Sígueme también en este otro blog:

domingo, 28 de julio de 2013

Rayuela: 50 años de magia literaria












El pasado 28 de junio se cumplieron  50 años de la publicación de una de las mejores novelas del siglo XX. Para los jóvenes de aquella época fue -junto al mayo francés-, uno de los acontecimientos que marcó nuestras vidas, produciendo el lógico cataclismo literario que toda innovación provoca en las ávidas y exigentes almas, sedientas de nuevas y atrevidas formas narrativas.
Quién no soñó entonces con aquél mundo bohemio que describía Cortázar en su novela, y quién no se enamoró alguna vez de "su" Maga, buscando entre las chicas que nos rodeaban algún rastro perceptible de ese personaje maravilloso lleno de magnetismo y fantasía.
Para conmemorar este 50 aniversario (un mes atrasado) nada mejor que el artículo que Jordi Gracia publicó el pasado 28 de junio en "El País cultural".



 
El imán de "Rayuela", una novela mítica


El primer imán es Julio Cortázar, por supuesto. Hoy lo tenemos cartografiado por sí mismo en varios volúmenes de epistolario no sé si con todos los tonos imaginables, pero sí sé seguro que con tonos que no nos parecen Cortázar, ni el Cortázar de Ceremonias ni el de las Historias de cronopios y famas. Pero por supuesto en todos ellos habla, siente y piensa Julio Cortázar. Reencontramos, por ejemplo, al más joven, aquel que va mandando artículos meditados y reflexivos a la revista Realidad en Buenos Aires y aquel que debe de leer también las prosas de la angustia bloqueada de Ernesto Sábato, y el que lee ya fascinado a los surrealistas y a Edgar Allan Poe.


Y sólo alguno de esos Cortázares está en Rayuela, que es un experimento puro y una ordalía de plenitud vital que ni se ve siempre en su epistolario ni forma parte de la biografía de nadie. Pero sí de la textura de ese libro expansivo y jovial como un reloj loco que da la hora que le da la gana y asombra al incauto que se acerca a la literatura con la solemnidad sacral de la verdad con mayúsculas. Es un libro de madurez porque trata del final de la juventud sin sentir que la madurez haya agostado todavía la circulación de la sangre pero ya lejos de las certezas ilusas y la sentimentalidad cándida.   

Por eso tiene también aire de novela musical, o de versión novelesca de un musical yanki pasado por la literatura de la angustia y dispuesto a no ceder a ella (ni a la angustia ni a la literatura sombría). Me parece que el secreto de ese experimento piromusical es la fusión de dos hierros, hierros de matar, por supuesto: la pulsión absurda e inocente de un humorismo más blando que ácido y la ternura del amor como montaña rusa con risas y perplejidad. 
La combinación de ambas cosas es casi la textura fundamental de la novela y en ella cristaliza ese aroma agridulce de piedad por la tragedia cómica y de magnanimidad por el error sentimental. El amor es un juego verbal y la literatura también, y ninguno de los dos se resignará a ofrecer sólo la versión amarga o desengañada de un intento de felicidad, todavía. El escéptico cinismo de Bryce Echenique y La felicidad, ja, ja, no forma parte del código sentimental de Rayuela porque sería un neutralizador de las virtudes festivas de un libro sin oscuridad, que no sabe de zonas sombrías ni desesperanza. Ese registro lo añadirá el lector escarmentado, y quizá por eso sospechamos hoy que es un libro para lectores juveniles de edad o corazón y es también un libro involuntariamente melancólico leído desde la madurez de edad o corazón. Casi como el mejor jazz.






(Texto: Jordi Gracia, publicado en “El País” Cultural, el 26 de junio de 2013)

viernes, 26 de julio de 2013

¿Quién inspiró el personaje de la Maga?







Rayuela, La Maga y Cortázar



Hace unos días, en una conversación entre Aurora Bernárdez y Mario Vargas Llosa, el narrador peruano dio por hecho que ella, la primera esposa de Cortázar, le había inspirado el personaje de Rayuela, la Maga, y aunque lo negó, el autor de La ciudad y los perros insistió, diciendo que de todas formas era quien más se le parecía. 
Bueno, pues me temo que no es así. No hay más que leer la correspondencia de Cortázar, editada por Alfaguara, para saber en quién se inspiró para componer la Maga. Se trata de la alemana Edith Aron, con quien coincidió en 1950 en el barco que lo trajo por primera vez a Europa. En aquella ocasión apenas se trataron, pero luego el azar los hizo coincidir en diversos lugares de París hasta que empezaron a conocerse y se hicieron amigos. 
Edith Aron, de origen judío, tenía entonces 23 años y había emigrado con su madre a Buenos Aires. Pero tras finalizar la segunda guerra mundial regresaron a Europa. Las relaciones entre Edith y Julio fueron enfriándose porque ella se empeñó en traducir sus cuentos al alemán, con dudosos resultados, por lo que el argentino no permitió que tradujera el resto de su obra y ella se sintió traicionada. 
Hace unos años, primero Juan Cruz en El País, y luego Paula Kuffer en la revista Quimera, entrevistaron a la alemana, ahora residente en Londres, donde vive con su hija. El caso es que Edith siempre negó ser la Maga, quizá porque más que un personaje quiso ser escritora, aunque no consiguió ser reconocida como tal. 
Lo que sí ha confesado en entrevistas recientes es que Cortázar le pidió que se fuera a vivir con él y no accedió, sin darse cuenta de lo enamorada que estaba de él. Entontes llegó Aurora Bernárdez a París y las cosas cambiaron definitivamente. Quizá Edith Aron no llegó a entender nunca del todo, o lo entendió demasiado tarde, lo que significaba el personaje de la Maga para tantos lectores devotos de Rayuela. Hay que leer Rayuela, o volver a leerla..




(Texto: Fernando Valls, publicado en nalocos.blogspot.com)








miércoles, 24 de julio de 2013

La Maga, Cortázar, el azar, un barco, un vagón de subterráneo

 

  



Descubriendo a la "Maga" de Rayuela



La mujer, melena negra y ojos verdes y duros, no representa los 70 años largos que tiene. Apoyados los codos sobre la mesa, que le sirve de escritorio, se toma la cara entre las manos, al tiempo que mira la enorme cantidad de fotografías, de cartas y de libros dispersos sobre la carpeta, bajo sus ojos. El cuarto es grande y silencioso (quizá demasiado), la luz entra por el ventanal e ilumina su perfil, todavía perfecto. De pronto, se da la vuelta, nos mira y con un ademán nos invita a ver las fotografías. En sus reacciones, en su mirada ansiosa, en las manos intranquilas, en el gesto maquinal y frecuente con que se aparta el pelo de los ojos, sigue siendo la misma persona tímida, insegura e insolente, que le inspiró a Cortázar el carácter de la Maga de Rayuela
Las fotografías son de todas las épocas. En la más antigua se la ve de unos 9 años, sentada sobre el capó del coche de su padre. Muestra la sonrisa que el tiempo respetará; la misma de hoy, la misma que iluminó su rostro cuando Cortázar la fotografiaba. 
La Maga es políglota; habla y escribe en francés, inglés, alemán (su lengua natal) y en el español que aprendió en la Argentina -"Maga nació en el Sarre, de padres judeoalemanes, que pronto se divorciaron: la madre la trajo entonces a Buenos Aires. Eso ocurrió antes de la Segunda Guerra Mundial. Acá, cursó la secundaria -A los 23 años se fue a París a perfeccionar su francés -Viajó en el mismo barco en que lo hacia Cortázar, Conte Biancamano; partieron el 6 de enero de 1950. "Me llamó la atención ese joven alto y delgado (el joven estaba por cumplir 36 años), que tocaba el piano en el salón de tercera clase, donde viajábamos"-, recuerda la Maga. Sin embargo, y pese a haberse observado mutuamente, no se presentaron. Los unió el azar; una tarde, mientras ella estaba en una librería del boulevard Saint Germain, lo vio en la calle, del otro lado de la vidriera, y él la saludó con una inclinación de cabeza. La segunda vez, se encontraron en un cine, donde pasaban la Juana de Arco, muda, de la Falconetti. La tercera vez, tropezaron el uno con el otro en el Jardín de Luxemburgo, hacía mucho frío y entraron en un café donde charlaron horas. La Maga cuenta que Cortázar le daba mucha importancia a estos encuentros dispuestos por el destino. Se hicieron amigos, él le regaló un poema suyo que hablaba del tiempo pasado en el barco, se titulaba "Los días entre paréntesis". Descubrieron amigos comunes en París y que, además, se divertían mucho juntos.
Pero Cortázar después de cuatro semanas volvió a Buenos Aires y en agosto de 1951 le escribió a la Maga una carta. Me la tiende después de haberla rescatado del caos de papeles amontonados en la mesa. Leo: "Querida Edith (porque Edith todavía no era la Maga, o lo era y no lo sabía): No sé si se acuerda todavía del largo, flaco, feo y aburrido compañero que usted aceptó para pasear muchas veces por París, para ir a escuchar Bach a la Sala del Conservatorio ( ... ), para ver un eclipse de luna en el parvis de Notre Dame, para botar al Sena un barquito de papel, para prestarle un pulóver verde (que todavía guarda su perfume, aunque los sentidos no lo perciban). 
Yo soy otra vez ése, el hombre que le dijo, al despedirse de usted delante del Flore, que volvería a París en dos años. Voy a volver antes, estaré allí en noviembre. ( ... ) Pienso en el gusto de volverla a encontrar, y al mismo tiempo tengo un poco de miedo de que usted esté ya muy cambiada, ( ... ) de que no le divierta la posibilidad de verme. ( ... ) Por eso le pido desde ahora y se lo pido por escrito porque me es más fácil ( ... ) que si usted está ya en un orden satisfactorio de cosas, si no necesita este pedazo de pasado que soy yo, me lo diga sin rodeos. ( ... ) Sería mucho peor disimular un aburrimiento. ( ... ) Me gustaría que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta, y que un día yo pueda prestarle otro pulóver". La carta es larga y la primera de una serie que duró tanto como la vida de Cortázar. 
Mientras tanto la Maga necesitaba vivir: encontró un empleo en las tiendas Printemps sólo por su capacidad de hablar cuatro lenguas. Recuerda con horror cuando alguna clienta robaba algo y la pescaban; el jefe le decía: "Hágala confesar, hágala llorar" y la que terminaba llorando era ella. Cortázar volvió a París con una beca. Al acabarse, la Maga le consiguió un empleo de empaquetador en la misma tienda y, según el testimonio de Aurora Bernárdez, hacía unos paquetes perfectos. 
"El año 1952 quedará como un año muy especial para Julio y para mi", reflexiona la Maga. En el Jardín des Plantes descubrieron juntos los axolotes; en el parque de Secaux, Cortázar le leyó "Final del juego" y al verla tan conmovida le prometió que, al publicarlo, se lo dedicaría (luego no cumplió su promesa); una noche helada, oyeron a Edith Piaf, y el 23 de mayo asistieron al triunfo de Le sacre du Printemps. 
La Maga muestra más fotos, más cartas. En una sin fecha, Cortázar le da instrucciones precisas para la traducción del cuento "La noche boca arriba". En otra, escrita en París el 17 de diciembre de 1964, le habla a la Maga (que vive otra vez en Buenos Aires, con su mando), de lo que ha hecho: "Volví ayer de Londres, donde pasé diez días, y me di cuenta de que el año se acaba dentro de muy poco, y que me gustaría que recibieras estas líneas. ( ... ) Como no contestaste a mi última, en realidad no había nada que contestar, de modo que no es un reproche ni mucho menos. ( ... ) Quiero solamente preguntar cómo estás, cómo sigue tu madre, y qué estás haciendo". La carta es larga también y termina: "Si un día tienes ganas, mándame dos líneas. No te digo lo que te deseo porque ya lo sabes. Ojalá estés bien, ojalá todo salga como tú quieres. Un abrazo de Julio". 
La Maga no me alcanza más cartas de Cortázar, pero una se cae al suelo, la recojo y me permite leerla. Cortázar le escribe a Londres, donde ella vivía y vive aún: "París, 31/5/81. Querida Edith: Tu carta llegó por milagro, pues me mudé y el correo no es tan seguro en estos casos. Yo también estoy muy contento por el nuevo gobierno, y creo que será útil para los países latinoamericanos". Luego habla de los pueblos oprimidos, de los desaparecidos en la Argentina, de sus viajes y termina: "Espero que Joanna y vos estén bien" (Joanna, la hija de la Maga, era muy chica). "Hace años que no voy a Londres, pero si lo hago, te avisaré. Un abrazo fuerte, Julio."
Pero él no le avisó. Como siempre, el destino los puso frente a frente, esta vez en el subterráneo. La Maga se enojó; Cortázar se disculpó, diciéndole que estaba seguro de que el azar los iba a reunir, tal como había ocurrido. 
Fue la última vez que se vieron. En el cuarto ha anochecido. La Maga prende la luz y el hechizo se rompe. Sin embargo, queda como un aire de melancolía; la tristeza de lo irrecuperable, de los rostros olvidados, del tiempo rescatado en cartas, en libros, en fotografías. 



(Texto: María Esther Vázquez, publicado en la revista "La Maga", en noviembre de 1994")


lunes, 22 de julio de 2013

Edith Aron: La "Maga" de Julio Cortázar







Entrevista a Edith Aron, la Maga de "Rayuela"



Ya no es la rue de Seine ni el Pont des Arts, sino un pequeño departamento en el elegantísimo barrio londinense de St. John's Wood, a pocos metros de la Abbey Road que hicieron famosa los Beatles y cerca del magnífico Zoológico de la ciudad. Pero la Maga sigue siendo la misma. Sí, porque la musa de Cortázar, la misteriosa protagonista femenina que deambula por Rayuela, el personaje más famoso de su libro más famoso y con el cual le rompió el corazón a sus lectores existió y existe. Y es Edith Aron, una encantadora señora de 80 años que vive en el más completo anonimato, escribiendo en las madrugadas silenciosas, entre las cartas y recuerdos del hombre que la inmortalizó para la literatura.

   "Una sola vez, cuando en el almacén cercano a mi casa una chica mexicana me dijo que era una gran admiradora de Cortázar y que la Maga era su ideal, como era tan simpática pensé en decirle quién era yo. Pero no lo hice. No es un tema del que me guste hablar, no lo necesito y, además, a los ingleses nunca les interesó. Pero ahora… bueno, digamos que soy una señora mayor. Quizá no esté para el próximo aniversario de Cortázar", aclara suspirando.

BUSCADA

   Cortázar dejó grabada la imagen de la Maga a los veintipico de años, con medias negras y zapatos colorados, fumando Gitanes y con el pelo despeinado. En 1963, en pleno furor de Rayuela, "todas las muchachas de la Facultad querían ser la Maga -recuerda Julio Ortega, editor de la edición crítica francesa de Rayuela y profesor de literatura de la Universidad de Brown-; y todos los hombres querían buscar su Maga, la fantasía masculina de la mujer enigmática que se relaciona con las fuerzas más intuitivas con una sabiduría inocente".
   Hoy, los amigos de Aron siguen fascinados por ella y la describen como una extraña belleza, alta e imponente, de nariz aguileña, ojos brillantes que miran muy fijo y el pelo corto color azabache.
   "Nadie me da mi edad, ¿sabe?", aclara con evidente coquetería y un dejo de acento alemán en su castellano bien porteño, y en el cual se le escapa cada tanto un macanudo.
   "¿Qué me vio Cortázar? No sé, ¡yo era simplemente una chica buena y agradable!", aclara risueña.
   Edith Aron nació en el Sarre, una región en el límite entre Francia y Alemania, "que de no haber sido lamentablemente anexada por los alemanes hoy sería un pequeño país independiente como Luxemburgo", explica.
   De familia judía, poco antes de la Segunda Guerra Mundial emigró con sus padres a la Argentina, donde ya tenían parientes.
   "Fui al Colegio Pestalozzi, a cuyos profesores les voy a estar por siempre agradecida. Me permitieron mantener una identidad alemana como la de ellos, profundamente distanciada de la política e ideología nazi."
   En un barco de vuelta a Europa, en 1950 y con 23 años, conoció a Cortázar.
   "Yo estaba en tercera clase, no pasaba nada demasiado interesante y, de pronto, vi a un muchacho tocar tangos en el piano. Una chica italiana con la que compartía la cabina me dijo que me miraba y que como era tan lindo, por qué no iba a invitarlo a nuestra mesa. Pero estábamos sentadas con gente muy rara, el mozo era muy viejo y no me animé."
   Al poco tiempo, ya en París, entrando en una librería, Edith vio una cara conocida.
   "Cortázar me reconoció también, e intercambiamos unas palabras. Nos volvimos a cruzar en el cine, viendo Juana de Arco. Luego, en los Jardines de Luxemburgo. El estaba muy influido por los surrealistas, que creían que las coincidencias eran algo importante, así que me invitó a tomar algo, me leyó un poemita y hablamos de amigos comunes en Buenos Aires."

   "Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."
(Rayuela, de Julio Cortázar, 1963)

   Claro que no todo fueron encuentros casuales. "Cortázar trabajaba en una exportadora de libros en la esquina de mi casa en París, y venía a verme para almorzar. Era muy entretenido. Por ejemplo, me decía que le hiciera una ensalada azul. Yo no tenía idea de qué era eso. Entonces él tomaba cualquier ensalada y la llenaba de estampillas azules. Hacía todo el tiempo ese tipo de juegos, en los que yo nunca me sentí a la par. ¡Me acomplejaba porque él sabía tanto y yo sabía tan poco! No me decidí a irme a vivir con él justamente porque quería estudiar. Además, sabía que él admiraba mucho a Aurora Bernárdez, que estaba en Buenos Aires", confiesa con un susurro.
   "Con mucha discreción", aclara, sus recuerdos ya fueron publicados en 1999 en un libro que escribió en alemán, Las casas falsas, y publicado por una editorial de Heidelberg.

   -¿Usted estaba enamorada?

   -No lo sabía. Cierta noche Cortázar me dijo que Aurora vendría a pasar fin de año a París, y me preguntó qué era más importante para mí, Navidad o Año Nuevo. No sé por qué le dije que Año Nuevo, que Navidad la iba a pasar con mi papá. Cuando nos volvimos a ver, él había pasado Navidad con Aurora y se había decidido por ella. Fue sólo al perderlo que me di cuenta de que lo quería.

   -Pero usted ya estaba para siempre asociada a él por Rayuela. ¿Se siente identificada cuando lee el personaje de la Maga?

   -El me escribió diciéndome que había basado su personaje en mí, y nos pasaban, es verdad, cosas espontáneas como las de la novela. También hay algunos episodios, como ese en el que encontramos un paraguas viejo en las calles de París y le damos una ceremonia de entierro, que ocurrieron más o menos como los cuenta. Pero la Maga es un personaje literario.

   -¿Cortázar era tan buen mozo como se ve en las fotos?

   -Bueno, de chico tuvo un problema en las glándulas que hacía que pasara el tiempo y se viera siempre igual, sus enemigos le decían Dorian Grey, como el personaje de Oscar Wilde, porque su aspecto nunca cambiaba. Tarde en la vida se hizo operar y sólo entonces, por ejemplo, le creció la barba. Me parece que le costó tanto tenerla que nunca más se la sacó. Por otra parte, no podía tener hijos. Tuvo otro tipo de hijos, los libros, pero no de los de carne y hueso, que son los que humanizan. Y él era demasiado intelectual. Incluso usaba anteojos de joven sin necesidad, hasta que Aurora lo convenció de que se los sacara…

   -¿Sintió celos por Aurora?

   -Nunca sentí celos por Aurora. Más adelante, ellos insistieron en que, de tanto en tanto, fuese a comer a su casa. Yo era la chica que había aprendido junto a él. Después de todo, eso era lo que más le gustaba hacer, por algo en la Argentina había sido maestro de escuela. Pero la primera vez reconozco que me levanté de la mesa, me encerré en el baño y lloré. Yo había estado sufriendo sin darme cuenta. Y sé que él estaba un poco preocupado. Con el éxito que le trajo Rayuela, sabía que un poco me usó. Y ganó.

   "No necesito decirte quién es Edith, vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás Rayuela traducida por ella? (...) En Rayuela, te acordás, la Maga confundía a Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría a cada línea..."
(Carta de Julio Cortázar a Paco Porrúa, extracto, 1964)

LA DECEPCIÓN

   Edith Aron asegura que a pesar de no haber sido la elegida, siempre le guardó un enorme cariño a Cortázar. Hasta que cierto día le sacaron las traducciones que ella estaba haciendo de sus libros al alemán y, peor aún, se enteró de este fragmento de la carta del escritor a su legendario editor, Paco Porrúa.
   "Me hizo muy mal profesionalmente. ¡Yo trabajé en el Instituto Goethe de Londres, en el Imperial College! Creo que Cortázar me confundió con el personaje. La realidad es que para entonces mi madre -a quien yo no veía desde hacía diez años- estaba gravemente enferma en Buenos Aires. Tuve que ir a cuidarla y me demoré en entregar las traducciones. Eran textos muy buenos, los hice ver por expertos. Cortázar estuvo muy mal en hacérmelos sacar. Luego se arrepintió, pero yo ya tenía una rabia infinita."

   -¿Nunca más volvió a verlo?

   -El decía que por el azar nos volveríamos a encontrar. Nos cruzamos en una Feria del Libro de Francfort. Y luego, un día en el metro londinense me lo encontré en el mismo vagón. Ya estaba con otra mujer, muy joven, llena de anillos de plata en los dedos, pero igual se sentó a mi lado y me preguntó de dónde venía. "De mi trabajo", le dije orgullosa. El me respondió: "¿No crees que este encuentro tiene algún sentido?" Y pidió que nos viésemos al día siguiente. Pero me había lastimado mucho, y yo ya no creía en la casualidad. Así que al llegar a la estación Picadilly le dije: "Me voy", y me bajé. Nunca imaginé que las próximas noticias que tendría de él serían las de su muerte, en 1984.

   -¿Por qué no creía más en la casualidad?

   -Una vez un rabino me dijo que ser judío es como una vacuna: funciona como defensa ante un momento crítico. Yo siempre fui muy liberal, nada religiosa, pero me parece que eso es verdad. Fíjese: yo acababa de leer a George Steiner respecto de una teoría del judaísmo que no acepta la coincidencia, y eso me sirvió para justificar no volver a verlo. Además, aparte de Cortázar yo tuve una vida muy linda. Soy la viuda de un artista inglés que trabajó un tiempito como corrector en el Buenos Aires Herald. Y tengo una hija, Joanna, que es cantante. Llegó a tener pasaporte argentino, que guardo con cariño. Como ella tenía dieciocho meses, le tomaron la foto y le hicieron estampar su dedito, aclarando, debajo: No firma aún. Es el último recuerdo que tengo del país, al que me encantaría volver, pero ya no puedo viajar mucho.

   -Una última pregunta que me desvela. El personaje de la Maga andaba despeinado, cocinaba mal y fumaba Gitanes. ¿Y usted?

   -No sé, creo que en una carta le escribí a Cortázar que estaba despeinada. Nunca fui una gran cocinera. Crecí en la Argentina, así que me sigo basando en el bife con ensalada. Y los Gitanes, bien fuertes, sí, me encantaban. Pero ahora, ¡sólo me dejan fumar Philip Morris Ultra Light! 


(Texto: Juana Libedinsky, publicado en la Nación de Buenos aires, el 7/3/2004 )









sábado, 20 de julio de 2013

Marta Navarro García: "Dirán"










Dirán




Dirán que no os pertenece la lluvia,
ellos que ven una nube y  ya están vendiendo ríos
a los náufragos.
Dirán que la historia les pertenece,
mientras cientos de huesos rotos siguen aullando
en las cunetas.
Dirán que el día
es un error de la noche
y oscurecerán las horas
adulterando el tiempo que cuelga de los calendarios.
Dirán que dos y dos son cuatro,
cuando tú y yo sabemos
que dos y dos pueden ser cuatrocientos,
cuatro mil, cuatrocientos mil,
si nos lo proponemos.

La memoria,
harta de limpiar las huellas albinas del olvido,
masca tabaco rojo
y escupe contra el suelo
el veneno de la serpiente.
Sobre la tierra nunca prometida
los mercaderes construyen trajes de pan negro
donde guardan el futuro,
hasta que el silencio se rompe,
aprende el idioma de los sueños
y con voz de fuego dibuja el mapa de la dignidad.
Vuestro mapa,
vuestra tierra,
nuestros sueños.

 







viernes, 19 de julio de 2013

Julio Mas Alcaraz: "A ella la despidieron"








A ella la despidieron



 

A ella la despidieron

por sacar de la farmacia las cremas más caras
y untarlas sobre las úlceras de los vagabundos.

Por dar de comer y beber a los animales que viven
dentro de los oboes y las tubas.

Por pintar esos trozos de paisaje que roban los barrotes
en las ventanas de los manicomios.

Por cambiar las monótonas canciones
de los semáforos para invidentes.

Por recoger los duendes de la lluvia
con máscaras de esgrima.

Por deslizar galletas debajo de las puertas
a los chicos castigados en el orfanato.

Por imantar el almacén
de la fábrica de armas.

Por volver a unir, a escondidas, los eslabones
de los péndulos de los zahoríes.

Por regalar unas gafas de eclipse
a la niña que se enamoró del sol.
 

Por arrullar y acariciar
a las reses del matadero. 










jueves, 18 de julio de 2013

Bertolt Brecht: "Canción de la prostituta"









Canción de la prostituta



1

Señores míos, con diecisiete años
llegué al mercado del amor
y mucho he aprendido.
Malo hubo mucho,
pero ése era el juego.
Aunque hubo Cosas que sí me molestaron
(al fin y al cabo también yo soy persona).
Gracias a Dios todo pasa deprisa,
la pena incluso; también el amor.
¿Dónde están las lágrimas de anoche?
¿Dónde la nieve del año pasado?


2

Claro que con los años una va
más ligera al mercado del amor
y los abraza por rebaños.
Pero los sentimientos
se vuelven sorprendentemente fríos
si se escatiman tanto
(al fin y al cabo no hay provisión que no se acabe).
Gracias a Dios todo pasa deprisa,
la pena incluso; también el amor.
¿Dónde están las lágrimas de anoche?
¿Dónde la nieve del año pasado?


3

Y aunque aprendas bien el trato
en la feria del amor,
transformar el placer en calderilla
nunca resulta fácil.
Pero, bien, se consigue.
Aunque también envejeces mientras tanto
(al fin y al cabo no siempre se tienen diecisiete.)
Gracias a Dios todo pasa deprisa,
la pena incluso; también el amor.
¿Dónde están las lágrimas de anoche?
¿Dónde la nieve del año pasado?





miércoles, 17 de julio de 2013

Poesía andalusí: Ibn Zaydum









Ibn Zaydum. 1003/1071. Llegó a convertirse en el poeta neoclásico más importante de Al-Andalus. Su amor por la princesa-poeta omeya, Wallada, constituyó uno de los capítulos más conocidos de la historia anecdótica de la España musulmana.



-o-o-o-o-o-o-




En el Zahra´ te recordé con ansias
     ante la apetecible campiña y límpida faz de la tierra.
La brisa crepuscular languidecía
     como si de mí se compadeciera.
La sonrisa plateada del agua sobre el jardín,
     collares que besaran la firmeza de los senos parecía.
Era un día como nuestros días sensuales de antaño
     cuando robábamos placeres a la noche mientras dormía el Destino.
Mi vista se deleitaba con una flor
    de tallo arqueado por el peso del rocío,
como si sus ojos, al ver mi duerme vela,
    llorasen por mí, derramando lágrimas relucientes.
Una rosa resplandecía en su soleada rosaleda,
    y por ella el sol de mediodía brillaba.
Un nenúfar fragante y soñoliento, despertado
   por el alba, perfumó el aire.
Todo esto me llena de pasión por ti,
   de ansias siempre en mi pecho atormentado.
Si ese día me hubiera reunido contigo,
   habría sido el más generoso de los días.
Dios no sosiegue al corazón visitado por tu recuerdo,
   corazón que vuela con alas batientes de ardor.
Si el céfiro quisiera, te llevaría
   un mozo agotado por sus tristes hallazgos,
no mis prendas más preciosas y brillantes, amada de mi alma,
   (si es que amantes pueden tener prendas).
Durante tiempo la recolecta de nuestro amor puro
   fue un jardín de intimidad donde corríamos sueltos y libres.
Ahora ensalzo lo que éramos, y aunque
   te consolaste con el olvido, sigo siendo tu fiel amante. 



 
(“Ajimez”, de Miguel José Hagerty)

       




martes, 16 de julio de 2013

Luis de Góngora: "Cuando pito flautas"









Releyendo a Góngora encuentro este poema que viene ni que pintado al momento que estamos viviendo. No es que este andaluz fuera adivino, mago o visionario, sencillamente relataba lo que acontecía en su tiempo, hace nada más y  nada menos que cuatrocientos años. Es obvio que este fue y será nuestro trágico destino por nacer en esta ruda y corrupta piel de toro donde -por mucho que nos lo quieran hacer creer-, ni somos todos tan iguales,  ni la justicia es igual para todos. 
Como en el poema, hay quienes por robar una barra de pan están en la cárcel mientras que los chorizos de cuello blanco se pasean tranquilamente por la calle.
Góngora fue un adelantado a su tiempo -no sólo en la manera de entender y hacer poesía-, sino, también, en la visión y explicación de los acontecimientos que se estaban produciendo.  



Cuando pito flautas




Da bienes Fortuna
que no están escritos:
cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

¡Cuán diversas sendas
se suelen seguir
en el repartir
honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
  a otros sambenitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

A veces despoja
de choza y apero
al mayor cabrero,
  y a quien se le antoja,
la cabra más coja
pare dos cabritos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

Porque en una aldea
un pobre mancebo
hurtó sólo un huevo,
al sol bambolea,
  y otro se pasea
con cien mil delitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.







lunes, 15 de julio de 2013

Juan Carlos Onetti: "Decágolo más uno, para escritores principiantes"










Decálogo más uno, para escritores principiantes



I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.

V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.

VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

X. Mientan siempre.

XI. No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer".







viernes, 12 de julio de 2013

Cuando los sevillanos viajaban en barcos de vapor por el Guadalquivir

Azulejo anunciador -en "Casa Cuesta"-, del servicio de vapores que hacían el recorrido Sevilla-Sanlúcar de Barrameda. Hay dos más como éste: uno, en la localidad de Coria del Río, y otro, en el Despacho de Vinos "Las Palomas", en Sanlúcar de Barrameda.



Estación fluvial -en la plaza del Altozano (Sevilla)-, de donde partían y llegaban, los vapores que transportaban en verano a los sevillanos a la playa de Bajo de Guía, y durante el resto del año a los pueblos ribereños de San Juan de Aznalfarache, Gelves, Coria del Río y Puebla del Río.


Casa del Vapor, en Bonanza. Edificada en 1820 para prestar los servicios de oficina y alojamiento de la primera línea de barcos de vapor de España, fue  tristemente demolida en 2004 por aquellos que fueron votados, supuestamente, para que cuidaran y gestionaran el patrimonio histórico y artístico de la ciudad, o sea, el Ayuntamiento. A esta estación fluvial llegaban pasajeros de Sevilla, El Puerto de Santa María y Cádiz.


Llegada a Bajo de Guía de uno de los vapores que traían a los bañistas sevillanos que huían de las calores de la ciudad.


El "San Telmo", vapor que hizo el trayecto Sevilla-Sanlúcar entre 1885 y 1900.


El "Sanlúcar", que lo haría entre finales del siglo XIX y principios del XX.


El "Triana", también recorrió el río por las mismas fechas que el "Sanlúcar". Estos dos últimos vapores prestaron servicio durante el resto del año a los pueblos de San Juan de Aznalfarache, Gelves, Coria del Río y  la Puebla.


 El "Mar de San Sebastian", camino a Sanlúcar de Barrameda.


Playa de Bajo de Guía -masificada- para los currelas y algunos atrevidos "señores".


 Playa de Sanlúcar (lo que hoy es la avenida de Bajo de Guía), desierta, para los escogidos de dios que, ante la "injusta" ocupación que el pueblo ha hecho de este lugar actualmente se han visto obligados a trasladar sus lares hacia La Jara. 







jueves, 11 de julio de 2013

Bartolomé Esteban Murillo: Los niños de la calle




Niño apoyado en el alfeizar




Joven mendigo



Niño con perro


Invitación al juego de pelota



 Niños jugando a los dados

 
Niños comiendo melón y uvas



Niños comiendo pastel


 Tres muchachos


 Vendedora de frutas


 Pequeña vendedora de frutas


 Joven con cesto de frutas


 Muchacha con flores


 Muchacha en la ventana


 Abuela despiojando al nieto







Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...