los servicios que como tal correspondía, también aportaba la “confortabilidad” y practicidad que el resto de estancias no ofrecían. Por estar situada casi siempre en la zona más accesible de la vivienda, y orientada estratégicamente para aprovechar la entrada de luz natural y la protección de las inclemencias de las estaciones con temperaturas extremas.





En la cocina, todo giraba entorno al fuego que producía el hogar o chimenea que, además de servir para elaborar las distintas comidas, proporcionaba el calor y el ambiente relajante que produce la candela.
El resto de componentes que la complementaban eran: imprescindible, la alacena, colocada en la zona más fresca del la cocina para guardar los alimentos que necesitaban frescor; un poyete que servía de encimera donde partir y preparar los avíos que servirían más tarde para el guiso; un fregadero –o en su defecto, un par de lebrillos pequeños- donde lavar los platos; un chinero para guardarlos; una bujía o candil para la iluminación nocturna; una mesa y, al menos, un par de sillas, el resto de utensilios se colgaban de las paredes, siempre cercanos al lugar de su uso. Y no se necesitaba nada más para satisfacer la cita diaria que las necesidades del estómago imponían.







En compañía de ese fuego -en las noches frías del invierno andaluz- la familia, antes de marcharse a la cama, mantenía una dilatada conversación sobre los quehaceres del día: el trabajo y la situación económica, eran, por lo general, los temas a tratar todos los días, y si cambiaban la rutina, era para peor: es que alguna sorpresiva y traidora enfermedad les había venido a visitar. En ese fuego, los niños cocían las batatas, las papas, tostaban las castañas, las bellotas, mientras las madres -con la paciencia que las caracterizaba- colgaban sobre el fuego el guiso que comerían más tarde, cuando los hombres regresaran de las labores.






Para cualquiera que haya vivido esa experiencia (muchas viviendas actuales siguen manteniendo este tipo de distribución y aún quedan familias que, incluso habitando en “pisos”, no abandonan la antigua costumbre de comer en ella), ha de reconocer que, la cocina, es el lugar más entrañable y mágico de la casa, donde, a manera de novela de época, uno soñaba mundos irreales, mientras dormitaba al calor de un brasero encendido, antes de coger el siberiano pasillo que te llevaba al dormitorio helado que te espabilaba de nuevo durante un buen rato.




lunes, 21 de febrero de 2011

Estampas cotidianas de nuestro pasado (I): La colada

Utensilios para la colada: El lebrillo y el refregador



Esta era la lavadora "superautomática" con la que nuestras madres y hermanas se enfrentaban cada vez que tenían que hacer la colada. Algunas aún la recordarán, como la triste -y penosa- condena que tuvieron que pagar por haber nacido mujer, y por los muchos callos que les dejó en las manos, nudillos y, sobre todo, en el alma. Si hay que buscarle algo "bueno" a este martirio, es que no producía depresiones, dado que a sus "propietarias" no les quedaba tiempo para pensar en ello, y mucho menos, aburrirse.
Afortunadamente, con el tiempo y el avance de la técnica, la actual lavadora vino a sustituir al obsoleto lebrillo y al penoso refregador que destrozaba la espalda y los puños de las esclavizadas mujeres. Desgraciadamente, aún siguen viéndose en algunas zonas rurales de nuestra Andalucía, donde, a pesar de las no sé cuantas "modernizaciones" que nos promociona la Junta y haberse cumplido la primera década del siglo XXI, la electricidad continúa sino llegar a muchas zonas deprimidas de nuestra Comunidad, con lo que todos estos avances tecnológicos sólo sirven para observarlos en los escaparates de las tiendas.




Su funcionamiento era simple y sencilla. No se necesitaban instrucciones técnicas para ponerla en marcha, sólo la fuerza de dos brazos para acarrear con el cubo de cinc, el agua que recogían en el pozo del patio o en la fuente de la plaza del pueblo. Luego, cuando el lebrillo estaba lleno, colocaban el refregador, cogían un buen trozo de jabón verde (a veces eran de los que elaboraban ellas mismas artesanalmente) y ¡a refregar hasta el agotamiento! En ocasiones se producían ligeras averías: o bien las ondulaciones del artilugio se desgastaban por la briega continua de los nudillos, o bien, por la mañana temprano cuando pretendían comenzar la tarea, y el agua, por efecto del fuerte frío de la noche, estaba helaba y había que derretirla. La primera se solucionaba "fácilmente", sustituyendo el averiado artilugio por uno nuevo, y la segunda, calentando cubos de agua que añadían al congelado elemento.
¡Toda una alegría para empezar la nueva jornada!

Un fuerte abrazo y un merecido recuerdo para las mujeres que nos precedieron. Sin ellas, nada de lo que tenemos y somos, hubiera sido posible.
Decía Manuel Rivas, refiriéndose a ellas, en un pequeño poema:

Él era fuerte y débil como un marine.
Ella frágil e invencible,
como una guerrillera del Vietcong.
¡Cuánto le debemos a la mujer! De no haber sido por ella, el mundo se hubiera extinguido hace mucho tiempo. 



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