
Pero hay un elemento esencial que puede con él: es el recuerdo. Éste puede archivarse en el cerebro, en un objeto, también en un detalle, o bien en un libro. Es el único arma que poseemos contra su feroz crueldad . Hoy, que he querido revelarme contra su aplastante radicalidad, he recurrido a éste último elemento y me he trasladado, con la magia de sus páginas, a los años setenta. Esto es volver la mirada atrás en el camino que recorremos.
Selección de poemas del libro “Plenitud”, 1975: un pequeño racimo de propósitos.
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...Cuando creemos que
todo es suficiente y
nos damos cuenta,
que nada es nada.
...Y necesitas algo
dentro de ti que te falta.
Cierras los ojos,
alzas la mano
y te estremeces.
¡Quisieras
estar tan llena!
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Era de mañana
y me hallaba en el río.
¡Cómo me conmovía!
El agua reflejaba
mi imagen, hasta
la más íntima.
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La chimenea ardía.
La alcoba me olía
toda ella,
a invierno profundo,
a distancias...
...Y era tan raro:
¡debería oler a humo!
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Llanto roto,
no vacío.
Llanto pasado,
no marchito.
Hombre solo,
no perdido.
Brazo quieto.
no herido.
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Vacía
que está mi casa.
Sin jardín,
sin puertas,
sin ventanas.
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Por un momento
cerramos los ojos...
Se abrieron
las bocas
y escogieron
lo más dulce
del momento:
La otra boca.
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Se nos posó un
pajarillo delante
y los dos
coincidimos en decir:
¡Oh, qué bello!
Y lo recogimos
a media.
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...Y amarte
como se aman
el mar y la playa.
Una ola, un suspiro;
una ola, una mirada;
una ola, un abrazo;
una ola, un te quiero;
una ola,...
¡no sé
por qué sueño!
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Todo es válido para luchar contra la severidad del tiempo; hagamos, pues, de nuestro compromiso una herramienta válida para conjurarlo. Y si le añadimos una canción, queda finiquitado el invento.
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