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miércoles, 20 de junio de 2012

Sobre Filosofía Negativista



A manera de Prólogo:

Los Pesimistas son seres realistas perfectamente informados.


Los seguidores de la Filosofía Negativista, son aquellos que creen, firmemente, que si algo, alguien o cosa alguna es susceptible de empeorar, empeorará.

Su creencia está basada en una teoría compuesta de datos objetivos demostrados, no en simples impresiones, elementos aleatorios ni disquisiciones alarmistas.

La base de esta desconocida ciencia, es el resultado de la dinámica, de la cuántica, de la aplicación de los más exigentes elementos matemáticos, del análisis y estudio de los acontecimientos diarios.

Los seguidores de este pensamiento no confunden la fe con las creencias, así como niegan toda posibilidad de que en un mundo negativo quede un hueco accesible para la existencia de antónimos en su universo de vivencias y palabras. 

Si esta doctrina se extendiera por los confines del mundo, si el hombre del futuro se formara en esta disciplina de moderación y autocontrol, ¿no lograríamos, tal vez, solucionar muchos de los males que aquejan a la sociedad actual? ¿No eliminaríamos la proliferación de especialistas del sillón y maestros espirituales?

Como pueden comprobar, la Filosofía Negativista no es un sentimiento, no es una actitud, no es un dogma, la Filosofía Negativista es la aceptación de un proceso consumado, además de ser una perfecta herramienta intelectual para resolver los problemas que acucian a este disparatado mundo. 
Sería interesante ponerla en práctica como profilaxis a tanta locura inoculada.




 

martes, 19 de junio de 2012

Eduardo Galeano: "Los invisibles"



El artículo de Eduardo Galeano que reproduzco a continuación, fue publicado en el periódico “El Mundo” el 30 de diciembre de 2001, cuando la asfixia  económica que generan los mercados afectó de lleno a Argentina.  Pero sigue estando de rabiosa actualidad. Los especuladores no descansan jamás y cuando aún no han terminado de devorar la presa que tienen entre sus garras, ya andan al acecho de otra a la que dar caza.
Han pasado casi once años de esta publicación y el texto parece haberse escrito ayer mismo para tratar la crisis que padece Portugal, Irlanda, Grecia, España, Italia, y muy pronto Francia, Bélgica... concretando, Europa entera.
Es maravilloso el análisis escrupuloso que hace de los mercados, los banqueros, los grandes manejos que gestionan el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, a los que se adelantó en calificar -antes de que lo voceara el 15-M en España-, como "la Cueva de Alí Babá". 
También le da un profundo repaso a la política desarrollada en ese país y que no difiere nada de la que se ejecuta en la actualidad en el resto del mundo, así como a los políticos “asueldados” que trabajan por establecer los mandatos de estos mafiosos adinerados en sus respectivos países, además del desprestigio de la política y el descrédito que la democracia suscita entre la población.  
Hay que pasearse por él con atención. El texto no tiene desperdicio y aunque ha cumplido algunos años, ocurre como con el buen vino, el envejecimiento le ha añadido nuevos sabores y cualidades. Merece la pena leerlo, a veces, en ciertos pasajes del mismo, perdemos la situación geográfica y pareciera que hablara de nuestra sufrida tierra, España, ese hermoso crisol de pueblos que tanto maltratan los falsos patriotas de la banderita roja y gualda. 



Los invisibles (30-12-2001)

"Esto empezó con una explosión de violencia. Pocos días antes de la Navidad, muchos hambrientos se lanzaron al asalto de los supermercados. Entre los desesperados, como suele ocurrir, se colaron unos cuantos delincuentes. Y en esas horas del caos, mientras corría la sangre, el presidente argentino habló por televisión. Palabra más, palabra menos, dijo: la realidad no existe, la gente no existe.

Y entonces nació la música. Empezó de a poquito, sonando en las cocinas de algunas casas, cucharones que golpeaban cacerolas, y salió a las ventanas y a los balcones. Y se fue multiplicando, de casa en casa, y ganó las calles de Buenos Aires. Cada sonido se juntó con otros sonidos, la gente se juntó con la gente, y en la noche estalló el concierto de la bronca colectiva. Al son de los tachos de cocina, y sin más armas que ésas, se alzó el clamor de la indignación. Convocada por nadie, la multitud invadió los barrios, la ciudad, el país. La policía respondió a balazos. Pero la gente, inesperadamente poderosa, derribó al Gobierno.

Los invisibles habían ocupado, cosa rara, el centro de la escena. No sólo en la Argentina, no sólo en América Latina, el sistema está ciego. ¿Qué son las personas de carne y hueso? Para los economistas más notorios, números. Para los banqueros más poderosos, deudores. Para los tecnócratas más eficientes, molestias. Y para los políticos más exitosos, votos.
La pueblada que volteó al presidente De la Rúa fue una prueba de energía democrática. La democracia somos nosotros, dijo la gente, y nosotros estamos hartos. ¿O acaso la democracia consiste solamente en el derecho de votar cada cuatro años? ¿Derecho de elección o derecho de traición? En la Argentina, como en tantos otros países, la gente vota, pero no elige. Vota por uno, gobierna otro: gobierna el clon.

El clon hace, desde el Gobierno, todo lo contrario de lo que el candidato había prometido durante la campaña electoral. Según la célebre definición de Oscar Wilde, cínico es el que conoce el precio de todo y el valor de nada. El cinismo se disfraza de realismo; y así se desprestigia la democracia.

Las encuestas indican que América Latina es, hoy por hoy, la región del mundo que menos cree en el sistema democrático de gobierno. Una de esas encuestas, publicada por la revista The Economist, reveló la caída vertical de la fe de la opinión pública en la democracia, en casi todos los países latinoamericanos: según los datos recogidos hace medio año, sólo creían en ella seis de cada diez argentinos, bolivianos, venezolanos, peruanos y hondureños, menos de la mitad de los mexicanos, los nicaragüenses y los chilenos, no más que un tercio de los colombianos, los guatemaltecos, los panameños y los paraguayos, menos de un tercio de los brasileños y apenas uno de cada cuatro salvadoreños. Triste panorama, caldo gordo para los demagogos y los mesías de uniforme: mucha gente, y sobre todo mucha gente joven, siente que el verdadero domicilio de los políticos está en la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

Un recuerdo de infancia del escritor argentino Héctor Tizón: en la avenida de Mayo, en Buenos Aires, su papá le señaló a un señor que en la vereda, ante una mesita, vendía pomadas y cepillos para lustrar zapatos:

Ese señor se llama Elpidio González. Míralo bien. Él fue vicepresidente de la república.

Eran otros tiempos. Sesenta años después, en las elecciones legislativas del 2001, hubo un aluvión de votos en blanco o anulados, algo jamás visto, un récord mundial. Entre los votos anulados, el candidato triunfante era el pato Clemente, un famoso personaje de historieta: como no tenía manos, no podía robar.

Quizá nunca América Latina había sufrido un saqueo político comparable al de la década pasada. Con la complicidad y el amparo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, siempre exigentes de austeridad y transparencia, varios gobernantes robaron hasta las herraduras de los caballos al galope. En los años de las privatizaciones, rifaron todo, hasta las baldosas de las veredas y los leones de los zoológicos, y todo lo evaporaron.

Los países fueron entregados para pagar la deuda externa, según mandaban los que de veras mandan, pero la deuda, misteriosamente, se multiplicó, en las manos ágiles de Carlos Menem y muchos de sus colegas. Y los ciudadanos, los invisibles, se han quedado sin países, con una inmensa deuda que pagar, platos rotos de esa fiesta ajena, y con gobiernos que no gobiernan, porque están gobernados desde afuera.

Los gobiernos piden permiso, hacen sus deberes y rinden examen: no ante los ciudadanos que los votan, sino ante los banqueros que los vetan.

Ahora que estamos todos en plena guerra contra el terrorismo internacional, esta duda no está de más: ¿Qué hacemos con el terrorismo del mercado, que está castigando a la inmensa mayoría de la humanidad? ¿O no son terroristas los métodos de los altos organismos internacionales, que en escala planetaria dirigen las finanzas, el comercio y todo lo demás? ¿Acaso no practican la extorsión y el crimen, aunque maten por asfixia y hambre y no por bomba? ¿No están haciendo saltar en pedazos los derechos de los trabajadores? ¿No están asesinando la soberanía nacional, la industria nacional, la cultura nacional?

La Argentina era la alumna más cumplida del Fondo Monetario, del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio. Así le fue.

Damas y caballeros: primeros son los banqueros. Y donde manda capitán, no manda marinero. Palabras más, palabras menos, éste ha sido el primer mensaje que el presidente George W. Bush ha enviado a la Argentina. Desde la ciudad de Washington, capital de los Estados Unidos y del mundo, Bush declaró que el nuevo Gobierno argentino debe «proteger» a sus acreedores y al Fondo Monetario Internacional y llevar adelante una política de «más austeridad».

Mientras tanto, el nuevo presidente provisional argentino, que sustituye a De la Rúa hasta las próximas elecciones, metió la pata en su primera respuesta a la prensa. Un periodista le preguntó qué iba a priorizar, la deuda o la gente, y él contestó: "La deuda". Sigmund Freud sonrió desde su tumba, pero Rodríguez Saá corrigió de inmediato su respuesta. Y poco después, anunció que suspenderá los pagos de la deuda y destinará ese dinero a crear trabajo para las legiones de desocupados.

La deuda o la gente, ésa es la cuestión. Y ahora la gente, la invisible, exige y vigila.

Hace cosa de un siglo, don José Batlle y Ordóñez, presidente del Uruguay, estaba presenciando un partido de fútbol. Y comentó:

- ¡Qué lindo sería si hubiera 22 espectadores y 10.000 jugadores!

Quizá se refería a la educación física, que él promovió. O estaba hablando, más bien, de la democracia que quería.

Un siglo después, en la Argentina, el país vecino, muchos de los manifestantes llevaban la camiseta de su selección nacional de fútbol, su entrañable señal de identidad, su alegre certeza de patria: con la camiseta puesta, invadieron las calles. La gente, harta de ser espectadora de su humillación, invadió la cancha. No va a ser fácil desalojarla."



lunes, 18 de junio de 2012

Aquellos americanos de nuestra infancia








En uno de los frecuentes ejercicios de nostalgia a los que tan habituados estamos los que alcanzamos cierta edad, les contaba a los acompañantes que pacientemente me oían, unos curiosos acontecimientos callejeros que vivimos algunos chavales cuando éramos niño. 
Sería por el año 1964 aproximadamente, pues no tendría yo más de 11 años. El lugar, el barrio (el Polígono) y la “línea fronteriza” que existía entre éste y el área residencial (Santa Clara), donde vivían los norteamericanos que por aquel entonces colonizaban una parte de Sevilla, agregados a las bases aéreas militares que el franquismo les permitía en el pueblo sevillano de Morón de la Frontera y el cercano aeropuerto de San Pablo.


Militares yanquis de la base de San Pablo





Ocurría que, para los negruzcos y famélicos niños sevillanos que ocupaban las barriadas limítrofes de la ciudad en aquellas fechas, el desconocido, novedoso y mágico mundo que se presentaba ante nuestros ojos era tan atractivo e inabordable, que ni siquiera la amenaza de la Guardia Civil -cuerpo “encargado de protegerles”-, ni el temor a los corpulentos y robustos cuerpos de los niños yanquis, hacían que desistiéramos en profanar su vigilado territorio. 
Era un paraíso cercano que te seducía y succionaba, eliminando cualquier resistencia mojigata que impidiera la intrusión en ese reino prohibido y misterioso donde descubríamos gentes y palabras diferentes: juguetes, comidas, chucherías, costumbres y juegos, hasta ese instante, para nosotros, ignorados. 
Nada nos detenía a invadir ese lugar idílico, ni siquiera la amenaza que pendía sobre nuestras cabezas –nunca más acertado el término- si nos atrapaban los del Acharolado Tricornio; el castigo consistía en meter la maquinilla - aquella antigua de pelar- por la cabeza, empezando desde la frente, continuando en línea recta,  hasta finalizar en la nuca, y luego -cruzándose con el surco anterior-, llevarla de oreja izquierda a derecha, con lo que lograban una "perfecta creación artística" de la que surgía una obscena y vistosa cruz griega que te marcaba para varias semanas. Y si reincidías, la cruz la "embellecían" con una pintura de color llamativo, para que tu localización se hiciera más fácil.


 Parte del aguerrido grupo "patriota"



No entendíamos el comportamiento poco amigable del Benemérito Cuerpo contra nosotros. La verdad es que no veíamos nada reprobable en nuestros actos cuando accedíamos al territorio enemigo: llegábamos al parque, desalojábamos a los rubitos que jugaban en los columpios y los toboganes, y los tomábamos "prestados", hasta que teníamos que salir corriendo ante la amenazante presencia de la Verdosa Pareja. 
Si por el camino veíamos una bicicleta “tirada”, algún vehículo teledirigido “abandonado”, o cualquier otro cacharro "perdido", nos precipitábamos sobre ellos, dando gracias al cielo por la suerte que habíamos tenido encontrando tan maravillosos objetos, y los llevábamos a nuestras casas, tomando siempre las precauciones oportunas para que no los viesen nuestros padres y pudieran pedir explicaciones que nos comprometieran. 
No es que tuviésemos remordimientos por nuestro comportamiento. Nosotros –en nuestra fabulación cómplice- nunca creímos cometer un acto reprobable, porque lo único que hacíamos era "recoger" de la calle los trastos "inservibles" que los niños americanos "ya no querían”.

Luego estaba el conflicto que manteníamos con los yanquis mayores, o sea, los hermanos de los que el día anterior sufrieron nuestro refriega. Esta batalla se dilucidaba en la “zona fronteriza” (una gran extensión de terreno plantado de limoneros que más tarde ocuparía los barrios D y E) que mediaba entre la parte española y la americana. 
Siempre ocurría de la misma manera. Cuando más enfrascados estábamos en la captura de la brillante culebra,  del ocelado lagarto, o de las escurridizas lagartijas, allá que aparecían ellos a tomar venganza en nombre de sus escacharrados hermanitos. Ágiles –como años más tarde descubriría en West Side Story-, se llevaban las manos a los bolsillos de sus cazadoras y sacaban unas navajas automáticas y bien afiladas, que la verdad sea dicha, impresionaban, pero nada más que eso, porque sus armas no suponían nada al lado de las que poseíamos nosotros: el bueno de Quique -algo mayor que nosotros-, y su pastor alemán, “Capitán”. En el preciso instante en el que se producía la refriega, Quique, en un movimiento reflejo y rápido, atrapaba la culebra por la cola y, como si de un látigo se tratara, se lanzaba contra ellos, -siempre acompañado de su fiel perro-, y se bastaba él sólito contra todo el grupo, a golpes de culebrazos. 
Como es lógico, los nietos del Tío Sam -individuos de hermosa presencia y saludables intenciones, pero poca valentía- no resistían la embestida por sorpresa de aquel harapiento embravecido y salían corriendo para su protegido recinto, todo lo rápido que sus piernas les permitían, olvidando en su huida algunas de las navajas que esgrimían, pero que nosotros nos nos atravíamos a "recoger", por temor a la Benemérita.



Cuando no se atrapaban bichos, o pelear con los rubios yanquis, tocaba jugar al fútbol, de donde surgía unas auténticas relaciones diplomáticas


Así, una y otra vez. Unas veces la invasión a sus dominios; otras, el intento de desquite por parte de ellos y la pretendida confiscación de nuestros tesoros faunísticos. Nosotros envidiábamos lo que no teníamos y a ellos les sobraba, mientras que ellos deseaban aquello que tan fácilmente conseguíamos y que les era tan difícil de obtener: un puñado de bichejos. 
Algunos, incluso, hasta se hicieron buenos amigos nuestros, y a los que siempre estuvimos agradecidos por colaborar en que nuestras reservas de chicle americano, tabletas de chocolate con almendras, apetitosos sandwichs de jamón york y queso (algo completamente desconocido en el pequeño mundo que nosotros habitábamos) y la enseñanza de algunas palabrotas en inglés, siempre estuviesen repletas. 
Luego, nosotros, en contraprestación, debíamos soportar sus terribles patadas en las espinillas cuando jugábamos al fútbol, pero éramos españoles y agradecidos, y lo aceptábamos. Ya desde chiquillos entendimos lo que más tarde conoceríamos como "las relaciones diplomáticas cordiales entre dos pueblos." Y les dejamos que disfrutaran de nuestras hermanas, y, también, que llenaran el barrio de mulatitos. Todo lo hacíamos por el “entente cordiale”, eso sí,  mientras que no se atrevieran a tocar nuestras estilizadas culebras ni nuestros coloreados lagartos.










viernes, 15 de junio de 2012

Eduardo Galeano: "Los sueños de Helena"






Cuando necesito leer y no quiero equivocarme, una apuesta segura es elegir una obra de Eduardo Galeano. Ya sé que me repito en mis propuestas y que el autor al que tanto admiro, también se repite en su temática y, sobre todo, en su técnica literaria, pero qué quieren que les diga, uno es incorregible y tiene el defecto de la fidelidad literaria, así que han de perdonar mi lealtad –a riesgo de resultar pacato- por este autor uruguayo. En este caso me refiero a su libro “Los sueños de Helena”, publicado en España por Libros del Zorro, editorial catalana que se ha lucido en la edición, y que por su extraordinaria labor ha merecido el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial.
El libro no es más que una recopilación de textos ya publicados en anteriores obras ("Memoria del fuego/los nacimientos", "El libro de los abrazos", "Las palabras andantes", "Bocas del tiempo" y "Espejos"; “Casa que viaja” se publica por primera vez), pero que tienen como centro la plasmación de las sensaciones oníricas de su mujer, adentrándonos de esta manera -con una técnica que está entre el relato y la poesía- en el mundo del inconsciente, lleno de fantasía y “verdadera irrealidad”, donde la locura y la genialidad se dan la mano con un tono de hermosa frescura y armonía infantil.
Pero si interesante es la prosa-poesía de Galeano, no menos destacable son las ilustraciones de Isidro Ferrer (Premio Nacional de Ilustración) que acompañan el texto, compuestas por una especie de collages papirofléxico, de carpintería, bazar y otros productos reciclables al uso, que aportan al conjunto del libro un componente regulador, así, mientras que nos detenemos a contemplar la belleza de esta realización artística, aprovechamos para coger aire, digerir y asimilar ese sugestivo chorro de palabras que nos sobrecogen y, a veces, nos dejan sin aliento y con cierta humedad en la mirada. 
Enhorabuena a  esta editorial por el acierto en la publicación de este trabajo, un pequeño, pero grande libro, que nos demuestra que la literatura -y por añadidura, el libro en formato papel-, cuando es buena y está bien “tratada” (entiéndase: bien editada) no corre riesgo de extinguirse.
Les recomiendo encarecidamente su lectura.


PRÓLOGO

Helena me humillaba cada mañana, a la hora del desayuno, contándome sus sueños prodigiosos.
Ella entra en la noche como en un cine, y cada noche un sueño nuevo la espera.
Mientras ella cuenta, yo bebo mi café en silencio.
Más me vale callar. Los pocos sueños míos que consigo recordar son de una bochornosa estupidez.
Para vengarme, escribo los sueños que ella vuela.
Aquí están, reunidos, fugitivos de las páginas de mis libros que ellos, los sueños, han mejorado tanto.


CASA QUE VIAJA

Estábamos sentados en una escalera, mirando la mar desde una casa que había sido nuestra casa y ya no era, porque debíamos irnos sí o sí, ya mismo.
Nos levantamos y nos fuimos alejando, pasito a paso, y en eso me di cuenta de que Helena llevaba un hilo en la mano y atada al hilo viajaba la casa, que con nosotros se iba, siguiéndonos.
Ella le había puesto rueditas.

JUANA

Helena deambulaba por el mercado de sueños, donde las vivanderas ofrecen sueños desplegados sobre grandes paños en el suelo.
Con Helena camina una amiga, que se llama sor Juana Inés de la Cruz, y su abuelo, que está muy triste porque lleva muchas noches sin soñar.
Juana ayuda al abuelo a elegir sueños, sueños de mazapán o de algodón o de aire, alas para volar durmiendo, y el abuelo se marcha tan cargado de sueños que no habrá noche que alcance.

TE PIDO QUE ME SUEÑES

Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados.
Helena no podía soñarlos a todos, no había caso, no había manera.
Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba:
-Suéñame, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.
También hacían cola unos cuantos sueños jamás soñados, pero entre ellos Helena reconocía al intruso de siempre, ese bobo, ese pesado, y a otros sueños que decían ser nuevos pero eran viejos conocidos de sus noches de volanderías y navegaciones.


LA CASA DE LAS PALABRAS

A la casa de las palabras, acudían los poetas.
Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran que las tocaran, que las lamieran.
Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz.
Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido.
En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían los colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino... 

EL BAILE

Helena bailaba dentro de una caja de música, donde las damas de miriñaque y los caballeros de peluca giraban y hacían reverencias y seguían girando. Aquellos trompos de porcelana eran un poco ridículos pero simpáticos, y daba placer deslizarse con ellos en la espiral de la música, hasta que en una voltereta Helena tropezó, cayó y se rompió.
El golpe la despertó. El pie izquierdo le dolía mucho. Quiso levantarse, no podía caminar. Tenía el tobillo muy inflamado.
-Me caí en otro país –me confesó- y en otro tiempo.
Pero no se lo dijo al médico.


EL IMPERIO DEL MIEDO

Durmiendo, nos vio.
Helena soñó que hacíamos fila en un aeropuerto igual a todos los aeropuertos y estábamos obligados a pasar, a través de una máquina, nuestras almohadas.
En cada almohada, la almohada de anoche, la máquina leía los sueños.
Era una máquina detectora de sueños peligrosos para el orden público.

AMARES

Nos amábamos rodando por el espacio y éramos una bolita de carne sabrosa y salsona, una sola bolita caliente que resplandecía y echaba jugosos aromas y vapores mientras daba vueltas y vueltas por el sueño de Helena y por el espacio infinito y rodando caía, suavemente caía, hasta que iba a parar al fondo de una gran ensalada.
Allí se quedaba, aquella bolita que éramos ella y yo; y desde el fondo de la ensalada vislumbrábamos el cielo. Nos asomábamos a duras penas a través del tupido follaje de las lechugas, los ramajes del apio y el bosque del perejil, y alcanzábamos a ver algunas estrellas que andaban navegando en lo más lejos de la noche.



jueves, 14 de junio de 2012

Erasmo de Rótterdam: "Elogio de la locura"





Del “Elogio de la locura”, habla la Locura:


"He tocado brevemente estos temas para poner de manifiesto que no hay un solo mortal que pueda vivir agradablemente, si no está iniciado en mi culto y si yo, la Estulticia, no le dispenso mi benevolencia.” 
 

Y concluye:


"En no reflexionar nada, radica la vida más placentera."


¡Jamás estuvo la Locura tan acertada y cuerda!





martes, 15 de mayo de 2012

Mientras algunos tratan de cambiar el mundo, otros ordeñan la vaca



Siempre ha ocurrido así. Mientras algunas personas perdían la libertad y la vida, tratando de cambiar el guión de este asqueroso mundo, otros hacían y hacen la vista gorda para no implicarse, sabiendo que luego, en el reparto de la tarta, ellos recibirían el trocito correspondiente.
Pero hasta hoy, la cosa había sido de manera más solapada, "a la chita callando", escurriendo el bulto para que nadie lo notase, pero hemos llegado a un estado de ignominia, a una situación de depravación moral, a una actitud de provocación continua, que ya no hacen por esconderse, todo lo contrario, exhiben sus impudicias frente a la masa activa, en un gesto despreciativo y contundente que va más allá de las intenciones puramente ideológicas: no es más que la actitud cognitiva de esos seres que Jonathan Swift "bautizó" en su hermoso libro, "Los viajes de Gulliver", como meros "Yahoo", y que en términos marxistas podríamos calificar de lumpenproletariado, claro, salvando las diferencias de época y de clase, porque en estos "Yahoo" actuales están entremezclado todo tipo de elemento social.
Algunos voceros de la derecha escupen " que no es posible, actualmente, una revolución, porque ya no quedan revolucionarios". Yo discrepo de ellos y mantengo que, como los santos y las meigas, haberlos háylos, lo que falta es esa masa que quiera realizarlo, todos nos hemos aburguesado,  cada individuo lleva consigo un engendro de Botín en lo más profundo de su alma, hasta en el mayor paria, y así, como ustedes comprenderán, no hay revolución posible. 
En esta corrompida Europa del consumo, la Revolución está descartada, a pesar de que lo estemos pasando canutas: la esperanza yanqui de podernos convertir, en un lejano futuro, en un "potentado", ha calado bien profundo en nuestro ánimo. Mientras tanto, cuando las cosas nos van mal,  nos conformamos con llorar y arrastrarnos, algo que cada vez hacemos mejor. ¡Cada cual perfecciona a, su antojo, el trozo de cerebro que le ha tocado en suerte! 
¡Así va el mundo, así vamos nosotros! Las imágenes del vídeo no pueden ser más desalentadoras: mientras unos tratan de cambiar el mundo, otros, en las mismas narices, ordeñan la vaca.



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