
La necesidad que tiene el hombre de saberse superior al resto de los animales para olvidar su parentesco con él; la soberbia de creerse con razonamiento y aquellos con instinto; o el temor de reconocer que, cuando esto que llamamos vida, se acabe, ya no habrá nada, hacen que nos convirtamos en auténticos paranoicos que nos llevamos la mayor parte de nuestra existencia, tratando de solucionar la estancia en el otro mundo, olvidándonos por completo de vivir, inténsamente, los días que pasemos aquí.
Todos aceptamos la infalibilidad del cambio y, por ello, lo vamos aplazando para más tarde, confiados en que sólo por el hecho de desearlo, alcanzaremos el milagro. Pero en cada evaluación -cosa que hacemos en las fechas convenidas de finales de veranos y años- recibimos el contundente tortazo del suspenso y, como somos animales y actuamos como ellos, pues vuelta a empezar: hacer una lista de buenos propósitos, repasar lo que hicimos y lo que dejamos por hacer, etc., para, pasado otros 365 días, volver al principio.
El ser humano es un animal racional, pero obstinado, siempre queriendo alcanzar lo imposible. Me recuerda aquello del gato que se llevaba horas tras horas, dando vueltas sobre sí mismo, queriendo atrapar, en un intento inútil, su cola, hasta que se cansaba y se ponía en marcha, pero ignorante de que, sin pretenderlo, la cola le seguía a todos los lugares que iba. Igual nos ocurre a nosotros, que perdemos enormes energías tratando de encontrar lo que, nada más que poniéndonos en movimiento, llevamos dentro.
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